martes 31 de marzo de 2009

Ventanas

Hay casas que son muchas casas, están en esos edificios con patio interior al que miran todas las ventanas. En Buenos Aires he visto un par, en uno de esos vive mi amiga Tamara. Es un lugar elegante y por eso llama la atención la ausencia total de privacidad. Más raro es que todos se ven pero nadie interactúa. Tamara y yo nos sentamos en su living a tomar el te, por ejemplo, y por la ventana se ven las ventanas de enfrente; nos acercamos un poco más y vemos las de arriba y las de abajo. Todas están llenas, siempre pasa algo. Hay una chica que practica el violín cada tarde y hace un ademán tembleque cuando arranca que, según Tamara, es falso. Hay dos viejas entongadas que juegan cartas y comen masitas. Hay un chico que estudia acodado en la ventana y Tamara dice que si tuviera quince años más le saltaría encima. Hay una jaula con un pájaro al que una nena alimenta con salchicha. Tamara no sabe los nombres de nadie. Cree que la nena se llama Violeta porque su hijo Pablo la mencionó el otro día: “Violeta es disexual” le dijo. “¿Quién es Violeta?”, preguntó Tamara. Él le dijo que la del 4–k. Cada tanto voy a visitar a Tamara. Ella fuma y habla de lo de siempre: de su divorcio. Yo miro las ventanas de afuera y pienso boludeces, como que esas personas conforman un elenco de actores y, salvo la chica del violín, sus partes deben transcurrir en silencio. Siempre caigo en la tentación obvia de imaginar que un día alguien va a salirse del guión y a joderlo todo. A perturbar esa convivencia acética y silenciosa. A gritar por la ventana: ¡Violeta es disexual!, o alguna otra cosa. Pero eso no sucede. Llevan allí más de un siglo: las ventanas, digo; y la idea de que la vida transcurre de adentro para afuera y se enmarca en un solo plano. Tamara, cuando nota mi interés desmedido por su vecindario, me dice que no siempre es tan así, que a la noche cambia el panorama, cambian los personajes, se banaliza la escena. En lugar de la violinista hay un nenito jugando al play, y el violín yace apabullado detrás del sillón; en la mesa de las viejas hay un florero horroroso; en lo del chico lindo hay también una chica linda que se lo come a besos; en la ventana del pájaro ya no está Violeta sino sus padres haciendo la sobre mesa: él se fuma un puro y ella se toma una copita de oporto. “¿Cómo sabes que es oporto?”, le pregunto. Tamara alza los hombros. Y en su ventana, continúa, aparece ella con su eterno cigarrillo y mira el patio vacío, oscuro como un pozo sin fondo. Allí se queda hasta que se hace tarde y todos, uno a uno, van cerrando las cortinas.

lunes 30 de marzo de 2009

Comentario

Estuve de vacaciones y recibí cartas muy amables que quiero agradecer. A la señora que me recomendaba usar ropa oscura para disimular las manchas, gracias por el tip. Al joven poeta que me escribió una frase larga en forma de haiku, qué detalle –era una gran frase erótica que no reproduciré por respeto al derecho de autor. A la mujer que me retaba por mi intolerancia a la mierda de perro que alfombra la ciudad, le pido disculpas extensibles a las mascotas que posee. Hubo otras cartas que me alegraron los días y lamento no poder detenerme en todas. Pero escogí una para comentar hoy, porque justo se trataba de eso: del oficio de comentar. La escribió un señor Sean, y me contaba sobre una nota de Bioy Casares donde se refería al oficio del columnista. Decía, entre otras cosas, que “si no tuviéramos el consuelo de comentarla, la vida sería más dura”. Su correo fue como una lluvia fresca en un día de verano infernal. Literalmente: ese día el cielo se derretía; yo estaba en un bar–wifi y por la ventana veía gente chapoteando en la vereda. Si hubiese estado sola habría cantado al aire: ¡cuánta razón tiene, Don Sean; cuánta razón, Don Bioy! Pero, intimidada por el mundo, sólo pensé que una revelación debía ser eso: un pensamiento propio puesto en las palabras correctas. Porque cada vez que alguien me preguntó para qué escribía columnas, para qué servía comentar que afuera llueve y hay un viejo empapado que muerde un cartón, yo quise decir eso mismo que decía Sean en su correo, porque eso mismo pensaba. Pero siempre me salió algo distinto, algo como un ehhh sostenido en el que desaparecía el interlocutor y yo quedaba en un salón vacío donde sólo se escuchaba el zumbido de una mosca, el eco del silencio. Pensé también, en medio del cuchicheo del bar sobre las gotas que caían a modo de “shhh”, que la pregunta para qué sirve comentar no aludía solamente a quienes nos dedicábamos al columnismo, sino a todo el que poseyera la habilidad del lenguaje. Todo el mundo comenta. La gente siente alivio cuando puede contar que vio, pensó, elucubró, concluyó excitadísima, que la mejor manera de disimular las manchas es poniéndose ropa oscura. No importa si al momento de decirlo, el otro, quizá inmerso en sus potenciales comentarios, todo lo que hizo fue hacer montañitas con las migajas del pan en la mesa y, tras un resoplido que volvió a dispersarlas, dijo: ¿Te parece? Comentar alivia, yo también lo creo, pero no sabía cómo decirlo. Gracias por sus comentarios, queridos lectores. Y gracias, señor Sean, por las palabras correctas.

