<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817</id><updated>2011-07-30T16:00:05.069-03:00</updated><category term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><category term='Conversaciones que escuché en la mesa de al lado'/><category term='El Tiempo'/><category term='Seguir a'/><title type='text'>Teodora</title><subtitle type='html'>(Archivo de columnas)</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><link rel='next' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default?start-index=101&amp;max-results=100'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>164</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5019324179773002908</id><published>2009-10-28T23:30:00.000-03:00</published><updated>2009-10-28T23:31:57.955-03:00</updated><title type='text'>TEODORA SE MUDÓ A SU VERDADERA IDENTIDAD</title><content type='html'>http://www.margaritagarciarobayo.com/&lt;br /&gt;GRACIAS!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5019324179773002908?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='related' href='http://www.margaritagarciarobayo.com/' title='TEODORA SE MUDÓ A SU VERDADERA IDENTIDAD'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5019324179773002908'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5019324179773002908'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/10/teodora-se-mudo-su-verdadera-identidad.html' title='TEODORA SE MUDÓ A SU VERDADERA IDENTIDAD'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5729876355526609982</id><published>2009-10-19T11:52:00.001-03:00</published><updated>2009-10-19T11:52:44.092-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Lorena</title><content type='html'>Hay un señor chiquito que tiene una hija enorme y redonda. Son vecinos de un amigo de Teo y nos los hemos cruzado varias veces, entrando o saliendo del edificio. Siempre los vi juntos, pero el otro día, que Teo estaba viendo el partido Argentina-Uruguay en casa de este amigo, me encontré a la hija en la puerta fumándose un porro, sola. La chica debe estar por los dieciséis años. Me saludó muy amable y, como a mí el fútbol ni fu ni fa, decidí quedarme un rato con ella, charlando. Le pregunté por su padre y me señaló con el hocico una ventana del edificio. Le pregunté si no le gustaba el fútbol y ella negó con la cabeza: “No me gustan los pibitos”. Supongo que se refería a los jugadores y le di la razón: “A mí tampoco”. Me ofreció una pitada, estaba fumando en una pipa pequeña y amarilla, la yerba se quemaba en la cabeza de Bart Simpson. Le dije que no gracias y ella se llevó la pipa a los labios, me guiño un ojo como quien dice: “Uh, soy rebelde y mala y mi sobrepeso me chupa un...”. Era una adolescente que exponía frente una desconocida todos sus clichés. ¿Y quién no ha hecho eso alguna vez? No había por qué juzgarla, pero me dio un poquito de pena. Mientras la miraba sonreírse con su boquita ahumada me dieron ganas de decirle: “Tranquila, todo esto se te va a pasar”; y pensé que envejecer debía consistir un poco en eso: reconocerse con cierta condescendencia en la ridiculez de los más jóvenes. La chica redonda me dijo que su padre le había dicho que yo era escritora y que –oh, sorpresa– ella me tenía una historia. Yo asentí y alcé las cejas en señal de interés. La chica me contó entonces de una tal Lorena, compañera suya del cole: “Una reverenda puta”. “Ajá”, le dije yo y asentí, en señal de que continuara, por favor. Ella me dijo que ésa era la historia: “No hay nadie más puta que Lorena”, y largó una risita entrecortada como si alguien le estuviera dando palmadas en la espalda. Después volvió a fumar y largó una bocanada que se disolvió rápido y sin ninguna gracia; tiró el restito de yerba a la vereda y se guardó la pipa en el bolsillo. Noté que tenía los ojos delineados grueso, como un mapache. “¡Goool!”, se escuchó en todas las ventanas. Y la chica redonda volvió a largar su risita espasmódica: “Lorena, rrreputa”, balbuceó. Le dije que iba a subir para ver la repetición y ella alzó los hombros. Cuando iba a tocar el portero eléctrico para que me abrieran apareció su padre, chiquito pero sonriente; abrió la puerta, me saludó y miró a su hija: “Vení, Lorena, que anotamos”, le dijo, contento. Pero casi enseguida puso cara de molesto y se acercó a la chica: “¿Otra vez te pintaste? –le agarró la cara con sus manitas de nene–. Parecés una puta”, dijo. Y Lorena lo miró sin ganas, aburrida, como quien dice “bah, qué novedad, como si el mundo entero no supiera”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5729876355526609982?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5729876355526609982'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5729876355526609982'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/10/lorena.html' title='Lorena'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3053070677758621872</id><published>2009-10-15T19:26:00.001-03:00</published><updated>2009-10-15T19:26:33.464-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Algo tan hermoso</title><content type='html'>Hace días llovió en Buenos Aires. Llovió fuerte y cayeron piedras de hielo que hicieron pequeños cráteres en la tierra. Fue una lluvia violenta y, sobre todo, fue una lluvia incesante. Al día siguiente Stella Maris estaba tristona y me dijo que no había dormido bien. Que cuando llovía como había llovido la noche anterior ella prefería quedarse quieta, sentada en la cama, esperando a que pasara lo que tuviera que pasar. Y eso la tensionaba. Otras personas en estas situaciones rezan, pero Stella Maris no reza porque no sabría a quién. La lluvia consigue que mucha gente se sienta vulnerable. La lluvia violenta, como la de hace unos días. Y no sólo porque el agua se estrella contra los techos y el pavimento haciéndonos creer que en cualquier momento los va a rajar, sino porque te da una sensación de impotencia frente al mundo, que viene con la necesidad de aferrarte al brazo más cercano. Stella Maris, me dijo, no tuvo brazo al que aferrarse porque el marido estaba de viaje y, aunque hubiera estado en la casa, el marido de Stella Maris duerme como una momia: aferrarse a su brazo habría sido lo mismo que aferrarse a una almohada, sólo que más fofo. Así que se pasó la tormenta sola, mirando lejos, contando las grietas del techo de la habitación. Cada tanto cabeceaba, pero después había un ruido que la despertaba: un golpe constante en la ventana del living que mira a la vereda. Stella Maris no quería levantarse, tenía el cuerpo entumecido por los nervios. Pero el ruido se hizo muy molesto, así que se levantó, abrió la ventana con cuidado y unas gotitas le pegaron en la cara y le dieron escalofríos. Afuera había un perrito desgonzado y moribundo que alzaba la patita. Stella Maris miró a un lado y al otro, la vereda estaba desolada. Como su ventana tiene rejas tuvo que salir a rescatar al perrito; agarró un toallón y un paragüas que no bien puso un pie afuera se le voló. Y así, toda empapada como estaba, Stella Maris alzó el perrito y lo entró a su casa. Me contó que estaba medio inconciente el pobre, y lo secó, le hizo una camita al lado de la estufa. Se sentó al lado y se quedó dormida sin darse cuenta, quizá por la compañía, dijo, que la tranquilizó y ya no le dio tanta bola a la lluvia. Al día siguiente la levantó un rayo de sol que entró por la ventana. Había parado de llover. Ahí el relato de Stella Maris se detuvo y se llevó las manos a la boca. Le pregunté qué le pasaba, parecía a punto de llorar y Stella Maris nunca llora, eso sí que no. Pero entonces tragó saliva, recuperó su porte recio y me dijo que el perrito había amanecido muerto, por ahí tomó mucho frío, explicó. Esa mañana lo había tirado en un tacho, en la calle, y se había venido a trabajar. Y camino a casa, me dijo después como quien dice hola qué tal, descubrió que hacía una mañana radiante, que la tormenta había limpiado el cielo y lo había dejado de un azul intenso. Y que eso le gustaba tanto, que eso era algo tan hermoso.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3053070677758621872?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3053070677758621872'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3053070677758621872'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/10/algo-tan-hermoso.html' title='Algo tan hermoso'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7974693811716683164</id><published>2009-10-08T12:17:00.000-03:00</published><updated>2009-10-08T12:18:08.835-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Rarezas</title><content type='html'>Cuando era chica creía que la persona más rara que conocería en la vida era la coreana que entró al colegio en tercero de primaria. No recuerdo su nombre, pero le decíamos Hochimín Comeperros. La composición racial y social de mi ciudad era groseramente homogénea: los más blanquitos de un lado, los más oscuritos del otro y alguno que otro árabe advenedizo que llegó a vender telas y terminó vendiendo edificios. En cuanto a religiones también éramos bastante parejos: la grandísima mayoría decía pertenecer a la Iglesia católica romana y apostólica; los protestantes eran unas personas locas que tocaban a la puerta de la casa para molestar, y mi mamá nos decía que los mandáramos al diablo con una sonrisa amable, no fuera que la locura se les alborotara y nos mandaran ellos la mano a la cara. En Buenos Aires, a pesar de que la mayoría de personas que me cruzo en la calle podrían ser primas entre sí –y de que hasta los oscuritos locales son luminosos frente a mí–, me encontré con algo que me resultó tan exótico como Hochimín a los ocho años: los judíos. Porque lo más cerca que estuve en mi vida de relacionarme con judíos fue Ana Frank, Woody Allen y Jerry Seinfeld, en ese orden. En mi ciudad lo más parecido a un judío que van a encontrar es un una judía, y eso es un poroto que se usa para hacer guisos. Ahora, acá, tengo varios amigos judíos casados con judíos, sus hijitos judíos –y más: vivo con un judío que no ejerce porque también es ateo. Las primeras veces que les oí decir Iom Kipur, con ese acento porteño tan distinto al niuyorkino, yo realmente pensé que me estaban hablando del gusto de un helado. Acúsenme de provinciana, lo acepto, pero es lo mismo que si de un día para otro usted se muda a Cartagena y se tropieza en la vereda con unos niños negros bailando el Mapalé; y eso no es ningún acontecimiento. Pero si un local viera su cara en ese momento, le aseguro que se acercaría disimuladamente para decirle: haga el favor de cerrar la boca. Acá en Buenos Aires no es que haya visto nada que me deje la boca muy abierta, pero con los judíos, al principio, me amagaba la quijada… ¿el guefil qué? Era raro. Si mi amigo B o mi amiga F decían que no querían mayonesa, por ejemplo, yo chasqueaba los dedos, elevaba al frente el  dedo índice y decía ah, claro, porque… Y asentía con esa mirada de quien por fin entiende algo. Con el tiempo y la confianza empezaron a anteponer a cada cosa que decían la aclaración: no es porque sea judío, pero el membrillo no me va. Y así. Fue todo un aprendizaje y al final, como todo, me acostumbré. En cambio, sin que esto sea un reproche, a veces me parece que ni ellos ni los otros se acostumbran aún a mi rareza, quizá porque está expresada en singular, como la de la pobre Hochimín. Para mí, estar del lado del que se sorprende ante lo que no le es familiar fue un paseo del que ya volví; mi lado acá es y será siendo el otro, y eso sí que es raro. Pero supongo que esto ya lo saben los judíos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7974693811716683164?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7974693811716683164'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7974693811716683164'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/10/rarezas.html' title='Rarezas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6858612032303734437</id><published>2009-10-05T14:21:00.001-03:00</published><updated>2009-10-05T14:21:37.405-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La Señorita Mala</title><content type='html'>A veces me encuentro con mi amigo R en un bar que queda sobre Niceto Vega, cuya única virtud es que tiene una terraza semiabierta donde él puede fumar a sus anchas y largas. Hace unos días nos volvimos a ver en esa terraza y nos atendió una mesera que ya conocíamos y que está bastante cerca de encarnar el monumento universal de la mala onda. Claro que mala onda no es una expresión ni remotamente acertada para describir a esta chica, a quien llamaré, simple y llanamente: La Señorita Mala (LSM); yo creo que esta chica raya en la perversidad. Y no solamente la perversidad de escupirte el trago, sino esa otra que consiste en mirarte con ese aire superior que revela sus deseos de que te atores con el maní, que te resbales por la escalera y tu cara se estrelle contra el mero piso. En los ojos de LSM es posible ver planos de esas escenas que imagina: el charco de sangre, los gemidos de dolor. Esta vez, R quiso manejar la situación: juró que le sacaría una sonrisa a LSM o, cuando menos, le haría pronunciar una frase, no se diga dulce, pero sí cordial: “Espero que cuando salgan a la vereda no los maten”, o algo así. Pero R, que es chileno y tiene la extrañísima idea de que su acento seduce, encaminó el intercambio con LSM por otro lado. Ella le siguió la corriente con risitas falsas, trayendo quesitos, papas fritas que nadie le había pedido. “No queremos eso”, le decía yo, y LSM hacía esa expresión como quien se pregunta: “¿Alguien oyó el zumbido de una mosca?”