domingo 26 de octubre de 2008

Aparición

Teo y yo transitábamos por la Costanera Sur, rumbo a una cena a la que nos habían invitado. En el camino el paisaje humano era el siguiente: señoritas y señoritos ejerciendo –con la sonrisa bien puesta, la panza adentro y el culo afuera–, el oficio generoso de ser putos y putas. Nos paramos en una intersección para decidir hacia dónde doblar y vi que se nos acercaba un señor negro con afro y grandes pechos de silicona que sólo llevaba puesta una bombacha azul con estrellitas, como la de la mujer maravilla. El hombre venía meneando sus tetas hermosas, descomunales, y desprovistas de abrigo, en un baile carioca: “Brasil, lalalalalalalala”: movía los hombros hacia delante y hacia atrás. Quisimos seguir andando pero el hombre se nos plantó enfrente y ahora se ponía las manos en la cintura y hacía ese paso que consiste en simular un remolino con las caderas y bajar hasta casi tocar el piso. Cuando el tipo bajaba se le marcaban todos y cada uno de los músculos que deben marcarse en un cuerpo para considerarlo perfecto. Teo le hizo cambio de luces para que se quitara del medio y el hombre entendió que debía ponerse de espaldas, alzar los brazos y pasar a la lambada; Teo sonó la bocina y el hombre se dio una voltereta de media luna y, tras un saltito muy ágil, terminó sentado en el capó jadeando de cansancio. “Gracias, señor, pero tenemos que seguir”, le dijo Teo por la ventanilla, y el carioca nos miro sonriente: su cara, ciertamente, no era tan agraciada como su cuerpo y de adolescente debió haber sufrido mucho por el acné; pero la sonrisa que tenía el morocho superaba con creces sus tetas firmes, su agilidad y hasta sus dotes histriónicas. A mí me pareció estaba frente a una aparición divina: sobre nuestro capó posaba el culo una musa de la noche porteña, iluminada por la luz de un puestito de choripán del que salía un humo espeso y una cumbia mal sintonizada. A un lado de la musa se veían los edificios de Puerto Madero, enterrando sus cabezas en las nubes, y al otro lado el río sucio y oloroso, y otras musas tomando por sorpresa a sus potenciales clientes. Miré al carioca acomodándose sus botas y su bombacha de estrellas; lo vi sacudir la cabeza, quizá para sacarse el sudor, quizá para olvidarse rápidamente de otro intento fallido. Lo seguí mirando embelezada cuando arrancamos el auto y él hizo una elegante reverencia a nadie, y después, cuando, caminando muy erguido, se volvió con su sonrisa a la vereda.

Cuarzo

Muchas veces me creí eso de que vivía en una ciudad occidental y cristiana. Que acá no pasaban esas cosas que, por ejemplo, pasan en el DF: como que una va muy oronda por una plaza y se te atraviesa una señora coronada con flores que te convence de darle plata por cachetearte con unas ramas secas y hacer buches con un brebaje que le deja los dientes negros y que después te escupe en la cara. A eso le dicen hacer una limpia, sacarte la mala racha, y al final una dice gracias. Acá no, Buenos Aires es tan hiperracional que siempre me pareció mas probable que te agarraran el culo en la parada del colectivo y que el susodicho manilarga se explayase pacientemente en una explicación que involucrara traumas irresueltos, que viniese un barbudo en túnica de algodón y te zampara un cuarzo en la cabeza. Pero resulta que hasta ahora nadie me agarró el culo en ninguna parte y en cambio estoy un poco abrumada por el acontecer místico porteño. Cuántas túnicas vi el otro día en el parque Los Andes, cuánto cuarzo, cuánta rama seca, cuánto Enya musicalizando el espacio público. Pasaba por allí de casualidad y me quedé un rato flotando en los olores del incienso, y entonces me abordó el hombre de la pollera hindú: “Estás sucia”, me dijo con una sonrisa y yo me miré la ropa, avergonzada y le dije “Cómo, pero dónde…”. “Hay una gran mancha negra”, insistió el tipo haciendo un ademán con la mano, dibujando una S en el aire. Yo me limpié la cara con la manga y la manga salió limpia: “No estoy sucia, señor”, dije y seguí andando. El hombre se me adelantó: “Yo te veo sucia”. “Claro”, dije y aceleré el paso y fue entonces cuando pegó ese brinco de saltimbanqui y se me plantó enfrente mostrándome un juego de cuarzos de colores: “Esto te va a limpiar”. Me alejé rápido mirando cada tanto hacia atrás para ver si el hombre me seguía. Pero no, se había quedado parado con esa sonrisa que debió tatuarse en un viaje de ayahuasca. Seguí adelante con la sensación de que, como en el cuento del emperador, todos veían mi mugre y mis harapos salvo yo, hasta que ví, ya lejos, cómo el hombre de la pollera hindú paraba a otra incauta, le decía cosas, estiraba la mano, agarraba el billete y revoleaba sus cuarzos como un malabarista de semáforo.

