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GRACIAS!
jueves 29 de octubre de 2009
lunes 19 de octubre de 2009
Lorena
Hay un señor chiquito que tiene una hija enorme y redonda. Son vecinos de un amigo de Teo y nos los hemos cruzado varias veces, entrando o saliendo del edificio. Siempre los vi juntos, pero el otro día, que Teo estaba viendo el partido Argentina-Uruguay en casa de este amigo, me encontré a la hija en la puerta fumándose un porro, sola. La chica debe estar por los dieciséis años. Me saludó muy amable y, como a mí el fútbol ni fu ni fa, decidí quedarme un rato con ella, charlando. Le pregunté por su padre y me señaló con el hocico una ventana del edificio. Le pregunté si no le gustaba el fútbol y ella negó con la cabeza: “No me gustan los pibitos”. Supongo que se refería a los jugadores y le di la razón: “A mí tampoco”. Me ofreció una pitada, estaba fumando en una pipa pequeña y amarilla, la yerba se quemaba en la cabeza de Bart Simpson. Le dije que no gracias y ella se llevó la pipa a los labios, me guiño un ojo como quien dice: “Uh, soy rebelde y mala y mi sobrepeso me chupa un...”. Era una adolescente que exponía frente una desconocida todos sus clichés. ¿Y quién no ha hecho eso alguna vez? No había por qué juzgarla, pero me dio un poquito de pena. Mientras la miraba sonreírse con su boquita ahumada me dieron ganas de decirle: “Tranquila, todo esto se te va a pasar”; y pensé que envejecer debía consistir un poco en eso: reconocerse con cierta condescendencia en la ridiculez de los más jóvenes. La chica redonda me dijo que su padre le había dicho que yo era escritora y que –oh, sorpresa– ella me tenía una historia. Yo asentí y alcé las cejas en señal de interés. La chica me contó entonces de una tal Lorena, compañera suya del cole: “Una reverenda puta”. “Ajá”, le dije yo y asentí, en señal de que continuara, por favor. Ella me dijo que ésa era la historia: “No hay nadie más puta que Lorena”, y largó una risita entrecortada como si alguien le estuviera dando palmadas en la espalda. Después volvió a fumar y largó una bocanada que se disolvió rápido y sin ninguna gracia; tiró el restito de yerba a la vereda y se guardó la pipa en el bolsillo. Noté que tenía los ojos delineados grueso, como un mapache. “¡Goool!”, se escuchó en todas las ventanas. Y la chica redonda volvió a largar su risita espasmódica: “Lorena, rrreputa”, balbuceó. Le dije que iba a subir para ver la repetición y ella alzó los hombros. Cuando iba a tocar el portero eléctrico para que me abrieran apareció su padre, chiquito pero sonriente; abrió la puerta, me saludó y miró a su hija: “Vení, Lorena, que anotamos”, le dijo, contento. Pero casi enseguida puso cara de molesto y se acercó a la chica: “¿Otra vez te pintaste? –le agarró la cara con sus manitas de nene–. Parecés una puta”, dijo. Y Lorena lo miró sin ganas, aburrida, como quien dice “bah, qué novedad, como si el mundo entero no supiera”.
jueves 15 de octubre de 2009
Algo tan hermoso
Hace días llovió en Buenos Aires. Llovió fuerte y cayeron piedras de hielo que hicieron pequeños cráteres en la tierra. Fue una lluvia violenta y, sobre todo, fue una lluvia incesante. Al día siguiente Stella Maris estaba tristona y me dijo que no había dormido bien. Que cuando llovía como había llovido la noche anterior ella prefería quedarse quieta, sentada en la cama, esperando a que pasara lo que tuviera que pasar. Y eso la tensionaba. Otras personas en estas situaciones rezan, pero Stella Maris no reza porque no sabría a quién. La lluvia consigue que mucha gente se sienta vulnerable. La lluvia violenta, como la de hace unos días. Y no sólo porque el agua se estrella contra los techos y el pavimento haciéndonos creer que en cualquier momento los va a rajar, sino porque te da una sensación de impotencia frente al mundo, que viene con la necesidad de aferrarte al brazo más cercano. Stella Maris, me dijo, no tuvo brazo al que aferrarse porque el marido estaba de viaje y, aunque hubiera estado en la casa, el marido de Stella Maris duerme como una momia: aferrarse a su brazo habría sido lo mismo que aferrarse a una almohada, sólo que más fofo. Así que se pasó la tormenta sola, mirando lejos, contando las grietas del techo de la habitación. Cada tanto cabeceaba, pero después había un ruido que la despertaba: un golpe constante en la ventana del living que mira a la vereda. Stella Maris no quería levantarse, tenía el cuerpo entumecido por los nervios. Pero