. Cuando acabó su turno se sentó al lado de R y le contó su vida: que era grafóloga, que las letras le parecían la cosa más hermosa del universo porque formaban palabras bellas como “Chile” y que lo que más odiaba en la vida era ser mesera. Se quedó callada, se tomó el vaso de cerveza, pidió otra y los ojos se le hicieron agua espesa, un pantano. Sentí pena por LSM, cuando uno odia lo que tiene que hacer todos los días le entran ganas de pegar cachetazos a diestra y siniestra. LSM se pasó una buena parte de la noche en nuestra mesa hasta que dijo bueno, voy al baño y, zaz, desapareció. Nos llegó la cuenta y era como si nos hubiésemos bebido todos los bares de Buenos Aires, la provincia; había una lista de cervezas importadas que R y yo nunca vimos ni en propaganda. A R le fue entrando como un sopor, como un ahogo, como unas ganas de toser. Tosió. Yo le expliqué al nuevo mesero que esa cuenta estaba mal. Él dijo que esa cuenta la había cerrado su compañera y que ya se había ido. Alzó los hombros. Asomé la cabeza por el balcón, la noche helada me pegó como un látigo en la frente; en la vereda no había rastros de LSM. Debía ir lejos, riendo a lo brujilda, rumbo a su guarida. La imaginé sentada frente a una mesa ratona sacando letras de un tazón, formando con ellas sus palabras favoritas: veneno, podrido, Schwarzbier. Imaginé que las ponía de vuelta en el tazón, que las revolvía y hacía con ellas su pócima de la maldad y que, después, se la tomaba con los ojos cerrados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6858612032303734437?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6858612032303734437'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6858612032303734437'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/10/la-senorita-mala.html' title='La Señorita Mala'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6560313916076725621</id><published>2009-09-30T10:01:00.001-03:00</published><updated>2009-09-30T10:01:54.105-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La muerte del habano</title><content type='html'>En un restorán clandestino, en la frontera confusa entre La Boca y Barracas, hay un saloncito brumoso donde cada día mueren decenas de habanos. Esto sucede en un ambiente escasamente iluminado, al pie de vasos vacíos, que alguna vez contuvieron buen wiskhy, y al son de los últimos acordes de una conversación impúdica. Estos habanos tienen el privilegio, o la desgracia –depende– de ser chupados por labios poderosos; esos que, estadísticamente, suelen tener un color grisáceo y una textura mohosa a la vista. Cuando el empleado a cargo va a la mañana siguiente a reconocer los cadáveres, se encuentra con mutilaciones feroces. El último caso duro fue hace dos noches: era un habano “Montecristi” –a quien sólo una i lo alejó en vida de la perfección–; pertenecía a un señor político, a quien llamaremos Don Balbino, y estaba cortado al medio, mordisqueado y húmedo de baba rancia. Cuando el empleado lo encontró, el habano despedía un hilo de humo débil, seguía vivo. Pocas veces encontró el empleado un habano vivo a esa hora de la mañana, pero Montecristi –a pesar de su “i”– era de los buenos y allí estaba, agonizando frente a él. El empleado aprovechó para servirse un poco de wiskhy de una botella que había en la barra, porque en la mesa, salvo los cadáveres de los habanos, no suele quedar una gota de nada: no suele quedar un maní. Y mientras él degustaba su bebida con los ojos entrecerrados, tuvo la sensación de que el habano sufría de verdad: Don Balbino era tan corrupto que cada vez que chupaba al Montecristi debía inyectarlo de veneno; el pobre habano se convertía en cómplice de su boca sucia, de su aliento culposo, su gastritis crónica degenerada recientemente el úlcera. El empleado había escuchado que la mejor forma de morir de un habano era aplastándole la cabeza humeante con un zapato italiano. Miró sus zapatos: eran unos Tooper. Pero viéndolo en ese estado lamentable le pareció que la marca del zapato sería lo de menos. Se levantó de la silla donde la noche anterior había posado su culo prominente Don Balbino y se dirigió a la barra. Lo primero que hizo fue rellenar su vaso, lo segundo que hizo fue buscar un CD de Celia Cruz. Lo puso en el equipo de música, eligió la canción que le pareció más acorde para acompañar la expiración de Montecristi y subió el volumen: Cuando salí de Cuba / Dejé mi vida dejé mi amor… Caminó de vuelta a la mesa y cuando el habano estaba por apagarse, cuando el humo que salía era comparable al suspiro difícil de un pulmón devorado por la nicotina, el empleado lo tomó entre sus dedos, lo posó delicadamente en el piso y lo aplastó. Y no supo por qué –quizá porque recién descubría lo fugaz y sombría que podía ser la vida de un habano–, entristeció. Pasó el mal trago con uno de wiskhy y, después, bañó los restos del Montecristi con lo que quedaba en su vaso.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6560313916076725621?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6560313916076725621'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6560313916076725621'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/la-muerte-del-habano.html' title='La muerte del habano'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3636396887440541877</id><published>2009-09-28T12:26:00.001-03:00</published><updated>2009-09-28T12:26:47.729-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La foto de Humphrey</title><content type='html'>Catalina dice que la foto de Humphrey Bogart que está en la tienda de su padre, en el mercado de San Telmo, perteneció a una tía de su madre, quien fuera alguna vez, muy fugazmente, amante de Bogart. Es una polaroid donde Humphrey saluda a la lente desde la ventanilla trasera de un coche negro. La foto está exhibida en el mostrador de la tienda, aunque no se vende. Su padre dice que la vendería si no fuera porque Catalina está encaprichada; y que esa foto se la encontró su mujer, que en paz descanse, en una peluquería. Catalina no puede escuchar eso, no puede. Se tapa los oídos y niega con la cabeza: “Shhh, pará de decir boludeces”, y su viejo manotea el aire: “¡Bah!, tas loquita”. La historia de Catalina es otra, decía: involucra un romance. Esta tía se llamaba Ivana, era medio rusa y medio casquivana, según decía su abuela, pero tan bella y elegante como para conquistar a Humphrey. “En Buenos Aires, todos la comparaban con Ingrid”, dice Catalina. Ser dueña de esa foto le da ciertas licencias: una de ellas es la de referirse a las leyendas del cine por su nombre de pila. La bella Ivana era modelo: hacía propagandas de sodas y artículos de limpieza; una vez fue a Los Ángeles para participar como extra en una película que nunca salió. Igual, se quedó tres meses y aprovechó para untarse con la crema y nata de los actores norteamericanos del momento, hasta que conoció a Humphrey y ya no quiso saber de más nadie: “No un productor, no un director, no un Aristóteles Onassis…”, dice Catalina. La señorita Ivana enfermó, cayó en cama del puro amor. “¿En cama con él?”, no puedo evitar preguntarle y Catalina niega con la cabeza: “Aún no”. Al enterarse del estado de salud de su más reciente conquista, el actor pasó a visitarla al hotel; le llevó flores y champán. Imagino a Humphrey tocando la puerta de la habitación, sus tres líneas en la frente, la boca cerrada pero sugerente, los ojos que dicen todo lo que cualquier palabra entorpecería: We’ll always have Hollywood, Ivana. “También le llevó un aparato rarísimo, recién salido al mercado que capturaba la imagen instantáneamente y…”. “¡La fotografía ya estaba inventada, Catalina mentirosa!”, interrumpe su papá desde algún rincón. Ella apoya las manos en el mostrador, las tensa y se las mira como si quisiera aprenderse de memoria los huesos que la componen: trapecio, trapezoide, pisiforme, piramidal… “La polaroid salió recién en el 47, papá”, dice irritada. “¡Bah!” Catalina continúa: “Ivana estaba maravillada, Humphrey no paraba de sacarle fotos. Después, bueno, una cosa llevó a otra y…”, hace una pausa para suspirar. La foto del portarretrato se la sacó Ivana al día siguiente, cuando Humphrey se iba del hotel y, oh sorpresa: “Nunca más lo vio”. Catalina agarra la foto, la acaricia con su dedo meñique. Humphrey la saluda y ella lo mira como si en verdad estuviese por irse, o como se mira a quien ya se ha ido demasiado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3636396887440541877?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3636396887440541877'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3636396887440541877'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/la-foto-de-humphrey.html' title='La foto de Humphrey'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6925187854241444605</id><published>2009-09-23T09:52:00.003-03:00</published><updated>2009-09-23T09:52:58.192-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Lujos</title><content type='html'>Tengo un par de amigos, G y M, que saben todas las cosas que yo querría saber. Y tener acceso más o menos directo a ellos debe ser uno de los pocos lujos que tengo en la vida. Teo y yo no tenemos muchos lujos, somos más bien parcos en casi todo, salvo en algunas cosas muy puntuales que casi siempre tienen que ver con libros o películas o series de televisión. También nos gusta el jamón ibérico y el foie gras, y todas esas cosas bien inaccesibles; pero, justamente, como no es ni remotamente usual tenerlas en casa, es mejor no obsesionarse. Pero decía que G y M saben muchas cosas que yo querría saber y por eso, cuando los veo, trato de tomar nota mental de todo lo que dicen. La última vez que los vi, hace unos días, lo de “mental” no me bastó; saqué mi libretita roja y mi birome bic y anoté cada cosa que dijeron: leer a tal, oír a cual, mirar la serie nueva de equis, estar atento al artista yé. Todo lo que dijeron era nuevo –cada vez que los vi dijeron cosas nuevas para mí. Pero, para efectos de esta columna, lo que digan o dejen de decir es lo de menos (para eso está su revista, aprovecho para mencionarla, se llama Otra Parte y se consigue en librerías); lo que importa acá, lo que maravilla, es tan simple como que G y M existan. Juro que sí. Son gente que encarna perfectamente esa  idea antigua de “ser culto”, aunque así dicho se le sienta un tufillo a pachulí… digámoslo más claramente: ellos saben cosas que ya no le importan mucho a nadie, y que no importan porque no circulan, y que no circulan porque no importan, y así. Las personas que no son G y M están preocupadas por otro tipo de información que se valora más literalmente. Es esa gente que en medio de una cena concurrida te pasa una tarjetita por debajo de la mesa: “Es el número de mi mecánico”, susurra, sigilosa; o que estira el cuello como un avestruz para depositar en tu oído una información generosa que te cambiará la vida: “Invertí en alpaca, en un año se triplica”. En esta época, las cosas que saben G y M son cosas que la gente no considera esenciales porque no lo son. Es decir, no pasa nada si uno no las sabe. Y si uno las sabe, la vida, en términos prácticos, no te cambia en absoluto. Son cosas que uno atesora por el puro gusto, y que nadie se desvive por contártelas en secreto. O sea, de todos los saberes imaginables, el de G y M, ése al que hoy le dedico 2600 caracteres y todos mis respetos, debe ser uno de los más inútiles. Y por eso, por no necesitar razones ni adeptos, me parece un lujo delicioso. Un lujo que, por suerte –y por desgracia, con perdón–, está más cerca que el de colgar una pata de chancho en mi cocina, o el de abrazarme, apasionada, al que fuera el hígado de un pato obeso y borrachín.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6925187854241444605?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6925187854241444605'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6925187854241444605'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/lujos.html' title='Lujos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-712237967601821629</id><published>2009-09-23T09:52:00.001-03:00</published><updated>2009-09-23T09:52:25.242-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Transparencia</title><content type='html'>Hoy quiero hablar de personas transparentes. Me gusta la palabra transparencia porque suena parecido a lo que significa, y al mismo tiempo porque lo que significa se le puede aplicar a tantas cosas que no tienen que ver con lo literal. Aunque a veces sí: una persona transparente puede ser alguien con la piel tan delgada que es posible verle una buena parte de las venas que la recorren; como un mapa hidrográfico. O bien, una persona transparente puede ser alguien de piel muy gruesa, pero que deja traslucir todas y cada una de sus emociones. La persona más transparente que alguna vez conocí –del grupo de los que se les ven las venas–, debió ser mi amiga Violeta, de la primaria. Recuerdo a Violeta como un cuerpito traslúcido con franjas de venas azules y verdes, y vasos sanguíneos delgadísimos que funcionaban como afluentes de los ríos más grandes. Sólo una sábana blanca extendida a contraluz, podría haber sido más transparente que Violeta. La persona más transparente que conozco –del grupo de los que no se les ven las venas– debe ser mi amigo C. A C. le pasan esas cosas que a las caricaturas: los ojos le brillan si está feliz, el ceño se le frunce si está preocupado, la boca se le tuerce si está por llorar, y así. Hasta por teléfono uno puede adivinar su estado de ánimo. De todas formas, su estado de ánimo más frecuente es la risa incontenible: C. bien puede saludarte una mañana con una carcajada que encontrará justificación, por ejemplo, en la paloma gorda que se posa en la baranda de su balcón. Pero, a veces, confiesa C., él querría poder guardarse algunas cosas y, como su naturaleza transparente se lo impide, se sume en una tristeza profunda. Una tristeza que, por supuesto, todos notamos. Cuando eso sucede la languidez se apodera de su cuerpo grande y sus cachetes rosados empalidecen. C. cobra el aspecto de un niño perdido. C. se mira al espejo y fantasea con no reconocerse. C. pide a gritos una máscara, por favor. Pero la única máscara que tiene C., es una que reproduce su propia cara. Se la mandó a hacer hace años en un carnaval, se había probado otras y ninguna le sirvió: todas tenían alguna característica incompatible con su cabeza. Fue cuando descubrí que la transparencia, esa virtud maravillosa que hace a ciertas personas irremediablemente honestas y genuinas, era también una condena. Porque uno podría decir que la transparencia superficial, la de Violeta, se cura con un bronceado; pero la otra, la de C., no se cura ni con un disfraz. Desde entonces, admiro y compadezco a las personas transparentes, porque están atrapados en sí mismas para siempre, porque sólo pueden ser lo que son, aunque a veces les pese.