lunes 12 de enero de 2009
El rubito
El rubito se sienta el asiento de la ventana, lleva pantalón de lino azul claro, camisa blanca, nariz pronunciada. Es del tipo de personas que responden al requisito de buena presencia y por eso los contratan para repartir cupones de ofertas en los stands. Su amiga de flequillo entra después: “¡hola, qué casualidad!”, y le da uno de esos besos que hacen ruido. No hay asientos libres en el tren, él le cede el suyo y se sienta en el suelo, a sus pies. El rubito le cuenta que viene de imprimir su cevé, tiene que llevárselo esa tarde a un subgerente equis que lo entrevistará para un puesto. La chica viene de su oficina, dice que está harta de su jefa, o bien: “esa gorda menopáusica que destila envidia”. Luego de decir eso pone los ojos en blanco, abre la boca e intenta tocarse el esófago con el dedo: “puaj”, añade. “Y sí”, dice él. Al cabo de un rato el rubito se decide: “¿Te puedo mostrar el cevé y me decís qué te parece?”, le pregunta. El rubito habla despacio, es tímido, aunque se las arregla para mirarle las tetas a la chica cada vez que ella se estira el flequillo. “¡Pero obvio, boludo, mostrámelo!”, la chica le arranca el cevé de las manos, como si fuera una muestra gratis de antifrizz. Lee durante tres estaciones, frunce el ceño, se lleva la mano a la barbilla, asiente. Es una hoja y media a espacio doble. “¿Y?”, pregunta el rubito, impaciente. “¡Está buenísimo, boludo, genial!”, dice ella. Él sonríe como si la chica se hubiera alzado la blusa y le hubiera dicho ¡podes tocarlas! “Claro que…”, dice ella, “yo no pondría cantidad de empleados sino personal a cargo, y el nivel de inglés es medio, así que mejor no lo pongas y en la experiencia laboral poné sólo los dos últimos laburos porque, ¿viste?, la gente se marea leyendo tanto –ojos en blanco, dedo en el esófago, parte dos–, y, sobre todo, te faltan los hobbies”. Y le explica que leyó un libro sobre cevés que dice que a los jefes les interesa lo de los hobbies porque nadie quiere contratar robots, y que ponga cualquier cosa salvo el yoga para no dar la sensación de dispersión. El rubito dice gracias con su vocecita casi imperceptible. “¡No, por favor, si me encanta ayudar!”, dice la chica generosa y tira un par de besos al aire antes de bajarse. Él no ocupa su silla, se queda en el piso, suspira dos veces y hace un bollo con el cevé. En los ojos tristes del rubito se puede leer esa única pregunta que le da sentido a la vida: ¿por qué no me mato? Pero inmediatamente después esa frase se borra y sus ojos pasan a decir: ni siquiera tiene buenas tetas.