el ruido se hizo muy molesto, así que se levantó, abrió la ventana con cuidado y unas gotitas le pegaron en la cara y le dieron escalofríos. Afuera había un perrito desgonzado y moribundo que alzaba la patita. Stella Maris miró a un lado y al otro, la vereda estaba desolada. Como su ventana tiene rejas tuvo que salir a rescatar al perrito; agarró un toallón y un paragüas que no bien puso un pie afuera se le voló. Y así, toda empapada como estaba, Stella Maris alzó el perrito y lo entró a su casa. Me contó que estaba medio inconciente el pobre, y lo secó, le hizo una camita al lado de la estufa. Se sentó al lado y se quedó dormida sin darse cuenta, quizá por la compañía, dijo, que la tranquilizó y ya no le dio tanta bola a la lluvia. Al día siguiente la levantó un rayo de sol que entró por la ventana. Había parado de llover. Ahí el relato de Stella Maris se detuvo y se llevó las manos a la boca. Le pregunté qué le pasaba, parecía a punto de llorar y Stella Maris nunca llora, eso sí que no. Pero entonces tragó saliva, recuperó su porte recio y me dijo que el perrito había amanecido muerto, por ahí tomó mucho frío, explicó. Esa mañana lo había tirado en un tacho, en la calle, y se había venido a trabajar. Y camino a casa, me dijo después como quien dice hola qué tal, descubrió que hacía una mañana radiante, que la tormenta había limpiado el cielo y lo había dejado de un azul intenso. Y que eso le gustaba tanto, que eso era algo tan hermoso.
jueves 8 de octubre de 2009
Rarezas
Cuando era chica creía que la persona más rara que conocería en la vida era la coreana que entró al colegio en tercero de primaria. No recuerdo su nombre, pero le decíamos Hochimín Comeperros. La composición racial y social de mi ciudad era groseramente homogénea: los más blanquitos de un lado, los más oscuritos del otro y alguno que otro árabe advenedizo que llegó a vender telas y terminó vendiendo edificios. En cuanto a religiones también éramos bastante parejos: la grandísima mayoría decía pertenecer a la Iglesia católica romana y apostólica; los protestantes eran unas personas locas que tocaban a la puerta de la casa para molestar, y mi mamá nos decía que los mandáramos al diablo con una sonrisa amable, no fuera que la locura se les alborotara y nos mandaran ellos la mano a la cara. En Buenos Aires, a pesar de que la mayoría de personas que me cruzo en la calle podrían ser primas entre sí –y de que hasta los oscuritos locales son luminosos frente a mí–, me encontré con algo que me resultó tan exótico como Hochimín a los ocho años: los judíos. Porque lo más cerca que estuve en mi vida de relacionarme con judíos fue Ana Frank, Woody Allen y Jerry Seinfeld, en ese orden. En mi ciudad lo más parecido a un judío que van a encontrar es un una judía, y eso es un poroto que se usa para hacer guisos. Ahora, acá, tengo varios amigos judíos casados con judíos, sus hijitos judíos –y más: vivo con un judío que no ejerce porque también es ateo. Las primeras veces que les oí decir Iom Kipur, con ese acento porteño tan distinto al niuyorkino, yo realmente pensé que me estaban hablando del gusto de un helado. Acúsenme de provinciana, lo acepto, pero es lo mismo que si de un día para otro usted se muda a Cartagena y se tropieza en la vereda con unos niños negros bailando el Mapalé; y eso no es ningún acontecimiento. Pero si un local viera su cara en ese momento, le aseguro que se acercaría disimuladamente para decirle: haga el favor de cerrar la boca. Acá en Buenos Aires no es que haya visto nada que me deje la boca muy abierta, pero con los judíos, al principio, me amagaba la quijada… ¿el guefil qué? Era raro. Si mi amigo B o mi amiga F decían que no querían mayonesa, por ejemplo, yo chasqueaba los dedos, elevaba al frente el dedo índice y decía ah, claro, porque… Y asentía con esa mirada de quien por fin entiende algo. Con el tiempo y la confianza empezaron a anteponer a cada cosa que decían la aclaración: no es porque sea judío, pero el membrillo no me va. Y así. Fue todo un aprendizaje y al final, como todo, me acostumbré. En cambio, sin que esto sea un reproche, a veces me parece que ni ellos ni los otros se acostumbran aún a mi rareza, quizá porque está expresada en singular, como la de la pobre Hochimín. Para mí, estar del lado del que se sorprende ante lo que no le es familiar fue un paseo del que ya volví; mi lado acá es y será siendo el otro, y eso sí que es raro. Pero supongo que esto ya lo saben los judíos.