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-712237967601821629?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/712237967601821629'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/712237967601821629'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/transparencia.html' title='Transparencia'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-170827938658547802</id><published>2009-09-23T09:49:00.000-03:00</published><updated>2009-09-23T09:51:01.851-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Gatos</title><content type='html'>Cuando veo a la gente echada en un parque, de brazos y patas extendidos como una equis, aprovechando el rayo de sol que aterriza en sus carnes pálidas, me digo, le digo a quien esté conmigo: “Somos como cualquier gato”. Tanta sofisticación, tantos siglos de civilización y un rayito de sol nos convierte en una mascota que maulla. “Nadie maulla”, me corrige D, que está conmigo en el parque tomando sol, como el resto de criaturas que nos rodean. Yo le digo que mire a esa señora medio en bolas que se despereza, y produce ese gemido contenido que le sale largo y ronco como el de un felino. D no puede hacer otra cosa que asentir: “Es verdad”. Y empezamos a mirar detenidamente a la gente que yace en el parque y se retuerce panza arriba. Hay una chica debajo de un árbol, que persigue con su cara  un rayito ínfimo que se cuela por las ramas. Hace movimientos de cuello propios de un siamés. Después hay otros que no se mueven ni gimen, sino que, paradójicamente, se congelan bajo el sol: están estáticos, tragándose las gotas de sudor que les descienden por la sien; se saborean, se sonríen. Son gatos dormidos, gatos que sueñan calentito. Cuando el invierno empieza a disolverse, aparecen muchas de estas criaturas a poblar los parques, cambia el panorama y los sonidos de la ciudad. Risa, mucha risa en el ambiente. Esa risa que entrecorta las frases: “¡Jaaa! ¡Pero que–jaaaa diver–jaaa–tido!” Las criaturas se palmean las piernas. Antes de llegar al parque, uno pasa por el kiosco de la esquina y se sorprende de oír música, algo festivo; y hasta la chica uruguaya que atiende, esa que siempre parece triste, se ríe sola, saca sus uñitas a la vereda y se las lima contra el piso: “Holaaa, ¿cómo va?”, saluda cantarina. Uno dice bien, todo bien, y cruza la calle, bordea una plaza, oye pajaritos que trinan, cotorras que gritan, palomas que aterrizan entusiastas; “Pichu, pichu, pichuuu…”, las llama una señora de rodete, les tira maíz, les hace muecas que parecen mimos. Vaya a saber si uno da la vuelta y ella se las traga de un bocado. Cuando finalmente se llega al parque, todo está dado para la mutación. Se encuentra uno con la convención de criaturas investidas de ánimo felino, echadas en el pasto, retorciéndose, macerándose, sorbiéndose a sí mismas, maullando de calor feliz. Me pregunto qué hacen los verdaderos gatos por estos días. Le pregunto a D, que lo piensa por un segundo, espernanca sus ojos verdes y me contesta que es obvio, que cómo no se había dado cuenta antes: por estos días, los verdaderos gatos, asustados por esta repentina hermandad humana, huyen a los tejados. Y allí se los ve, por encima de todos, en perfecta línea recta, vigilándonos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-170827938658547802?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/170827938658547802'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/170827938658547802'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/gatos.html' title='Gatos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3635889516357756414</id><published>2009-09-07T13:02:00.000-03:00</published><updated>2009-09-07T13:03:04.583-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Un gentil muchacho</title><content type='html'>Era un gentil muchacho sesentón, ya con esa actitud motriz que parece la antesala de un mambo suave; caminaba con pasos pausados, graciosos, cadera para allá, cadera para acá, un resorte en los pies. Solía usar esa remera rosa tipo polo, ajustada y encajada en el pantalón de pliegues, cinturón delgado. Cuando saludaba a sus colegas y amigos, lo hacía con abrazo generoso y palmadas en la espalda; gran sonrisa en la cara: “¿Cómo va?”, y avanzaba en su bamboleo. Era uno de estos muchachos que conoce o dice conocer muchos nombres conocidos, y que para enterar a los demás de ese detalle usa el mecanismo que consiste en pronunciar casualmente un nombre de pila y, tras una pausa lo suficientemente larga como para sospechar que ha sufrido una apoplejía repentina, revelar el apellido. Algo así: “…sí, claro, porque el otro día hablaba con Alfredo… –pausa dramática, mirada fija en la cara del interlocutor, ceño semifruncido, misterioso, y por fin…– De Angeli, y me decía que bla, bla, bla”. La pausa en el medio demuestra que el otro necesita aclaración, y que él, en su bondad extrema, está dispuesto a proporcionársela. Este muchacho siempre parecía contento; cuando detenía su paso, apoyaba las manos en sus ancas y ladeaba la cadera. Normalmente, tras conseguir esa pose difícil, lanzaba un chiste malo. Entre más malo mejor. Eso demostraba que ni siquiera necesitaba ser gracioso. Que ya tenía demasiado en la vida como para que, encima, fuera gracioso. Otra característica del muchacho sesentón era que le gustaba hablar de sus frustraciones. No detenerse, ni regodearse, ni ponerse prosopopéyico, era una mención al pasar. Pero al hablar de sus frustraciones encontraba una oportunidad para recalcar las virtudes de su vida. Esto sucedía mas o menos de la siguiente manera: “Ja, quien fuera joven para pasear en moto, yo, a mi edad, me conformo con andar en mi convertible por la Costanera, dejar que el viento revuelva mis canas... Soy viejo, tengo mis mañas”. A veces, en las fiestas familiares, el muchacho bailaba. Agarraba a la nieta menor, la subía sobre sus pies y la hacía danzar a su antojo. La nieta temblaba de la pura risa. El muchacho hacía lo mismo con las nietas mayores, luego con sus hijas y sus nueras, y así, hasta llegar a su mujer, a quien sostenía por la cintura y besaba en los labios con el primer acorde; ella se sonrojaba, miraba a los lados y lo retaba con cariño: “basta, che, no estamos para estas cosas”, y él, tarareando el bolero que sonara, le posaba delicadamente la mano en el culo. Entonces todos lo aplaudían. Al final de la canción, como al final de cada día, el muchacho, sólo por costumbre, hacía una reverencia: no era para su señora, ni para ninguno de los presentes; era para sí mismo, quien más se la merecía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3635889516357756414?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3635889516357756414'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3635889516357756414'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/un-gentil-muchacho.html' title='Un gentil muchacho'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1014780267574272067</id><published>2009-09-05T19:28:00.001-03:00</published><updated>2009-09-05T19:28:57.212-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Tan cerca y tan lejos</title><content type='html'>El sábado a la mañana, por casualidades largas de explicar, tuve que ir a Pilar. Me sorprendieron dos cosas más bien idiotas: 1) lo lejos que queda de Buenos Aires 2) lo “exótico” que me resultó el lugar. No suelo ir a Pilar, ni siquiera conozco a nadie que viva ahí. Alguna vez, sí, me he cruzado con estos personajes de countries que abren el diálogo con un comentario sobre lo fácil y rápido que es llegar a su casa; porque algo que pasa con la gente que vive lejos de Buenos Aires es que tiende a manifestar repetidamente, y aunque nadie se lo haya preguntado, que no vive lejos. Dicen esas cosas como que al centro se llega en diez minutos, que no es sino agarrar la autopista y ahí mismo, en lo que dura un pestañeo, se alcanza a ver el obelisco. Volviendo a lo exótico, camino a Pilar la ruta va cambiando de aspecto, se va emprolijando hasta que llega al punto de parecer una ciudad americana. Tanto que, de pronto, los carteles de los clubes, countries y negocios, te hablan en inglés: Martín Dale, Spring Dale, Big Fravega, Business School. De vez en cuando aparece el nombre de una yegua, o bien, el de una o varias señoritas tradicionales bautizadas como su abuela: La Delfina, por ejemplo, o Las Azucenas. El caso es que, cuando uno entra en un territorio como éste, entra en una escenografía casi del todo extranjera, mezclada con ese aire camperil fino propio de quien emigra a los suburbios. Después, en los barrios privados, se ostenta esta actitud silvestre de niños jugando en las veredas y casas con las puertas abiertas. Porque otro tic de los vecinos lejanos de la bella, caótica y violentísima Buenos Aires es, obviamente, el de la seguridad. Ja!, se te ríen en la cara, se ponen extremos: “esto es tan seguro que uno deja las llaves del auto puestas”… Y esas cosas que dicen. Siempre me pregunto por qué uno habría de hacer semejante cosa, ¿cuál es el placer oculto en dejar las llaves del auto puestas? Supongo que son respuestas que uno puede darse sólo si vive en un barrio privado; que esas son las cosas que se inculcan en el seno de los hogares. Lo de la negación sistemática de la distancia, en cambio, me parece más notable. Después de todo, el principio de abandonar Babilonia tiene que ver con comprarse la tranquilidad que allá nadie les regala; pero irse implica también alejarse y alejarse implica perder un poco. A nadie le gusta aceptar que perdió algo, menos a quienes creen haber ganado tanto, que hasta ganaron esta convicción extraña de que estar cerca o lejos no es una cuestión fáctica, sino de actitud; de que el espacio que los separa de Buenos Aires está completamente divorciado del tiempo. En términos de ganar o perder, los vecinos lejanos han ganado para sí una linda, aunque insostenible, ilusión. Y eso sí que nadie se los roba.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1014780267574272067?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1014780267574272067'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1014780267574272067'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/tan-cerca-y-tan-lejos.html' title='Tan cerca y tan lejos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-892652520099653943</id><published>2009-09-02T13:57:00.001-03:00</published><updated>2009-09-12T16:49:43.531-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Beck</title><content type='html'>Beck trabaja todos los días como cajero de un supermercado. Entra a las 9, se levanta a las 5. A veces le cuesta levantarse tan temprano, pero lo hace para correr un poco antes de irse a trabajar; le gusta desayunar mate cocido; le gusta que su madre le planche la remera antes de salir: así se va calentito. Lo que pasa es que su madre no vive en Buenos Aires sino en Corrientes, por eso lo de la planchada se le dificulta. Lo demás trata de cumplirlo al pie de la letra porque para Beck lo más importante en la vida es mantener las rutinas. ¿Por qué tanto rigor, Beck? Le preguntan sus amigos más advenedizos, esos que fuman porro a la temprana tarde y no lo conocen lo suficiente como para saber que el rigor es algo a lo que Beck se hizo adicto desde muy temprano, gracias a su vieja. Cuando sale de su casa cada mañana, bañado y peinado como para ir a la escuela, Beck se toma el colectivo 59 y el subte A. Cuando llega al trabajo saluda a la señorita Marcela, su supervisora, y recibe la caja con bloques de monedas para cambio. El cambio nunca es suficiente, dice Beck, hay un problema de flujo de monedas en la ciudad. Beck acentúa la “u” de flujo. Nadie sabe por qué hace eso. Lo que menos le gusta a Beck de su trabajo son los clientes impacientes, esos que dicen en medio de la fila: “no tengo todo el día para esperar”. Beck no es impaciente, no puede serlo, para estar sentado todo el día en una caja, con esa visera roja, hay que tener, primero: concentración; segundo: paciencia. Lo que más le gusta a Beck de su trabajo es la hora del almuerzo. Su reloj tiene una alarma que suena justo a la una, entonces Beck se para de la caja, se saca la visera, saluda a sus compañeros, a la señorita Marcela, y sale del súper. La milanesa napolitana, el asado de tira y los fideos con tuco: esas son las comidas preferidas de Beck. Casi nunca las come en la calle porque cuestan más de ocho pesos con bebida, y ocho pesos con bebida es lo que Beck tiene para almorzar todos los días. Beck almuerza sanguchitos, mayormente. La quatro pomelo le parece una bebida refrescante. La coca cola le da dolor de panza. Lo que más le gusta de la jornada de la tarde es cuando se termina: entonces Beck toma el colectivo 59, el subte A, y llega a su casa pasadas las diez. Los días que le pagan, Beck sale del trabajo y cena en un parrillón. Los días que le pagan, la señorita Marcela le hace chistes: “a ver cuándo me invitas una cerveza, Beck”. Y é baja la cara y se sonroja. El resto de los días Beck cena polenta y la señorita Marcela no le dice nada. Cuando Beck se acuesta en su cama, cierra los ojos y casi enseguida se queda dormido. Eso, quedarse dormido, a Beck no le cuesta ningún trabajo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-892652520099653943?