Artistas

Hace unos días me invitaron a una fiesta de artistas y acepté encantada, a pesar de que la palabra “artistas” –en abstracto– es un rótulo que puede encontrarse fácilmente en mi archivo general de prejuicios. Pero los artistas me caen bien, no se me malinterprete; y cuando digo artistas soy amplia y me refiero a cualquiera que se crea con el derecho de autodenominarse de esa forma. En la fiesta abundaban los autodenominados: “Hola, mi nombre es Juan, soy artista” / “Hola, Juan”, contestaban al unísono los otros artistas. Algunos llevaban camisetas con leyendas como: “El arte ha muerto y resucitado en mí”. Y estaba también esa chica de pecho generoso con una remera que decía en letras ensanchadas: “El arte soy yo”. Esa noche algunos artistas consideraron acertado mi primer prejuicio sobre los artistas: que suelen ser personas llenas de vivencias tan fabulosas que sienten permanentemente la necesidad de compartirlas con el resto; mejor dicho: que su actitud frente a su propia vida es tan saludable y generosa que rara vez hablan de otra cosa. “Es verdad”, rieron escandalosamente. Luego me explicaron que eso que algún desubicado podría eventualmente interpretar en ciertos artistas como ser muy pagado de sí mismos era en verdad una virtud que consistía en desentenderse del ego como un elemento susceptible de ser controlado. Y que de ninguna manera un artista debe controlar su ego, porque un artista mientras ejerce el oficio de hablar de sí mismo está alimentándose, disponiendo su alma sensible a crear, a crecer, a hacerse más bella. Es algo así como hacer abdominales. Yo dije que encontraba todo muy esclarecedor, y que eso explicaba por qué, en su proceso creativo o mal llamada charlatanería, ciertos artistas no discriminaban entre el relato anecdótico de interés general y aquel que escasamente podría interesarle a sus madres. “Es así, absolutamente” volvieron a reír, me palmearon la espalda tan fuerte que pegué un saltito: me sentí una artista de la lucidez porque me estaba entendiendo a la perfección con mis anfitriones. Así fue como, al estar todo tan claro, los artistas dejaron de hablarme y armaron un círculo más íntimo; yo decidí sentarme sola y disfrutar a mis anchas del show de un joven DJ que mezclaba música oriental y que recién había escrito una novela –poco vendida pero muy bien criticada– sobre la vida un joven DJ, que también era escritor pero que, antes que nada, está de mas decirlo, era un artista.

martes 14 de octubre de 2008

Una perra

Cada vez que voy a un restorán, bar o fonda, a pesar de la maravillosa compañía que suelo llevar a rastras, me embeleso oyendo las cosas que dice la gente en las otras mesas –he escuchado diálogos por los que Woody Allen donaría el resto de sus neuronas vivas. Si yo estuviera dotada de movimientos gráciles y ligeros, es decir, si yo calificara para ser mesera llevaría siempre un grabador encendido en mi delantal, lo deslizaría discretamente en la panera de una mesa elegida cada día al azar y por las noches, mientras ceno, me sentaría a oír la grabación. Sería como una radio novela: “Conversaciones que escuché en la mesa de al lado” es un lindo título: un hit. Porque la mesa de al lado es, para quienes la ocupan, un escenario íntimo –sólo que no–, y eso, quién se atrevería a negarlo, es un detonador del morbo. Soy morbosa: mea culpa; he aquí entonces un extracto de la última conversación que escuche la mesa de al lado. Los comensales eran una pareja de sesenta y muchos que llevaba un rato discutiendo sobre el maltrato que ella le daba a “Lulú”. A estas alturas él ya tenía la voz quebrada y ella mucho calor. Y sigue así:
–Sos una bestia –dice él.
–Sos un descarado –dice ella abanicándose la cara con la servilleta.
–¿Porque la quiero a Lulú?
–Porque la querés más que a mí.
–Obvio que la quiero más, ella no me grita.
–¿Ah no?
–Claro que no, ella se pone contenta ni bien me ve y corre a recibirme, ella se me trepa encima y me lame: ¡ella me da cariño! Vos no podés hacer eso, ¿sabés por qué?
–Porque no soy una perra.
–Porque vos estás seca por dentro, no tenés corazón, vos estás llena de mierda.
–Gracias, amor. Igualmente.
Mastican, toman vino, a él se le cae la servilleta, ella la levanta y se la pone en el cuello como un babero. Él se deja. Siguen comiendo.
–Y sí que sos una perra: Lulú no es tan perra como vos –dice él, deja los cubiertos sobre el plato sin terminar, apoya los codos en la mesa y se frota los ojos con las manos:
–No podés ser tan perra –insiste. Ella lo mira, saca su propia servilleta y le limpia una mancha de salsa que le quedó en la barbilla.
–Sí puedo, claro que puedo –dice y vuelve a su plato. Y él, con la expresión de un nene malcriado, se moja el puño de la camisa en la salsa y la mira de reojo.