sábado 7 de marzo de 2009

El señor Junior

Otra vez estamos en una feria americana de esas que Teo adora y yo he aprendido a tolerar, como su tendencia a la elaboración silogística en conversaciones domésticas. Esperamos nuestro turno, somos muchos, y como siempre pasa en estas situaciones la gente está nerviosa porque cree que cuando entre ya no va a quedar nada, que se habrán llevado todo lo que vale la pena. Nunca supe qué es lo que vale la pena, quizá siempre llego tarde: cuando sólo quedan estantes repletos de patos de cerámica como los de mi tía Ramona. La tía Ramona termina siendo la mayor beneficiaria de estas ferias: si llego a comprar algo –un pato de tres pesos– va a parar indefectiblemente a su living. “Adelante” dice alguien, y entramos. La casa está medio derruida, probablemente la demolerán una vez le saquen todas los cachivaches que tiene adentro. Teo se me pierde, seguro que está husmeando las bibliotecas, las placas en la pared, las fotos. Teo tampoco compra nada nunca, lo que lo excita de venir a las ferias es el puro morbo de historiador: le gusta saber cómo vive otra gente y a partir de lo que descubre reconstruir sus vidas. Siempre que salimos de las casas me cuenta con pelos y señales quiénes eran o son los propietarios, hace sumas y restas para averiguar qué hacían y dónde estaban en determinados años susceptibles para la patria y entonces decide si son despreciables o no. Por fin encuentro a Teo en un ático mirando unas cajas de madera que contienen películas muy antiguas. Están marcadas en la cubierta con leyendas como: “Sarita y Junior, primer viaje en barco. Río, 1926”; “Mamá y papá en Montevideo, 1921”; “Viaje en ferrocarril con los niños. Asunción, 1930”. Y así, hay decenas de cajas de películas con imágenes de ciudades que ya no existen. Teo busca al dueño, un señor de noventa y tantos que habla solo en la galería. Es el único hijo que queda: Junior, supongo. Le digo que es al pedo, pero él insiste. Le pregunta al señor qué piensa hacer con esas películas, que por qué no las dona a un museo, que hay imágenes que no mucha gente conoce, que… Junior lo mira desde sus ojos vidriosos, inexpresivos, y dice: “y… pero son de mamá”. Teo calla, se le ve contenido –X es de mamá, mamá está muerta, luego X es de Junior–. “Claro”, dice por fin, pero que quizá un museo… “Son de mamá”, repite Junior, alza los hombros en señal de impotencia. Y luego, como si de repente se acordara de algo, se mete la mano al bolsillo, le pide a Teo que se acerque y le da un lindo pato de cerámica con pico rojo y sombrero panamá. “Es el único que queda”, dice, con los ojos brillantes de emoción.

lunes 2 de marzo de 2009

Portación de pasaporte

Llamo por teléfono al gobierno de la ciudad, necesito pedir un turno para un trámite. Oigo una voz de señora que enumera opciones, marco 4–1, y la misma voz me dice que en un instante seré atendida. Espero un instante en el que empieza y termina una canción. Al fin contesta alguien, creo que se llama Graciela, pero puede ser Beatriz, se me borró su nombre cuando empezó a maltratarme. Me pasa eso cuando me maltratan: me bloqueo, elimino al verdugo de mi visual y tarareo una canción de cuna. Taras, les llaman. Pero antes de bloquearme le dije que necesitaba pedir un turno para un trámite equis, ella me dijo que me correspondía una oficina que yo sabía que no era. Le dije que me habían dicho que me correspondía otra oficina, y que si me podía confirmar que… “No”, dijo la mujer, seca. “¿Perdón?”, dije. “Que no”, dijo otra vez, y que la oficina era la que ella me decía, pero que de todas formas a mí no me iba a servir de nada ir allá. “¿Qué qué?”, balbucee. La mujer se quedó callada, me pareció que había colgado “¿Hola?”, dije. “La tonada”, dijo ella, o murmuró, más bien; o quizá se había estado conteniendo y sencillamente escupió la frase. “¿Perdón?”, volví a decir. La mujer, ahora con más ímpetu, me explicó: “Vos sos extranjera, no damos turnos a extranjeros”. Le expliqué que era residente, que vivía acá hace mucho, que… “Decime tu DNI” Empecé a decírselo: “nue…”. “Sos extranjera”, volvió a decir con esa voz de asco –sos mierda fresca en mis zapatos nuevos–. Me bloquee. Tararee en la cabeza esa que dice: chocolate, molinillo, corre, corre, que te pillo… Esa que seguro Graciela no conoce porque es una canción extranjera. “…y escuchame, ser residente no te hace argentina, sos y serás siempre extranjera ¿entendés?” Colgó. Nunca me había pasado algo así. Llamé a la CGP del trámite, pregunté si atendían extranjeros y me dijeron “por supuesto”, pero que debía pedir un turno en el gobierno de la ciudad, opción 4–1. Claro. Ya sé que en éstos días mi nacionalidad ha sido mancillada por episodios narcos que los noticieros presentan cuál película de Coppola, pero lo de negarme un trámite por portación de pasaporte es un poco mucho. Por eso hoy he decidido dedicar esta columna a la honorable funcionaria de la ciudad que inspira este relato, para decirle públicamente en mi tonada colombiana –usualmente comparada con la melodía de un dulce bolero–, que usted ha ensuciado la integridad de esta patria generosa, conocida por su espíritu de puertas abiertas y hospitalidad hacia los inmigrantes. Y que tenga larga vida, señora xenófoba, que su estrechez mental no la asfixie.