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/892652520099653943'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/892652520099653943'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/09/beck.html' title='Beck'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2195846975729550114</id><published>2009-08-27T17:06:00.001-03:00</published><updated>2009-08-27T17:06:44.769-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Aferrarse</title><content type='html'>Hace pocos meses mi amiga Flory se había comprado un gato. Después de separarse de su chico, decía, necesitaba sentirse acompañada. Con tan mala suerte que el gato se enfermó y murió en una camilla de fórmica después de una larga agonía. Ahora Flory dice que nunca más volverá a aferrarse a algo y yo le digo que mi madre estaría de acuerdo. Mi madre suele decirlo: “Quien se aferra, sufre”. O sea, que el sufrimiento es directamente proporcional a la cantidad de sujetos de aferramiento que uno tenga en la vida. Parece simple. La muerte del gato le produjo a Flory un shock gravísimo que involucró, según ella, un brote de angustia, un pico de estrés, un ataque de pánico... Flory se toma su tiempo enumerando las afecciones que el psicólogo le diagnosticó; también se toma su té de yerbas para los nervios. Últimamente no tiene apetito: está flaca y lánguida como un lingüini, lo cual no afecta para nada su belleza; aún puede mirarse al espejo y, tras detallar los rasgos perfectos de su cara, suspirar de agotamiento. Pero está a punto de deprimirse y su psicólogo le insiste en que compre otro gato. Le dice que necesita hacer algo con el cariño que le sobra y que no sabe dónde depositar, y que para no empezar a equivocarse en sus elecciones de pareja lo mejor es aferrarse a una mascota. Dos aclaraciones: 1) Flory no tiene ningún problema en depositar el cariño que le sobra en ella misma. 2) Flory no tiene que empezar a equivocarse en sus elecciones de pareja porque ya empezó hace mucho tiempo. “Quizá no necesito un gato”, dice, o pregunta, no sé. Luego me cuenta que el otro día estuvo en un coctel de trabajo y conoció a un diputado muy guapo. Entrecierra los ojos y asiente sin razón aparente: yo no le pregunté nada. “Aja”, le digo. El tipo debe ser casado o narcotraficante o cualquiera de esas cosas que le resultan atractivas a Flory. “¿Por qué vas a cocteles de trabajo, si estás de vacaciones?”, le pregunto. Ella alza los hombros. En la mesita ratona de su living hay una foto del gato difunto en una canasta de mimbre alzando una patita, como si alguien le hubiese dicho: “saluda a la cámara”. “¿Cómo se llamaba?”, le pregunto. Ella lo mira, frota las manos delicadamente contra sus muslos: “No tenía nombre”, confiesa. Luego me pregunta qué hacen los diputados. “¿Dónde?”, le pregunto. “No sé, en su trabajo”. “Cagadas –le digo–, están obligados por ley”. Flory se queda callada por un rato; vuelve a mirar la foto, sorbe su té: “No necesito aferrarme un gato”, dice, más determinada. Y después, irguiéndose en su silla, con un desparpajo abrumador, se roba la cita de mi madre: “Quien se aferra sufre, ¿sabés?”. “Sí –le digo–, yo sé”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2195846975729550114?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2195846975729550114'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2195846975729550114'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/aferrarse.html' title='Aferrarse'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2931772449383675576</id><published>2009-08-27T17:05:00.001-03:00</published><updated>2009-08-27T17:05:57.931-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La madre, la hija y facebook</title><content type='html'>“Nooo, otra vez, vení a ver, ¡vení!”, la madre se aleja de la computadora como si de repente le quemara. La hija, echada en un sillón al lado del escritorio donde está la madre, estira su cuerpo esbelto y la mira con displicencia: “¿Qué pasó?”, le pregunta en un tono de voz que trata de ser paciente y delicado, pero igual muestra la irritación. “Otra vez me llegan estas cosas, ¡otra vez! Tengo cien de esos mensajes, ¡mierda! Se dieron cuenta de que los miraba, ¡qué vergüenza!”, dice la madre y se acerca de vuelta, sigilosa, a la computadora; con un dedo marca varios mensajes en la bandeja de entrada de su correo, luego lleva el cursor hasta donde dice Borrar y, clic, borra. La hija se mira las uñas azules, tensa los dedos y parecen las patas de un insecto embalsamado. La madre sigue hablando: “…no me vuelvo a meter en Facebook, lo juro, las personas se dan cuenta de que las espío y por eso me escriben estas cosas: Silvia abrió una galleta de la fortuna y…, ¡como si a mi me interesara! No está bien espiar a las personas, ¿me entendés? No está nada bien”. La hija se hace un ovillo en el sillón y ahora juega con su pelo, tras un bostezo le dice a la madre: “Nadie se da cuenta, mamá, no seas ridícula”. La madre, sin apartar la mirada de la pantallita, y con el dedo corazón pendiendo sobre el teclado, listo para atacar una nueva invasión de mensajes de Facebook, dice: “¿Qué?”. “Que no se enteran, mamá, que no pueden enterarse, no hay manera, ¿vos te enterás de la gente que mira tu perfil?”. “¿Qué perfil?”, pregunta la madre, recelosa. La hija oprime su cara contra un almohadón y asfixia las palabras que querría gritar: “¡Basta, mamá!”. “¿Qué decís?”, dice la madre. La hija deja caer una pierna y luego un brazo del sillón, luce abatida. Al cabo de un rato la madre vuelve a gritar: “¡Ahí están otra vez, vení!”. La hija alza la cabeza, el pelo se le ha convertido en un nido de lombrices. Se levanta del sillón y se para al lado de la madre, que mira la pantalla con terror: “¿Para qué me hiciste entrar ahí?, ahora todos saben que los miro y todos me miran a mí, ¿no se puede mirar sin que te miren?”, dice. La hija jala un banquito, se sienta al lado de la madre y le dice: “Si hago que todos desaparezcan, ¿qué me das?” La madre escupe tres palabras en una: “loquequieras”. La hija agarra la computadora, se registra en Facebook con el nombre de su madre, busca la opción Desactivar Cuenta y, clic, la desactiva. “Listo”, dice. “¿Se acabó?”, pregunta la madre. “Se acabó”, asiente la hija. La madre respira aliviada. Después, mirando de reojo la computadora, vuelve a preguntar, en un susurro: “¿y no se puede mirar sin que te miren?”&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2931772449383675576?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2931772449383675576'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2931772449383675576'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/la-madre-la-hija-y-facebook.html' title='La madre, la hija y facebook'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-102081712196060251</id><published>2009-08-17T11:05:00.001-03:00</published><updated>2009-08-17T11:05:55.404-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Fugaz</title><content type='html'>En la calle Bolívar, casi a la altura del Colegio Nacional de Buenos Aires, hay unos andamios. El otro día iba caminando por ahí y vi a una chica trepada a una tabla del andamio, haciendo equilibrio. Hacía esa pose que consiste en inclinar medio cuerpo hacia adelante, desplegar los brazos a modo de alas y alzar una pierna hacia atrás. Esta chica tenía las piernas mas largas que vi jamás. Llevaba una pollerita gris y unas calzas negras, y el pelo le caía a cada lado de la cara, enmarcando su sonrisa. Era una chica preciosa, una especie de criatura mitológica mitad niña, mitad ave. “¡Mirá esto!”, le gritaba la chica a otra chica que la esperaba sentada en la vereda. La otra chica, a quien llamaré Repollo por su complexión física, la miró por un instante impreciso y le dijo “¿que querés que mire?”.  Piernas largas no contesto. La pose duro unos diez segundos en los que tembló seriamente un par de veces y sus ojos marrones se llenaron de ese líquido pantanoso y negro que produce el miedo. Esas dos veces imaginé que, si caía, algunas partes de su cuerpo lánguido y liviano se iban a golpear con los hierros de la estructura y, finalmente, su belleza se estrellaría en un golpe fulminante contra la vereda. En esos diez segundos su amiga Repollo, concentrada en algún elemento amorfo constitutivo del aire, bostezó dos veces y se echó hacia atrás, apoyando los codos en la vereda. Piernas se mantuvo esplendida, con sus extremidades dibujando perfectas líneas rectas y su sonrisa ocupándole una buena parte de la cara. En un momento, un mechón delgado de pelo le cayo muy cerca del ojo izquierdo y ella se lo sopló: ahí fue cuando tembló por primera vez. La segunda vez tuvo que ver conmigo, que me había quedado mirándola todo ese tiempo y cuando ella lo notó giro su cabeza hacia mí; ese temblor fue mas violento, pero lo superó y volvió a su pose rígida, pero graciosa, para completar dos segundos más. Después bajo su pierna larga y descansó. Entonces su cuerpo se encorvo como un garfio. Su boca, en ausencia de sonrisa, se volvió una línea curvada hacia abajo que le daba una expresión tristísima. Dio un salto para bajar del andamio y cayó, torpe, en la vereda. Se estiro la pollerita y le dijo a Repollo: “¿Vamos?” Las vi alejarse, toscas, desgarbadas. Me puse reflexiva y formulé mentalmente tres ideas: 1) tendríamos que poder conformarnos con lo bello aunque sea efímero; 2) la evolución lógica de la belleza suma es la fealdad extrema; 3) dos segundos, a veces, es todo lo que se necesita para atravesar el límite. Lance un suspiro, decepcionada, y seguí mi camino.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-102081712196060251?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/102081712196060251'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/102081712196060251'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/fugaz.html' title='Fugaz'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7481633352154407674</id><published>2009-08-17T11:04:00.000-03:00</published><updated>2009-08-17T11:05:12.720-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Fobias</title><content type='html'>Últimamente todos hablan de fobias. Me cruzo con gente que repite esa palabra con tanta facilidad como no hace mucho se repetía la palabra estrés o cáncer o inseguridad, o la expresión “tener código”. Voy anotando, y de unas semanas para acá, por alguna razón cósmica que desconozco, las lenguas humanas que me cruzo en el camino se han hecho proclives a pronunciar la palabra fobia y sus derivadas. No dudo de que existan fóbicos genuínos, pero creo también que, cada vez más, se trata de un asunto eufemístico. Ciertas cosas que se llamaban antes de una manera, ahora se las llama fobia: es más fácil, queda mejor. Lo que más parece haber aumentado es la fobia a la gente, hay mucha pero mucha gente a la que he escuchado decir cosas como: “No voy a la reunión, soy fóbica”; o bien:  “No saludo a nadie, soy fóbica”; o esos que, de repente, en medio de un grupo cuantioso y relajado, se ponen de pie dejando la palabra ajena en el aire y dicen: “debo irme, soy fóbico”. Y yo me pregunto cuál es la diferencia entre dejar que el otro termine la frase e interrumpirlo. No es que la fobia se controle con una pastilla que deba tomarse en un instante preciso, inaplazable, no, pero parecería ser que que la fobia no es fobia si no el otro no se entera, no la padece. Se ha vuelto una condición ostentosa. La última vez que vi a un “fóbico” fue hace un par de días, estaba parado en la esquina de un living y miraba todo con los ojos muy abiertos, como si sufrieran alguna afección de hipertiroidismo. Sonaba una canción de Sandro interpretada por el Puma Rodríguez, o sea, ya era un ambiente un poco bizarro y este personaje lo abizarraba más. Yo pregunté si estaba enfermo, si se sentía mal, si alguien debía aplaudir muy cerca de su cara para obligarlo a pestañear. Me dijeron que no, que lo que pasaba era que a ese chico no le gustaba mezclarse porque, oh sorpresa: era fóbico. Y, aparentemente, eso le impedía cerrar un poco los ojos. Recuerdo un tiempo en que no saludar, no hablar, no mezclarse, mirar a la gente fijamente durante un rato largo, no concurrir a invitaciones confirmadas o abandonar la escena de repente, ocultándose la cara con las manos, era, entre otras cosas, ser un maleducado. O también podía ser alguien con aspiraciones de pertenecer a un neo ku klux clan. Pero ya no, ahora hay un diagnóstico legitimo para ese tipo de gestos y tantos más;  porque la palabra fobia es, sobre todo, una palabra generosa: capaz de denominar muchas cosas que no tienen nada que ver entre sí. En ese sentido, hay que decirlo, es admirable: le permite una salida digna y sofisticada a quienes son, y quieren seguir siendo, esencialmente salvajes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7481633352154407674?