jueves 28 de mayo de 2009
Invisible
Desde la puerta de casa grito “voy a lo de G”, y que vuelvo en un rato. Nadie me contesta. Afuera está helado. Camino a la estación me cruzo con una señora del geriátrico de al lado de casa. Se llama Francia y es muy amable. “Buenos días, señora Francia”, la saludo, pero esta mañana me ignora. El tren va casi vacío, un ciego pide monedas, se acerca meneando su bastón de un lado a otro. El tren frena y el ciego se tambalea; voy a ayudarlo pero un chico se me adelanta, lo toma del codo y lo conduce hacia el otro vagón. Miro al chico y le sonrío, es una manera de decirle “eres una persona buena”. El chico sigue de largo sin notar mi sonrisa y mi mensaje alentador; casi ni me esquiva, y yo debo echarme a un lado bruscamente para no ser arrollada por ellos. En la calle me pasa lo que siempre me pasa en cualquier calle porteña: me empujan y nadie se da vuelta para decirme “disculpe” o “mi sentido pésame por la muerte de su pie”. Ya estoy acostumbrada, no me sorprende. Me sorprende, en cambio, que el señor del quiosco no note que hace un rato estoy pidiéndole unos beldent de frutos verdes, y que tengo cambio, o sea: que no es una excusa. Insisto, me le pongo enfrente, le muestro las monedas; él atraviesa mi cuerpo con su mirada que va a posarse a la minitele. Me harto y me voy. Toco el portero eléctrico de casa de G, hace mucho frío. Todo lo que quiero es subir a su departamento y zambullirme en una pava hirviendo. “¿Sí?”, contesta G. “Hola, soy yo”. “¿Sí?, ¿quién es?”, insiste G. ¿Me está jodiendo? “Ábreme, por favor, es M”. “No se escucha”, dice G y cuelga. No puedo creerlo. Decido llamarla por teléfono, saco mi celular pero está descargado. Vuelvo a tocar varias veces pero siempre pasa lo mismo: G no me escucha. Me harto y me voy. Entro a un locutorio, no hay nadie en el mostrador, sólo hay un par de chicos sentados en computadoras y tienen audífonos. Trato de abrir la puerta de una cabina de teléfono, pero está cerrada. Me siento en una computadora, resignada, y abro mi correo: ningún mensaje. Es muy raro, a esta hora del día ya me han llegado varios spams, algún correo de mi madre y, por supuesto, la invitación diaria para alargar mi pene. Los chicos de las computadoras se levantan y se van y yo me quedo sola sin saber qué hacer. Vuelvo a probar con las cabinas: están cerradas. Vuelvo a la computadora: ningún correo. Miro el chat, si encuentro a G en el chat puedo decirle que soy yo, que me abra. Entonces es cuando surge la revelación, es cuando entiendo todo, el chat me lo dice claramente y hace que todo este extraño día tenga sentido. Respiro aliviada y vuelvo a leer: “Eres invisible”, dice el chat. Cambio mi estado a “visible” y descubro cómo, de repente, aparece gente a mi alrededor.