lunes 5 de octubre de 2009
La Señorita Mala
A veces me encuentro con mi amigo R en un bar que queda sobre Niceto Vega, cuya única virtud es que tiene una terraza semiabierta donde él puede fumar a sus anchas y largas. Hace unos días nos volvimos a ver en esa terraza y nos atendió una mesera que ya conocíamos y que está bastante cerca de encarnar el monumento universal de la mala onda. Claro que mala onda no es una expresión ni remotamente acertada para describir a esta chica, a quien llamaré, simple y llanamente: La Señorita Mala (LSM); yo creo que esta chica raya en la perversidad. Y no solamente la perversidad de escupirte el trago, sino esa otra que consiste en mirarte con ese aire superior que revela sus deseos de que te atores con el maní, que te resbales por la escalera y tu cara se estrelle contra el mero piso. En los ojos de LSM es posible ver planos de esas escenas que imagina: el charco de sangre, los gemidos de dolor. Esta vez, R quiso manejar la situación: juró que le sacaría una sonrisa a LSM o, cuando menos, le haría pronunciar una frase, no se diga dulce, pero sí cordial: “Espero que cuando salgan a la vereda no los maten”, o algo así. Pero R, que es chileno y tiene la extrañísima idea de que su acento seduce, encaminó el intercambio con LSM por otro lado. Ella le siguió la corriente con risitas falsas, trayendo quesitos, papas fritas que nadie le había pedido. “No queremos eso”, le decía yo, y LSM hacía esa expresión como quien se pregunta: “¿Alguien oyó el zumbido de una mosca?”. Cuando acabó su turno se sentó al lado de R y le contó su vida: que era grafóloga, que las letras le parecían la cosa más hermosa del universo porque formaban palabras bellas como “Chile” y que lo que más odiaba en la vida era ser mesera. Se quedó callada, se tomó el vaso de cerveza, pidió otra y los ojos se le hicieron agua espesa, un pantano. Sentí pena por LSM, cuando uno odia lo que tiene que hacer todos los días le entran ganas de pegar cachetazos a diestra y siniestra. LSM se pasó una buena parte de la noche en nuestra mesa hasta que dijo bueno, voy al baño y, zaz, desapareció. Nos llegó la cuenta y era como si nos hubiésemos bebido todos los bares de Buenos Aires, la provincia; había una lista de cervezas importadas que R y yo nunca vimos ni en propaganda. A R le fue entrando como un sopor, como un ahogo, como unas ganas de toser. Tosió. Yo le expliqué al nuevo mesero que esa cuenta estaba mal. Él dijo que esa cuenta la había cerrado su compañera y que ya se había ido. Alzó los hombros. Asomé la cabeza por el balcón, la noche helada me pegó como un látigo en la frente; en la vereda no había rastros de LSM. Debía ir lejos, riendo a lo brujilda, rumbo a su guarida. La imaginé sentada frente a una mesa ratona sacando letras de un tazón, formando con ellas sus palabras favoritas: veneno, podrido, Schwarzbier. Imaginé que las ponía de vuelta en el tazón, que las revolvía y hacía con ellas su pócima de la maldad y que, después, se la tomaba con los ojos cerrados.
miércoles 30 de septiembre de 2009
La muerte del habano
En un restorán clandestino, en la frontera confusa entre La Boca y Barracas, hay un saloncito brumoso donde cada día mueren decenas de habanos. Esto sucede en un ambiente escasamente iluminado, al pie de vasos vacíos, que alguna vez contuvieron buen wiskhy, y al son de los últimos acordes de una conversación impúdica. Estos habanos tienen el privilegio, o la desgracia –depende– de ser chupados por labios poderosos; esos que, estadísticamente, suelen tener un color grisáceo y una textura mohosa a la vista. Cuando el empleado a cargo va a la mañana siguiente a reconocer los cadáveres, se encuentra con mutilaciones feroces. El último caso duro fue hace dos noches: era un habano “Montecristi” –a quien sólo una i lo alejó en vida de la perfección–; pertenecía a un señor político, a quien llamaremos Don Balbino, y estaba cortado al medio, mordisqueado y húmedo de baba rancia. Cuando el empleado lo encontró, el habano despedía un hilo de humo débil, seguía vivo. Pocas veces encontró el empleado un habano vivo a esa hora de la mañana, pero Montecristi –a pesar de su “i”– era de los buenos y allí estaba, agonizando frente a él. El empleado aprovechó para servirse un poco de wiskhy de una botella que había en la barra, porque en la mesa, salvo los cadáveres de los habanos, no suele quedar una gota de nada: no suele quedar un maní. Y mientras él degustaba su bebida con los