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7481633352154407674'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7481633352154407674'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/fobias_17.html' title='Fobias'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1947532802159780662</id><published>2009-08-02T13:28:00.000-03:00</published><updated>2009-08-02T13:29:14.011-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Lo mismo que el silencio</title><content type='html'>Siempre que oigo una bocina sonar repetidamente imagino que hay alguien dándose golpes de cabeza contra el volante. Acá, en la esquina postal, Corrientes y 9 de julio –donde espero que cambie el semáforo para cruzar la avenida–, las bocinas suenan como si se tratara de un concurso cuyo premio mayor es la cordura que todos perdieron en alguna parte de la vía. El ruido insistente de bocinas, el llanto agudísimo de un nene que quiere un chupetín y el de tragarse la tos espesa, son los ruidos más irritantes que conozco. Y en la calle es muy probable que sucedan en simultáneo. Una vez me dijo un amigo que trabajaba en el microcentro, que cuando quería descansar del ruído de su oficina se paraba en una de las esquinas del obelisco, acá mismo quizá, y cerraba los ojos. No entendí. Luego me explicó que cuando los ruidos se producían de manera constante y homogénea, terminaban siendo lo mismo que el silencio. Llegaba un momento en que no se distinguían; entonces era cuando un sonido, que era la mezcla de ruidos distintos, se volvía una melodía compacta y, al cabo de un rato, desaparecía. Meses después de decirme eso, mi amigo renunció a su trabajo y se fue a vivir a La Cumbresita, en Córdoba, con una chica ex punk. De allá también se volvió, esta vez solo, porque se aburría demasiado. El verdadero silencio y su chica ex punk, mutada en una campesina serena, aburrida y gorda, me dijo, lo iban a enloquecer. Si esto fuera un cuento de esos clásiquísimos, mi amigo, que ahora no tiene ni chica ni laburo, se pararía igual todos los días en una esquina del obelisco y cerraría los ojos, extendería los brazos abiertos hacia cielo y largaría carcajadas, demente. Pero no, mi amigo no quiere volver al microcentro ni para comerse una deliciosa pizza en Guerrín, nada. La Cumbresita lo dejó a medio camino y ahora es demasiadono sensible al ruído y al silencio. Hoy, en esta esquina, es imposible saber a qué corresponde tanto ruido, y si uno se pone riguroso, si hace la alquimia de la cuestión –bocinas por acá, voces por allá, autos que frenan, autos que arrancan, el taladro de una obra en curso, el esputo que se estrella violento contra la vereda–, ese impulso científico puede degenerar fácilmente en angustia. Por eso es mejor no preguntarse; según los expertos, con el tiempo uno encuentra belleza en el ruido confuso de la calle. En un momento de la vida, dicen, tras haber padecido el ruido largamente, el cerebro hace un clic que te permite ir por el mundo escandaloso con una sonrisa zen. Mezclarte con las ondas sonoras como con las olas del mar y disfrutar intensamente la imagen de miles y miles de cabezas golpeándose salvajes contra el volante.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1947532802159780662?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1947532802159780662'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1947532802159780662'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/lo-mismo-que-el-silencio.html' title='Lo mismo que el silencio'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1483623067240706049</id><published>2009-08-01T11:42:00.001-03:00</published><updated>2009-08-01T11:42:44.281-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Colita de rata</title><content type='html'>En un programa de radio entrevistaban a una mujer por un tema de “salud pública”. La mujer estaba indignadísima porque la noche anterior su marido había mordido una colita de rata que estaba en el arroz. La mujer insistía en que la colita de rata había venido dentro de una bolsa de arroz marca “El peleador”, que compró en un supermercado chino. Al momento de decir la marca la mujer so-bre-mo-du-la-ba. Al momento de decir “chino” la mujer parecía escupir. Que cómo sabía ella que era una colita de rata, le preguntó, con justa razón, el periodista. Ella largó un aullido que intentaba denotar obviedad: “Auuuu, ¿quién no sabe eso?” Que cómo no se dio cuenta que una cola de rata flotaba en el agua blancuzca del arroz. Silencio. “Ah, ¿ahora es mi culpa?” La mujer quería que El peleador la indemnizara porque su nuera embarazada, su marido que aún no levantaba cabeza del puro asco, y casi, casi –pero por suerte no–, su nietita, probaron el arroz con rata y eso no debía ser bueno para la salud. “De ninguna manera es bueno, señora”, confirmó el periodista. No se necesitaba un experto para saberlo, subrayaron los demás opineitors del programa. Y que si no se le había ocurrido que la cola de rata hubiera venido del súper chino, que si la bolsa de arroz no tendría una abertura mínima por donde la “colita” pudiese haber entrado. Esa posibilidad –la de tener a un chino indocumentado para reclamarle una indemnización– no le parecía factible a la mujer. Y, de pronto, se había puesto soez: “...ya dije que la culpa la tiene esa fábrica de mierda, que no le importa un carajo que...” Los periodistas se aclaraban la garganta, trataban de matizar el lenguaje lanzando otras preguntas: ¿Ya se comunicó con alguien de la fábrica, señora? ¿Supo si algún distribuidor...? “...un carajo, un carajo”, insistía ella, mántrica. Al rato volvió en sí y dijo que la fábrica le había ofrecido como indemnización una caja de productos, con la condición de que ella no los mencionara en los medios, que no se hiciera la viva. Era tarde: el-pe-le-a-dor. “Ya no le darán los productos, señora”, le advertía el periodista, y a ella, por supuesto, le importaba no uno, ni dos, sino tres carajos porque “son productos de mierda”. “Habría que pensar si en el súper chino...”, insistía un opineitor y la mujer resoplaba, su ímpetu decaía. “Y sí –dijo otro–, se sabe que los chinos...” Y así, la hipótesis oriental fue cobrando fuerza. “¿Será?”, dijo por fin la mujer, y los de la radio, enfáticos: “Yyyy”. “Será”, volvió a decir ella, pero ya no a modo de pregunta. Después vino un bache mudo, al fondo sonaba una cumbia. Finalmente, la mujer, con asco profundo, lanzó su veredicto: “sí, esos chinos sucios”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1483623067240706049?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1483623067240706049'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1483623067240706049'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/colita-de-rata.html' title='Colita de rata'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6382588226946617169</id><published>2009-08-01T11:41:00.000-03:00</published><updated>2009-08-01T11:42:10.656-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Congelados</title><content type='html'>El bar del parador de omnibus es atentido por una señora que sonríe. La señora explica que la estufa no anda muy bien, y que con este frío es duro levantarse a trabajar: “brrrr”, dice, frotándose los brazos. Todo, absolutamente todo, lo dice sonriendo. Por momentos me parece que quizá no sonríe, sino que tiene los labios entumecidos, tensos. En el bar hay un mostrador limpito pero gastado, cinco mesas de plástico con sus sillas, un televisor que cuelga de una esquina de la pared. En el noticiero anuncian, otra vez, que hoy podría ser el día más frío del año. En una de las mesas hay un señor emponchado, bufanda hasta la nariz, que lee el Clarín zonal de San Fernando y toma mate. En otra mesa estamos Teo y yo. Teo pidió un café, yo un té con leche y hemos decidido no hablar. Cuando hace frío, cualquier palabra cuesta. Me toco la cara con los dedos y la siento dormida, anesteciada. Teo lee un libro sobre violaciones en Rusia. Cada quien tiene sus maneras de entrar en calor. “Hay medialunas recién hechas”, anuncia la señora detrás del mostrador. La miro: sonríe. Asiento. Ella pone dos en un platito y me las pasa. Cuando las toco ya están heladas. Teo agarra una y sin despegar los ojos del libro se la traga de un bocado. Yo me como la otra en pequeños mordiscos para que dure más. El hombre emponchado de la otra mesa se levanta y deja el diario en el mostrador. Yo me levanto y lo agarro. Lo abro al azar y me encuentro con la sección “Instantáneas”. Son fotos de gente “común y corriente”, simulando hacer esas cosas insulsas que hacen los “comunes y corrientes”. Por ejemplo, hay una madre y una hija amasando en la cocina; el epígrafe dice: “Jugando a las cocineritas”. Después hay una familia fea muy fea que posa al lado de un auto grandote; el epígrafe: “Familia unida, de paseo por Victoria”. Todos los retratados parecen haberse tragado un palo, y los nenes, como siempre, tienen esa expresión de haber sido empujados al ridículo; aunque algunos le llaman inocencia. Mi medialuna merma, pero resiste. Un policía entra en el bar: lleva una maletita y un boleto igual al nuestro. “Viajaremos más seguros”, me gustaría decirle a Teo para que se indigne un poco, pero prefiero callar. Ya dije por qué. El policía se frota las manos y pide un café. La mujer le está explicando el problema de la estufa. Yo lo miro, él me mira y levanta el mentón: “Buen día”, de la boca le sale humo. Asiento. “Hay medialunas recién hechas”, le dice la señora sonriente al policía, y le pasa un par por encima del mostrador. Hoy, en el bar del parador de omnibus, hasta el tiempo parece congelado.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6382588226946617169?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6382588226946617169'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6382588226946617169'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/08/congelados.html' title='Congelados'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1963327315197808996</id><published>2009-07-25T17:49:00.000-03:00</published><updated>2009-07-25T17:50:06.154-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El choque</title><content type='html'>Había niebla, la tarde estaba oscura y la calle era una hilera de luces que se repetían hasta disolverse en el horizonte. Iba manejando y esperaba a que cambiara el semáforo. Sonaba alguna canción de los Beatles, esa que dice que the love you take is equal to the love you make. Delante de mí, rugía un monstruo de marca Grand Cherokee, con gotitas de humedad adornándole la lata oscura. Hace un tiempo que manejo un auto automático, pero mucho no me acostumbro. En mi tierra, cuando empecé a manejar, manejaba el cadáver de un Mazda más que mecánico, manual, que había muerto y resucitado bajo mi régimen y el de mi hermano. Un régimen casi punk. Ese autito se recalentaba estando estacionado, pero aprendí a domarlo, nunca lo choqué, no hacía falta, ya había completado su cuota de choques en la vida; era noble y fiel como el mejor de los perros. Pero ahora, decía, comparto con Teo un automático limpito donde casi siempre canta John Lennon, y tengo la sensación de que él me lleva a mí y no lo contrario. Total que allí estaba, esperando a que cambiara el semáforo y miraba de reojo las caras de la gente en los autos de al lado: parecían plácidos a pesar del tráfico, como si todos fueran arrullados por coros hippies, igual que yo. Un nene me saludaba, una nena sonriente me mostraba una muñeca cabezona. Entonces, sin darme cuenta, solté el pie del freno y el auto siguió de largo contra la camioneta. Metió el hocico bajo el paragolpes y sentí como la Grand Cherokee lo masticaba y se relamía. Bajé del auto, la garúa helada me pego en la cara y la mujer de la camioneta se me vino encima: ¡Sos boluda! Yo asentí y me eché hacia atrás porque la mujer estaba levantando los brazos como una cavernícola. Al monstruo no le había pasado nada: ni un rasguño. Aparecieron de golpe unos obreros fornidos que arreglaban la calle ¡Pero qué pelotuda! Volví a asentir, humilde: “Perdón”, dije. Después vino gente que salía de otros autos ¡Estúpidaaa! No entendía por qué tanta bronca. Juro que vi a los mismos nenes amorosos de antes, asomados en sus ventanas, haciéndome señas obscenas con los dedos. Me zambullí de vuelta en el auto, retrocedí, le anoté mis datos a la dueña del monstruo y se los di. ¡Boluda!, escupió. Una baba espesa rodó por el vidrio de mi ventanilla. “¡Perdón!”, insistí, y quise acelerar, huir, pero era tarde: hordas de personas desbocadas se acercaban a mí. Era como si con el choque les hubiera activado a todos la función de vomitar los insultos atorados. Y ya no cantaba John: las bocinas y los gritos de la furia lo llenaban todo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1963327315197808996?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1963327315197808996'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1963327315197808996'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/el-choque.html' title='El choque'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6532755953577360696</id><published>2009-07-16T14:37:00.001-03:00</published><updated>2009-07-16T14:37:46.342-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El Bar</title><content type='html'>Cuando entré en El Bar sonaba una canción de Jose Alfredo Jiménez. Afuera llovía. No veía a mi amiga Z por ninguna parte, sólo había un grupo de señores que le hacían el coro a José Alfredo al son de una guitarra.  