domingo 12 de octubre de 2008

Profecía autocumplida

La mayoría de gente que conozco –inclúyome–, no tiene acciones en la bolsa; gana una plata módica cada mes y la gasta en alquiler, comida y frivolidades varias. Siempre que voy con alguna amiga a comprar zapatos o ropa o un set de repasadores para la cocina la veo preguntarse: ¿valdrá la pena gastar en esto? Aunque se esté muriendo por llevarlo. Y piensa en todas las cosas en las que podría gastar mejor esos cincuenta pesos que se vuelven de repente parte fundamental de su patrimonio: “Ja, como si la plata creciera en los árboles”, dicen las más duras frente al objeto deseado y se vuelven a su casa con las manos vacías y la conciencia limpia. Es un clásico. Pero la duda del consumidor/a frente al objeto deseado nunca había sido tan excesiva como ahora. Toda la gente con la que hablo últimamente se refiere a la crisis en Wall Street como algo personal: de pronto todos resultamos tan pero tan afectados con la caída de los mercados. El otro día mi amiga L me dijo: “Mejor cenemos en casa, con esto de la crisis no conviene gastar”. Cenamos unos pinches ravioles. Hasta Stella Maris se ha vuelto austera, no gasta ni en pan: “Es que no se sabe lo que va a pasar, Marga”, me dice mientras mezcla el detergente de platos con más agua de lo habitual. Es un poco mucho, porque aunque el panorama general está oscuro para todo aquel que dependa de un sistema capitalista para subsistir –yo, tú, ellos–, la crisis por ahora no nos cachetea de manera directa a ninguna de las criaturas comunes y silvestres que dudamos catorce veces antes de comprarnos una empanada china. Pero entonces sucede: es la profecía autocumplida. La abstinencia general, el hecho de que nadie compre repasadores o libros o dvds o pan o sushi hace que la economía se deprima –“¿Con que esto querían?”, dirá la economía con cara de orto, atragantándose con Prozac. Y sí, ya sé, supongo que me dirán que hay que actuar con precaución y que las crisis económicas le han pegado tan fuerte a esta patria noble que ahora ven una vaca y lloran; supongo que tendrán razón, pero no deja de parecerme una reacción tristísima. A mí me crío una madre tropical y botarata, fóbica del ahorro, que solía repetir que la plata era papel y que un día el mundo se daría cuenta y la haría confeti: “Esto no vale nada”, diría el vocero del mundo lanzándola por los aires, y se vendría el descalabro. Entonces me parecía una irresponsabilidad, ahora una genialidad: sobre todo cuando se sabe que no hace falta ningún descalabro para que esto mismo –que la plata valga nada– vaya sucediendo, de a poco, todos los días de la vida.

martes 7 de octubre de 2008

Pobre chico

Este es un chico inteligente y culto que lo tiene todo, incluso ojos verdes y dinero, y que su único defecto –si lo consultásemos con él– es que es un poco petiso y se está quedando calvo. ¿Pero acaso eso importa demasiado dentro de un convertible? Por supuesto que no, diría él. Después hay otras cosas en este chico que podrían ser consideradas por terceros defectos deleznables. Si a mí me pidieran que mencionase uno yo diría: es egoísta. Pero no porque sea de esos que no invitan a sus amigos a comer, o no les ofrecen llevarlos a sus casas, o ponen mala cara cuando alguien les pide, por favor, una lapicera. De ninguna manera, este chico no hace nada de eso porque es un chico correcto, educado, adorable. Su egoísmo va más allá de meras formalidades: su egoísmo consiste en que no quiere compartir el mundo con gente distinta a sí mismo. Por ejemplo: este chico odia a los mendigos por la sencilla razón de que cuando caminan dejan un rastro de suciedad. “¿Pero por qué no se bañan?”, lo he oído decir consternado. También lo he visto mirar por encima del hombro a una nena en patas, rota y curtida, para fijar sus ojos en una valla publicitaria que flota en el firmamento: “Che, quizá me compre esas zapatillas”, dice, siendo que en el cartel no hay ningunas zapatillas. Este chico tiene principios y hace grandes esfuerzos por ser coherente: uno de sus principios es condenar cualquier actividad social tendiente a favorecer a los pobres. Por esa causa milita ferozmente. Si te ve un día dándole una limosna a alguien es capaz de gritarte: “¡Alcahuete!” y darte una lección honesta sobre cómo la limosna potencia la mendicidad y, en cambio, el ejercicio de ignorar a los mendigos contribuye al exterminio de semejante flagelo. “Y se irán muriendo de a poco”, dirá esperanzado. Pero a veces, este chico también se siente desolado: piensa que está sólo en su lucha, que cada vez son menos los convencidos de que el único mérito posible en la vida es en acumular plata. Y se deprime. Pero para curarse sólo necesita volver a su convertible y dar un paseo –no en cualquier zona, por seguridad– y mirar caras al azar. Entonces, dirá aliviado mientras la brisa acaricia su pelo y descubre sus entradas, siempre encontrará otros ojos verdes furibundos detrás de los que es fácil adivinar su mismo sueño.