ojos entrecerrados, tuvo la sensación de que el habano sufría de verdad: Don Balbino era tan corrupto que cada vez que chupaba al Montecristi debía inyectarlo de veneno; el pobre habano se convertía en cómplice de su boca sucia, de su aliento culposo, su gastritis crónica degenerada recientemente el úlcera. El empleado había escuchado que la mejor forma de morir de un habano era aplastándole la cabeza humeante con un zapato italiano. Miró sus zapatos: eran unos Tooper. Pero viéndolo en ese estado lamentable le pareció que la marca del zapato sería lo de menos. Se levantó de la silla donde la noche anterior había posado su culo prominente Don Balbino y se dirigió a la barra. Lo primero que hizo fue rellenar su vaso, lo segundo que hizo fue buscar un CD de Celia Cruz. Lo puso en el equipo de música, eligió la canción que le pareció más acorde para acompañar la expiración de Montecristi y subió el volumen: Cuando salí de Cuba / Dejé mi vida dejé mi amor… Caminó de vuelta a la mesa y cuando el habano estaba por apagarse, cuando el humo que salía era comparable al suspiro difícil de un pulmón devorado por la nicotina, el empleado lo tomó entre sus dedos, lo posó delicadamente en el piso y lo aplastó. Y no supo por qué –quizá porque recién descubría lo fugaz y sombría que podía ser la vida de un habano–, entristeció. Pasó el mal trago con uno de wiskhy y, después, bañó los restos del Montecristi con lo que quedaba en su vaso.
lunes 28 de septiembre de 2009
La foto de Humphrey
Catalina dice que la foto de Humphrey Bogart que está en la tienda de su padre, en el mercado de San Telmo, perteneció a una tía de su madre, quien fuera alguna vez, muy fugazmente, amante de Bogart. Es una polaroid donde Humphrey saluda a la lente desde la ventanilla trasera de un coche negro. La foto está exhibida en el mostrador de la tienda, aunque no se vende. Su padre dice que la vendería si no fuera porque Catalina está encaprichada; y que esa foto se la encontró su mujer, que en paz descanse, en una peluquería. Catalina no puede escuchar eso, no puede. Se tapa los oídos y niega con la cabeza: “Shhh, pará de decir boludeces”, y su viejo manotea el aire: “¡Bah!, tas loquita”. La historia de Catalina es otra, decía: involucra un romance. Esta tía se llamaba Ivana, era medio rusa y medio casquivana, según decía su abuela, pero tan bella y elegante como para conquistar a Humphrey. “En Buenos Aires, todos la comparaban con Ingrid”, dice Catalina. Ser dueña de esa foto le da ciertas licencias: una de ellas es la de referirse a las leyendas del cine por su nombre de pila. La bella Ivana era modelo: hacía propagandas de sodas y artículos de limpieza; una vez fue a Los Ángeles para participar como extra en una película que nunca salió. Igual, se quedó tres meses y aprovechó para untarse con la crema y nata de los actores norteamericanos del momento, hasta que conoció a Humphrey y ya no quiso saber de más nadie: “No un productor, no un director, no un Aristóteles Onassis…”, dice Catalina. La señorita Ivana enfermó, cayó en cama del puro amor. “¿En cama con él?”, no puedo evitar preguntarle y Catalina niega con la cabeza: “Aún no”. Al enterarse del estado de salud de su más reciente conquista, el actor pasó a visitarla al hotel; le llevó flores y champán. Imagino a Humphrey tocando la puerta de la habitación, sus tres líneas en la frente, la boca cerrada pero sugerente, los ojos que dicen todo lo que cualquier palabra entorpecería: We’ll always have Hollywood, Ivana. “También le llevó un aparato rarísimo, recién salido al mercado que capturaba la imagen instantáneamente y…”. “¡La fotografía ya estaba inventada, Catalina mentirosa!”, interrumpe su papá desde algún rincón. Ella apoya las manos en el mostrador, las tensa y se las mira como si quisiera aprenderse de memoria los huesos que la componen: trapecio, trapezoide, pisiforme, piramidal… “La polaroid salió recién en el 47, papá”, dice irritada. “¡Bah!” Catalina continúa: “Ivana estaba maravillada, Humphrey no paraba de sacarle fotos. Después, bueno, una cosa llevó a otra y…”, hace una pausa para suspirar. La foto del portarretrato se la sacó Ivana al día siguiente, cuando Humphrey se iba del hotel y, oh sorpresa: “Nunca más lo vio”. Catalina agarra la foto, la acaricia con su dedo meñique. Humphrey la saluda y ella lo mira como si en verdad estuviese por irse, o como se mira a quien ya se ha ido demasiado.
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