Me senté en la barra y un gordito bastante despechugado para el clima me ofreció un tequila. Le dije que no, que gracias, que esperaba a alguien. “Nadie va a llegar”, fue su respuesta. Le dije sí, sí va a llegar. Él se río. No entendía nada ¿de qué se reía? Del fondo salió una rubia alta que se llamaba Roberto. Era profesora de tango, según entendí por la conversación que tuvo con el barman. “Hoy no llegarán alumnos”, había dicho Roberto, y el barman asintió: “Nadie va a llegar”, dijo después. Había un par de ventanas que daban a la calle, con persianas bajas, semitraslúcidas. No se veía más que la luz de un farol que titilaba. Llamé a Z por el celular, me dijo que ya estaba llegando. Pedí una cerveza y el barman me dijo que no había. Todos los demás estaban tomando cerveza. “¿Qué están tomando ellos?”, le pregunté, él me dijo “Cerveza, pero se acabó”, y me volvió a poner el tequila enfrente. Negué con la cabeza, el gordito me ignoró. Ahora cantaba Chavela Vargas o alguien con un problema de garganta similar. Los de la guitarra descansaban, un par se levantó y saludó al grupo. Se fueron por un pasillo oscuro, rumbo al baño, pensé. Pero no salían más. Tenía sed, pedí una coca. “No hay”, dijo el barman. Resoplé. Me estaba jodiendo. Z no llegaba. Me paré frente a la ventana y miré afuera, a través de la persiana. No se veía nada. Las gotas de lluvia sonaban como piedras que caían sobre el pavimento. Volví a llamar a Z y me dijo “Acá estoy”. “¿Dónde?”, me di vuelta, miré a mi alrededor; Roberto recostaba su cabeza en la barra, miraba a Marcelo Tinelli en la tele que colgaba de una esquina de la pared. El barman, sentado en una banqueta al otro lado de la barra, apoyado de codos en el tablón, le miraba las tetas a Roberto. Los de la guitarra se habían ido. Z no estaba. Levanté un poco la persiana y volví a mirar afuera. El cartel de la calle Guardia Vieja estaba caído en la vereda. La luz del farol seguía titilando. Sonó el celular, era Z: “¿Dónde estás?”, me dijo. “Acá, no te veo”. “Yo estoy acá y no te veo”. Ahora el barman me miraba y otra vez se reía. “Me voy –le dije a Z–, te espero en la vereda”. “Llueve”, contestó ella. “No importa”. Salí, el agua me bañó íntegra, me paré en la vereda. Al poco rato se abrió la puerta de El Bar y salió Z, llevaba un vasito de tequila en la mano.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6532755953577360696?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6532755953577360696'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6532755953577360696'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/el-bar.html' title='El Bar'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-9173228640268006033</id><published>2009-07-16T14:36:00.000-03:00</published><updated>2009-07-16T14:37:04.852-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Los viejos</title><content type='html'>Ayer, esquina de Santafé y Pueyrredón, una pareja muy mayor discutía e intentaba cruzar la calle. Él llevaba un ramo de flores en la mano: astromelias, margaritas, pompones. Ella llevaba mucho tiempo sin tinturarse el pelo. Debió haber sido una rubia Igora platino; a lo mejor, a veces, intenta seguir siéndolo pero ya el pelo no le da. Lo tenía verde y ralo. Él quería cruzar, acelerado, y ella se lo impedía. “Pará”, lo retaba, tensándole la manga del saco; y al viejo le temblaba la mano y las pelusas de los pompones salían volando. Hacía frío, ella se abrazaba a sí misma y se frotaba los brazos. Caminaban muy rápido, considerando su edad. Cuando entraron al subte no se acordaban quién de los dos tenía el boleto. La mujer negaba con la cabeza, el hombre se palpaba los bolsillos y resoplaba con dificultad. “Teneme las flores”, le pidió él. Ella las agarró sin ganas: “Los pompones no quedan bien en este ramo”, dijo después. “No tengo el boleto”, dijo él. Ella le dio las flores de vuelta, abrió su cartera, sacó el boleto de 10 viajes y entraron los dos. “¿No era que no lo tenías?”, dijo el viejo, molesto, y le sacó un pétalo derruido a una margarita. La vieja no dijo nada, simplemente estiró el hocico como si quisiera señalar algo o lanzar un beso. Es un gesto que usan algunos viejos para decirse cosas que es mejor no decir en voz alta, como: “chupame un huevo”. Bajaron las escaleras eléctricas, yo iba detrás, hacía mucho que iba detrás, como se ve, pero ellos no me notaban. Entre el cartel de Catedral y Congreso de Tucumán, había un hombre que tocaba el teclado. Tocaba una de esas canciones romanticonas cuyos nombres tienen poca recordación, pero cuya melodía es de público y excesivo conocimiento. Una de esas canciones melosas que incluso quienes las desprecian, las desprecian porque se la saben, y eso los iguala a cualquier personita cursi que repite estribillos. Por eso todos seguimos de largo, nadie se paró a mirar al hombre del teclado. La vieja y el viejo sí se pararon y parecían conmovidos. Mientras oían la canción, ella apoyaba la cabeza en su pecho, él le había pasado el brazo por encima de los hombros y ahora besaba su pelo verde. Ella le sacó las flores de las manos y las olió. “Gracias, mi amor”, dijo. Llegó el tren y la vereda completa se zambulló dentro, envistió la barrera humana que trataba de impedírselo. Sólo los viejos se quedaron afuera, apretados el uno contra el otro, sin decirse nada. De repente, ya no tenían prisa. Antes de que el tren cerrara las puertas los vi bambolearse lentamente, hacia adelante y hacia atrás, como figuras de papel agitadas por el viento. La canción ya no sonaba.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-9173228640268006033?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9173228640268006033'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9173228640268006033'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/los-viejos.html' title='Los viejos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-733486215867632863</id><published>2009-07-10T11:27:00.001-03:00</published><updated>2009-07-10T11:27:50.740-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Mutantes, barbijos.</title><content type='html'>Cuando alguien con barbijo me habla, es como si un mutante con hocico me ladrara muy cerca de la cara. No puedo concentrarme en lo que dice. Cuando alguien con barbijo me aborda en la calle y me pregunta por dónde pasa el 152, yo doy un saltito hacia atrás, me llevo la mano al pecho y pregunto: “¿Qué?” Cuando la chica del supermercado mueve la boca detrás de su barbijo para decirme: “Son ciento catorce pesos”, me quedo lela imaginando que el mutante está masticando un bicho vivo y crujiente, y el sonido que produce se parece al de las palabras detrás del barbijo. En los días de frío, cuando al barbijo se le suma la capucha y la gente en las esquinas parece más que gente en las esquinas, gente complotada,  siento el impulso incontenible de gritar: ¡abajo el Ku Klux Klan! Lo que más me asusta de los barbijos es que, cuando los usan, las personas no modifican su conducta. Te hablan, te preguntan, se acercan y  te dan toquecitos en el hombro –“con permiso”–, como si llevar mitad de la cara tapada fuera de lo más normal por fuera de un quirófano. Cuando alguien con barbijo tose, me recuerda a esas víboras suicidas que se enrollan y se muerden a sí mismas para envenenarse. Un día vi a una chica estornudar en una parada de colectivo, todos se corrieron a un lado, discretamente, pero el que tenía barbijo se fue rápido, practicando una versión confusa de la marcha atlética. “Ya no quedan barbijos”, dice la mujer detrás del barbijo que atiende en la farmacia. Se lo dice a otro de cara desnuda, que deposita en ella su mirada desahuciado: “¿No queda ni uno? ¿ni uno sólo?” La mujer niega con la cabeza y llama al siguiente número. “No quedan barbijos”, le repite a ése. La voz detrás del barbijo es grave y gangosa. Es caliente, húmeda, seguramente pegajosa. En el colectivo alguien tose y el mundo tiembla. El sonido de la tos catarro es, hoy, un atentado contra la salud mental. Entro a un bar: no está bien ser atendido por un mesero con barbijo, te activa la sospecha de que el lugar es insalubre. “¿Por qué el barbijo?”, le pregunta un hombre al mismo mesero que me atiende a mí. El mesero mueve el hocico y dice algo de lo que sólo entiendo la palabra mucosa. Odio la palabra mucosa. Más en un lugar donde intento comer. Me levanto, salgo y, mientras camino, veo más mutantes: una madre con barbijo que pasea a su nene con barbijo en cochecito; un taxista con barbijo cuyas palabras suenan como eructos; una pareja de chicos en la ventana de un Starbucks, con barbijo: y se agarran las manos, acercan sus caras, juntan sus hocicos blancos, se besan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-733486215867632863?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/733486215867632863'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/733486215867632863'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/mutantes-barbijos.html' title='Mutantes, barbijos.'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7306969852294481134</id><published>2009-07-07T11:27:00.000-03:00</published><updated>2009-07-07T11:28:08.077-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El viejo Emo</title><content type='html'>El viejo va con su hija del brazo, me cruzan a la salida del almacén y saludan. Conozco a la hija, se llama Josefina y es la modista del barrio: una señora pizpireta, siempre bien vestida. La palabra pizpireta debe pertenecer a los tiempos en que el padre de Josefina tenía edad de usarla. “Vení, Marga”, me dice Josefina, me agarra por el brazo y me atrae hacia ellos. Es algo que hacen muchas señoras para procurar un ambiente íntimo –las señoras que han estudiado la proxemia y sus usos en las relaciones sociales. La cercanía física es algo que por estos días está prohibido, pero Josefina se hace la rebelde. Ahí me tiene, a centímetros de su cara y la de su viejo que tose y tose y yo, que soy educadita y priorizo la amabilidad antes que la salud, me quedo quieta, me trago sus virus. “Vos que sos joven… –empieza Josefina–, le podés decir a mi viejo que él no es un emo”. “¿Qué?”, le digo. Se acercan más. El viejo tose, asiente y luego se señala a sí mismo: “Soy un emo”. Los dos me miran, soy el juez que debe dirimir su desacuerdo. Miro al viejo: es pelado, lleva una bufanda a cuadros verdes y marrón; los ojitos le brillan detrás de esos lentes enormes y me sonríe, buscando complicidad. “Su padre es un emo, Josefina, sin duda”, le digo. Josefina mira a su viejo, que está maravillado ante la confirmacion de su identidad. Luego me mira a mí “¿Y vos cómo sabés?”, está furiosa. Le guiño un ojo, como para que entienda que lo hice por complacer a su viejo, porque su viejo es piola y me cae bien y porque… “Vos no sabés nada”, larga Josefina. Yo digo hasta luego, qué estén bien, y trato de entrar al almacén, pero Josefina me agarra de la muñeca y me dice, otra vez muy cerca de la cara: “No tiene pelos, mi viejo, ¿cómo va a ser un emo?” Está colorada, me pregunto si ya se tomo la temperatura esa mañana, con esa manera de acercarse a la gente debería preocuparse. Yo, sin moverme un centímetro para no correr el riesgo de ofenderla, aspiro su olor a crema dulzona, la laca en su pelo y me dejo doblegar: “Tiene razón, Josefina, su padre no es un emo”. Josefina se vuelve a su viejo y le suelta el ladrillo en la cabeza: “¡No sos un emo nada!”. “Si soy”, dice su viejo, tose. Josefina resopla, se acomoda la cartera y reanuda su paso. El viejo me mira confundido, con esa cara de Condorito: “exijo una explicación”. Yo lo tomo por el brazo, como lo suele hacer su hija, lo acerco a mí y, mirándolo a sus ojos vidriosos le dijo “No se lo diga nadie, pero usted es un auténtico emo”. El asiente, serio. Josefina lo espera más adelante, malhumorada: “¡Andá!”. Antes de darse vuelta para ir a su encuentro, el viejo me dice, emocionado: “Y vos también”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7306969852294481134?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7306969852294481134'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7306969852294481134'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/el-viejo-emo.html' title='El viejo Emo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2477617474735687980</id><published>2009-07-01T16:19:00.002-03:00</published><updated>2009-07-01T16:20:33.318-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Democracia, ja</title><content type='html'>Era domingo a la noche, los resultados de las elecciones ya estaban cantados y yo iba rumbo a una fiestita para, entre otras cosa, celebrar el triunfo del compañero Solanas. Me faltaba la polera, pero tenía el espíritu. Esperaba en una vereda a que pasara un taxi y un par de chicas fumaban a mi lado, sentadas. Camperas brillosas, zapatillas estridentes, rayita negra que alargaba el ojo y labial fucsia. “¿Y vos a quién votaste?”, le preguntaba la una a la otra en medio de una bocanada espesa. “Y –contestó la otra–, a De Narváez” El aspecto de estas chicas habría podido perfectamente empujar a una mente prejuiciosa a escupir el calificativo “pibas chorras”. “¿Por qué a ése?”, insistió la primera. La segunda alzó los hombros, hizo una bomba de chicle gigantesca que habría podido elevar su cuerpito flaco si no llevara puestas esas zapatillas pesadas. “No sé, me gustan los pelos, el tatuaje...” La primera asintió: “Tiene onda el colorado”, dijo después. Cambiaron de tema, ahora planeaban un atentado al placard de una amiga: “hay que quemarle toda esa ropa”, decía la primera. “Se viste como una puta”, decía la segunda. “Es una puta”, aclaraba la primera. Alguien tendría que discutir en serio el tema del voto calificado, pensé. Teo dice que cada ciudadano tendría que ser sometido a un examen antes de votar: ¿Qué propuso el candidato Equis sobre el asunto Yé? Y el que no pase la prueba no vota, punto. Estas pobres chicas no debían haber pasado en su vida ni una prueba de alcoholemia. “¿Vos a quién votaste?”, le preguntó la segunda a la primera. Ahora lamía un chupetín. “A ese Gay”, dijo la primera. Y las dos soltaron una carcajada estruendosa. Se encogían, se doblaban de risa: ¡¡¡JAAA!!! Hacía mucho no oía algo así. No pasaban taxis, no entendía el chiste, hacía un frío importante. Las chicas tosían, se ahogaban y repetían exageradas: ¡¡¡Gaaayyy!!! ¡¡¡JAAA!!! Estaban a punto de gastarse todas las reservas de risa que tenían: la palabra “gay” era el mejor chiste que habían oído jamás. ¿Cómo sería cuando oyeran la palabra democracia? La carcajada les daría un ataque de espasmos, se les atoraría el diafragma, de seguro morirían. Callaron. “Sí que es puta esa mina”, dijo la segunda tras el bache largo de silencio. “Y sí”. La primera encendió un cigarrillo y se miró las uñas: eran azules con brillitos de colores. La otra volvió a soplar una bomba de chicle que se le exploto alrededor de su bocota fucsia. La primera la miró y otra vez soltó la risa: ¡¡¡Gaaayyy!!!, gritó de vuelta. Y la segunda, sacándose el pegoste de la boca, y con cara de enojada, contestó: ¡Gay tu puta madre!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2477617474735687980?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2477617474735687980'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2477617474735687980'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/democracia-ja.html' title='Democracia, ja'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-65449903297133841</id><published>2009-07-01T16:19:00.001-03:00</published><updated>2009-07-01T16:19:54.091-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Michael</title><content type='html'>Toco el timbre un par de veces. Nadie sale. Se oyen ruidos adentro, música de Michael, risas infantiles. Toco la puerta por si el timbre no funciona. Nada. Otra vez pego el dedo índice en el timbre, un rato. “¡Quién es!”, gritan. Contesto que yo. “¡Quién es!” Vuelven a gritar, pero esta vez abren la puerta antes de terminar la frase. Es una mujer nueva, uniforme a cuadros y delantal. “Siga”, dice. Se le ve malhumorada. Tamara está al fondo con el pequeño Pablo que salta de acá para allá y de repente se queda quieto y se pone a lloriquear. Tamara lo mira desde un sillón, en silencio. “La muerte de Michael lo afectó”, me explica cuando me ve entrar al cuarto. Yo quiero decirle algo así como que es lógico, que el tipo siempre tuvo onda con los niños. Es muy tentador decir eso. También es un chiste fácil y Pablito parece genuinamente afectado. “¿Era muy fanático?”, le pregunto dudosa, me parece que un nenito de esa edad no podría ser fanático más que del conejo de Nesquik. Tamara me dice que en el colegio le tocó hacer un show de Thriller, él hacía de Michael, sus amiguitos estaban al fondo siguiendo la coreografía. Apenas escucha la palabra “Thriller” el pequeño Pablo agita su cuerpito, hace un pase tembleque; una rara versión de Michael, ciertamente. Le pregunto a Tamara para qué le pone la música al nene si le hace mal. “La psicóloga dijo que tenía que hacer el duelo”, dice ella. En el cuarto de Pablo hay ropa tirada por el piso, pedazos de papel picado y un olor terrible a cigarrillo. “Yo creo que está haciendo una payasada”, dice Tamara, la mujer del uniforme nos trae un par de wiskhys con hielo que nadie pidió. Tamara recibe su vaso y enciende otro cigarrillo. “Ya se le va a pasar”, le digo.  Pablito da alaridos: “¡Thriller, thriller!” “Me tiene harta, ni siquiera me gustaba Michel Jackson”, dice Tamara. Al tercer sorbo se acaba su wiskhy. Suena el teléfono y la mujer de uniforme lo trae: “El señor”, dice. Tamara agarra el aparato, se lo muestra a Pablo y, cuando el nene se está acercando para agarrarlo, lo cuelga. Pablo se la queda mirando, confundido. La carita empegostada de lágrimas y mocos. “Hasta que no dejes de bailar esa música, no hablás con papá”, le dice Tamara. El pequeño Pablo lagrimea. Después camina lentamente hasta donde su madre, ella me pide que le sostenga el cigarrillo y sienta al nene sobre sus piernas. Le limpia la cara y lo besa: “Basta, no llores más”. Pablito levanta sus ojos, la mira y le pregunta: “¿Mamá, Michael está en el cielo?”. Tamara le sostiene la mirada y le contesta, firme, gélida: “Espero que no”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-65449903297133841?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/65449903297133841'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/65449903297133841'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/07/michael.html' title='Michael'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7034369642883749117</id><published>2009-06-27T10:03:00.002-03:00</published><updated>2009-06-27T10:04:40.839-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Alguien dice</title><content type='html'>Alguien dice: “había pensado en pizza, pero se van a quedar con hambre”; alguien dice: ya quiero que sea el finde…”. Alguien, a mi lado, muy cerca, escribe un mensaje de texto: “feliz cumple para la gorda, el regalito se lo mando después”. Alguien grita: “¡Hola, holaa! ¡No se oye!” “Permiso”, dice una chica a mis espaldas, luego toma impulso y me empuja con un hombro, la cadera, en ese mismo movimiento con el que tiraría una puerta abajo: uno, dos y… Yo me echo a un lado antes de que me empuje y ella sale disparada hacia fuera, a la vereda de Tribunales. “¡Auch!”, eso lo digo yo, alguien me pisa. “¿Bajás?”, pregunta alguien en la siguiente estación. “No, seguí”, contesta otro. Dos mujeres van sentadas mirando la ventana de enfrente: “Mirá, De Narváez”, dice una. “¿Dónde?” dice la otra. Quienes vamos parados, agachamos sutilmente la cabeza para mirar lo que la señora señala afuera: un afiche. “Papá, ya estoy llegando, me buscas en Plaza Italia”, dice una chica muy bonita que, cualquiera que se le encuestase diría que sí, que es mejor que no ande sola por las calles. “¿Bajas?”. “Sí”. Dos chicos bajan. A esta hora, en el subte, la claustrofobia es un lujo. En ciertas personas, la sensación de sentir su cuerpo apretado en medio de muchos otros cuerpos, produce otra cosa: confianza. Por eso reposan tranquilos su peso sobre otros, confían en que nadie se va a apartar de repente y a dejar que se estrellen de jeta contra el piso. “¿Bajas?”. “No”. A dos cabezas mías una mujer adormilada apoya su mejilla en la espalda de un hombre tan enorme que podría sostener todo el vagón. Cada tanto la mujer se tambalea y su pechos se oprimen con fuerza contra la espalda del tipo. Ella bajará antes sin saludarlo y sabré que no están juntos; por la expresión de la cara de él sabré que, aún así, la extrañará. Alguien con audífonos canta “More than this, you know is nothing”, después bosteza. “Qué lindo, pero qué liiindo”, dice una mujer que va sentada y mira la foto que le muestra el hombre a su lado: es un bebé. Un bebé mucho ojo–mucho pelo: un bebé Troll. Alguien dice “Quiero una seven up”. Alguien dice “No tengo buena señal”. Alguien dice “No lo soporto”. Alguien dice: “Yo tampoco”. Alguien dice: “¿Ya llegamos?”, es un nene que agarra de la mano a una señora. Después salen del subte, la puerta se cierra y se convierten en sombras de colores, difusas, detrás del vidrio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7034369642883749117?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7034369642883749117'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7034369642883749117'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/alguien-dice.html' title='Alguien dice'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5993201145391722245</id><published>2009-06-27T10:03:00.001-03:00</published><updated>2009-06-27T10:03:46.837-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Papás</title><content type='html'>Estaba cantado, el fin de semana me quedaría sola. Teo, de viaje; C y Z visitarían a sus papás, que no viven en Buenos Aires. Ninguno tenía muchas ganas de ir, pero tocaba. Los papás siempre dicen que esta fecha no les importa, pero ay de que uno los tome en serio. Sería la única vez que se ofendieran porque se los toma en serio. Son fechas pavas, pero sensibles. No es fácil no darles bola porque el mundo mediatizado –o el mundo, a secas– se empeña en recordártela. Total, que despedí a mis amigos enfundados en sus abrigos y con esa misma cara de hijo pródigo que aparece cuando, ya de grande, uno visita la casa paterna. Llevaban bolsas de regalos con opciones varias porque, con el tiempo, decía Z, a uno se le olvida qué es lo que les gusta, que es lo que no, si es que alguna vez lo supo. “Una vez le compré una pipa –me decía Z mientras esperábamos el micro–, y mi viejo no fuma hace treinta años” Pero que él igual la colgó en su estudio como si fuera una especie de premio para él y sus pulmones. Hace unos años que no tengo papá, pero las últimas veces que lo visité tuve también la sensación de que no lo conocía. O sí, pero como papá, que es lo mismo que decir que él me conocía a mí. Porque se supone que el trabajo de los papás es conocerte para decirte que es lo que debes hacer, qué es lo que no; para palmearte el hombro y mandarse frases como: “Pero claro que puedes ser astronauta, nena”. Y más allá de cuánto le pesa la mano o cómo le cambia la expresión de la cara según lo que vaya a decir, uno mucho no se entera de quién es el papá. No cuando ser hijo y ser padre ocurren bajo el mismo techo. Cuando uno se va de su casa, a veces, la cosa cambia; el papá se convierte en una persona a quien le gustan las camisetas dos tallas más chicas que la suya, por ejemplo, o que tiende a confundir el momento de la siesta con el de la sobremesa. Ya había tenido episodios de regalos fallidos con mi papá, el último fue un libro –edición de lujo–, sobre historia latinoamericana, que hojeó sin ganas para luego preguntarme: “¿Es verdad que Kirchner no es bizco, sino que se hace?” Esa vez, también, se sentó frente a mí con unas revistas en las que yo había escrito artículos y me dijo: “Si quieres míralas después, subrayé un par de cosas que me gustaron”. Y pasó el tiempo, me olvidé de las revistas y nunca miré lo que había subrayado hasta que él ya no estuvo. Como casi siempre, tardé mucho tiempo en entender que, quizá, no había regalo que pudiese satisfacerlo porque mi papá ya estaba satisfecho. El día que por fin miré las revistas, mis artículos, de principio a fin, estaban todos subrayados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5993201145391722245?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5993201145391722245'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5993201145391722245'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/papas.html' title='Papás'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8127606819636847275</id><published>2009-06-16T12:19:00.000-03:00</published><updated>2009-06-16T12:20:31.103-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Postal de madrugada</title><content type='html'>Madrugada de viernes. Fiesta en la casa de alguien que no conozco. ¿Cómo es que llegué acá? Venimos de otra fiesta. El grupo, otra vez, se creció: inicialmente éramos C, Z y yo. C se perdió dos fiestas atrás, pero se sumaron otros que venían “casualmente” para el mismo lado. En una ciudad como Buenos Aires, con millones de personitas pululando por las calles, lo de las casualidades es más que inverosímil: cínico. No ocurren, estadísticamente es casi imposible. Si alguien menciona la palabra casualidad en una noche porteña, lo que en verdad quiere decir es: “por favor, llevame con vos”. Entonces, sí, las casualidades abundan. A veces te encaran con esos ojos hondos, suplicantes. A veces se ponen rimel y las pestañas tiesas te apuntan, como agujas a la espera de una señal para salir disparadas directo a tu frente. “¿Qué mirás?”, le había dicho Z a uno de los advenedizos de la fiesta anterior, el mismo con quien habla ahora en un sofá, y que se relame cada vez que ella echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Una vez vi a una chica hacer eso en una fiesta y alguien la bañó con agua mineral: ella lanzó una carcajada y sacudió la cabeza, y las gotas de agua mineral volaron como una lluvia de diamantes. O quizá lo vi en la tele. Un gordito se le acerca a una chica y le pregunta qué está tomando. La chica lo mira y al cabo de un intenso escrutinio le dice “¿qué te importa?”. Pero se ve que habría querido hacerle una pregunta más elaborada, como: ¿Tenés  alguna idea de por qué, si sos hombre, tenés tetas? Me voy al balcón. Miro a todos los que están en la fiesta, ya no quedan muchos, pero es gente con la que no tendría nada de qué hablar en una sala de espera sin televisión ni revistas ni recepcionista ni cuadros de enfermeras en la pared –shhh, guarde silencio. Me apoyo de codos en la baranda del balcón. Lejos, más allá del puente, más allá del río, se ven las luces de La Boca. Desde ciertos ángulos Buenos Aires da Manhattan. Ángulos pretenciosos. Me doy vuelta hacia el living y veo a una chica de pelo rojo que se acerca, de frente y decidida, hacia mí. O quizá hacia el vacío. Imagino que da un salto y se zambulle de brazos abiertos en la ciudad. “¿Vos sos…?”, me dice, apuntándome con su dedo raquítico al entrecejo. “De carne y hueso”, le contesto. “Ah”, dice ella, decepcionada, se da vuelta lentamente, como arrastrando una sombra pesada. Nunca la había visto, nunca la volveré a ver. No son muchas las certezas que una ciudad como ésta te ofrece, ver personas por única vez es una. Me vuelvo a la otra vista: la del río, el puente, La Boca. Está amaneciendo, y es bellísimo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8127606819636847275?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8127606819636847275'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8127606819636847275'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/postal-de-madrugada.html' title='Postal de madrugada'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1141977123255922154</id><published>2009-06-13T12:10:00.000-03:00</published><updated>2009-06-13T12:11:52.496-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='El Tiempo'/><title type='text'>Siempre seré extranjera</title><content type='html'>A veces me gustaría que nos odiaran. Para odiar hay que darle entidad al otro. Los porteños odian a los bolivianos, peruanos, paraguayos, brasileños, chilenos. Los odian tanto que les ofrendan barras en la cancha, cumbias villeras, esputos, puñaladas, incluso a Carlos Menem. Los porteños, diríase, tienen un tórax espacioso donde acumulan el odio regional. Pero a los colombianos no nos odian, ni siquiera eso. Tampoco nos quieren, o sí: nos quieren como se puede querer a un hámster que hace el flip-flap en una pecera. Casi no nos reconocen, pero, cuando lo hacen, abren sus brazos amplios como una cruz y su corazón generoso derrama condescendencia: "Ah, sos colombiaaana". Hace cinco años que vivo en Buenos Aires y no me quiero ir. Adoro esta ciudad, a mis amigos, a mi novio. Pero odio ser tratada como una atracción de circo importada de una república bananera: "Dale, repetí la palabra alcachofa". Y la gente me rodea, me mira expectante y me parece que en cualquier momento se va a poner a saltar y a aplaudir mientras grita: "¡Que hable, que hable!". Después están esos que fijan sus ojos lascivos en mí, como si con sólo desearlo intensamente y chasquer los dedos pudieran hacerme mutar en la Angie Cepeda de Pantaleón y las visitadoras, ninguna otra. Y están los taxistas que me hablan del Chicho Serna, Córdoba, Falcao. Al principio, colombiana al fin y al cabo, hacía de amable: "Sí, Radamel tiene una excelente definición en el campo, pero le vendría bien jugar en Europa" -comentario plagiado de cualquier programa deportivo medio pelo-, y era un desastre. ¡Oh, una colombiana que sabe de fútbol! El hámster tenía un atributo más, aparte del acento y la vocación de prostituirse en los puestos selváticos del Ejército de Perú. Hace un tiempo que decidí no hablarles a los taxistas, hace un tiempo que, dentro de esos vehículos, me asumo parcialmente porteña y renuncio a ejercer la amabilidad de forma indiscriminada. Pero no puedo ni quiero renunciar a mi acento y cada tanto me veo, otra vez, escaneada por ojos enmarañados de prejuicios. Entonces, me aparto, busco un sillón cómodo, me aferro a un buen vino y enumero en mi cabeza las cosas buenas que me hacen quedarme. Trato de ignorar los vapuleos, las imitaciones confusas de mi "tonada" que, de tan entusiastas, pegan saltos larguísimos en el mapa y aterrizan en Cuba. Trato de convencerme de que estas personas no son capaces de odiarme ni de adorarme, porque tampoco son capaces de conocerme, y de que, finalmente, nada de esto debe ser tan grave si todavía puede resumirse en un bolero de Celia: "Hasta el día que yo vuelva, siempre seré extranjera, siempre seré extranjera", me canto y brindo sola.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1141977123255922154?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1141977123255922154'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1141977123255922154'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/siempre-sere-extranjera.html' title='Siempre seré extranjera'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6950903114920903341</id><published>2009-06-10T13:13:00.000-03:00</published><updated>2009-06-10T13:14:11.988-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Caras tristes</title><content type='html'>Siempre que estoy en una plaza me acuerdo de un pintor que conocí hace mucho. Era un retratista, se decía, pero sólo dibujaba caras. Alguna vez le pregunté por qué no dibujaba cuellos, hombros, o incluso torsos, como casi todos los retratistas. Me dijo que ninguna de esas cosas les eran útiles a la cara. Le pregunté por qué no dibujaba manos. “¿Manos para qué?”, me dijo él. Le dije: manos para apoyar la barbilla, manos para sacarse un mechón de pelo de la frente, manos para sostener un tabaco prendido. El retratista sólo contestó: “las caras son importantes”. Desde entonces empecé a mirar caras por curiosidad; cada tanto me fascino con alguna cara anónima, me engolosino y trato de disimularlo, pero mucho no lo consigo. Por eso, me gusta encontrarme con caras dormidas. Caras como la de ese chico de traje que está acostado en un banco, acá, en Plaza Lavalle, y usa de almohada un libro que parece un código. Al retratista también le gustaban ciertas caras dormidas y le gustaba buscarlas en las plazas. Decía que era difícil encontrar el nivel ideal de sueño en una cara dormida. Que si estaban medio dormidas podían sentir la mirada ajena, como un insecto que camina sobre su frente, sus párpados, sus pómulos, su nariz, sus labios. Pero cuando estaban muy dormidas era como si fueran caras vacías; les quedaba una sola expresión: la última que hicieron. Y dependiendo de cuánto se hubiese dormido, esa expresión se iba suavizando y tomando el aspecto de nada. Se anulaba. “Una cara dormida -concluía el retratista- es una cara anulada”. Diría que la cara del joven leguleyo está bastante cerca de anularse, pero en sus labios se percibe todavía una expresión triste. Vaya a saber por qué está triste. Recuerdo que el retratista sentía cierta predilección por las caras tristes. “Es muy fácil dibujar una cara feliz -me decía-, pero captar la tristeza es un reto”. Y decía que había retratos tristes tan bien hechos, que él podía adivinar el motivo específico de la tristeza del retratado. Me pregunto a qué se deberá la tristeza del joven leguleyo. Primero, supongo que perdió un caso, su primer caso; o que anoche tuvo que elegir entre su novia y su profesión y hoy se arrepiente de su decisión; o que está harto del trabajo y de su novia y del mundo entero, y todo lo que quiere es dormir, olvidarse. Pero ninguna de esas hipótesis podría dar como resultado esa mueca en su boca… No tengo ni idea por qué está triste. Seguro que si el retratista estuviera acá, lo adivinaría. Seguro que, para hacerlo, antes tendría que dibujarlo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6950903114920903341?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6950903114920903341'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6950903114920903341'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/caras-tristes.html' title='Caras tristes'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4954936041105580071</id><published>2009-06-06T17:45:00.000-03:00</published><updated>2009-06-06T17:46:38.309-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Sala de espera</title><content type='html'>La sala de espera del doctor no debería ser un lugar intimidante. Ya la situación de tener que ir al médico lo es. Nunca se va al médico por algo grato, el contexto de la consulta debería ser, entonces, más amable que los motivos para estar allí. “En esta sala de espera todo está mal”, le escribo un sms a Teo. Nunca escribo “esemeses”, pero estoy nerviosa y tengo que ocuparme en algo que no sea conversar con esa otra señora que espera, sobre la razón por la que tiene esas manchas oscuras en la piel; o asentir cada vez que pregunta si esa versión que suena de “Amanecer en los valles nevados” no es la más bella versión de todas. Teo no contesta, él detesta los “esemeses”. Traje un libro que ya no quiero leer y las revistas que hay en la mesita son deleznables. Son esas revistas que tienen en la tapa a gente escandalosamente bella, industrialmente bella, y la belleza en demasía me irrita. “No entiendo cuál es la gracia de las tetas gigantes”, le escribo a Teo, mientras miro en la tapa de “Gente” a una de estas rubias cuyos nombres se me confunden, juntándose los pechos con las manos. La sala de espera de un doctor tampoco debería tener como recepcionista a esa mujer mayor que siempre te reta por algo: “llegar muy temprano también es ser impuntual”, y esas cosas que dice. O como la semana pasada que llamé por mi dolor de mandíbula y le dije, sumisa y respetuosamente: “¿no habrá un turno antes?, es que es urgente” Y todo lo que me dijo fue: “andá a una guardia”, y colgó. Por eso terminé en esa guardia maloliente, acosada por un trozo de nalga en un frasco. Claro que no: una sala de espera no debería ser atendida por alguien que te empuja a ese tipo de situaciones. Pero hay más elementos que se suman a la sensación angustiante de la espera y de la dolencia física. Está esa luz blanca, el mobiliario oscuro, los cuadros bucólicos, el busto de algún griego, el pergamino del juramento hipocrático enmarcado, colgando en la pared. Está el sonido de las páginas de la revista que la recepcionista va pasando lentamente, como si tuviera toda la vida por delante: zaz, zaz, zaz. Está la puerta del consultorio que se abre para ver aparecer la cara del doctor, que me atraviesa con sus ojos hasta llegar a la otra paciente: “Pase”, le dice. Nunca a mí. Y está la señora dálmata que se para y arrastra sus pies rumbo a la puerta abierta: shhh, shhh, shhh. Y la puerta que se cierra: trac-trac. Y yo que me quedo aplastada en el sillón bordó, siguiendo con cuidado los ruidos menores pero amplificados, que suenan encima de la canción folclórica instrumental. Los arreglos del terror.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4954936041105580071?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4954936041105580071'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4954936041105580071'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/sala-de-espera.html' title='Sala de espera'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8616895265808523225</id><published>2009-06-03T17:28:00.003-03:00</published><updated>2009-06-03T17:29:13.180-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Como la Navidad</title><content type='html'>Es muy raro cómo funcionan ciertas relaciones. Ya sé que éste no es mi terreno, que le estoy pisando los talones a Memé y Caro Balducci, así que pido disculpas y prosigo: quiero hablar de las separaciones. O no las separaciones, sino del proceso para llegar a. Cuando ya se tomó la decisión y todo lo que falta es concretarla. Está mi amiga Flory, por ejemplo, esa chica bellísima a la que ya me he referido un par de veces acá. Ella se está separando de su novio, con quien llevaba viviendo seis años. Ya están en esa fase en que lo único que tienen claro en la vida es que el otro es una porquería de persona. “Porquería” es su palabra preferida últimamente. Se la han gritado en mi presencia muchas veces: “Sos una porquería”; “Tomá tu porquería de remera”; “Puto puerco”; “Puta puerca”. Y así, de diversas formas. Ni siquiera la usan en formulaciones tan comunes, ellos simplemente la adoptaron, la criaron, la hicieron propia. Lo que me llama la atención, sin embargo, no es tanto el maltrato, sino la sorpresa que ambos manifiestan ante la presencia del otro en su propia casa: como si de repente descubrieran un objeto extraño posado en la mesa de comer. Es, pensaba el otro día, como los adornos de Navidad: a nadie se le ocurre cuestionar qué hace un árbol con bolas de colores en el living, o esas guirnaldas en la ventana; nadie pregunta, cuando ve las lucecitas de colores en su casa: “¿qué es esto, un cabaret?”. No, porque es perfectamente natural disfrazar la casa en Navidad. Pero el ocho de enero, si todavía hay adornos, árbol, lucecitas a la vista, la gente hace un escándalo: ¡qué es esto, un cabaret! Y corre desesperado a sacar hasta el último brillito, como si fuera una plaga, mierda de perro untada en las paredes. Ocurre lo mismo con la pareja que ya pasó su idilio y –mientras alguno consigue dónde vivir, por ejemplo– tiene que soportar el delay de seguir viéndose la cara. “No entiendo qué hace acá, no entiendo cómo entró “eso” en esta casa”, se quejaba el otro día Flory, en voz alta, mientras su chico abría la heladera, sacaba una cerveza y le murmuraba cosas al yogurt de Flory, de las que sólo se entendía la palabra porquería. Otro día la llamé por teléfono y me contestó su chico: “¿Flory? ¿Quién es Flory? Estás equivocada” y colgó. Y así. Flory teme que cuando él se vaya le siga llegando correspondencia. “Es invasivo”, dice mirando fijamente la revista Mega autos de suscripción. Y yo me acuerdo de esa vez, pleno febrero, que mi madre encontró una bolita roja y escarchada en la panera y tras un suspiro irascible dijo: “¿Es que nunca se van a ir?” Siendo que dos meses antes esas mismas bolas brillosas habían sido la fuente de una felicidad que, entonces, parecía inagotable.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8616895265808523225?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8616895265808523225'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8616895265808523225'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/como-la-navidad.html' title='Como la Navidad'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7929545135149947268</id><published>2009-06-03T17:28:00.001-03:00</published><updated>2009-06-03T17:28:24.445-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>En guardia</title><content type='html'>Es un lugar común y siniestro, la guardia de una clínica. Jamás vendría si la mandíbula no me doliera mucho, si no estuviera a punta de purés y jugos por no poder masticar. En la guardia de una clínica la desesperación flota en el aire compuesto de alientos enfermos, nada en el café soso de la máquina, se hace música fúnebre en las voces de las recepcionistas, que ahora usan barbijos antiporcinos y se hace mucho más evidente la frialdad de sus miradas. “Tome asiento”, dice la boca detrás del barbijo, mientras sus ojos hielo, rodeados de pestañas tiesas por el rimmel, cuentan los puntos invisibles de los que se compone el éter. Pero lo peor de hoy en la guardia no es el ambiente de inmundicia que produce el dolor y la espera, o la indiferencia de quienes conviven en ese ambiente todos los días, ni siquiera el olor a herida suturada, a gasa sucia, a vómito recién mezclado con lavandina, sino un frasco de vidrio que tiene dentro un cacho de carne que, juraría, es humana –no tengo ninguna erudición en distinguir carne humana de carne no humana, aclaro, pero pude percibir vida en ese cacho: un pasado, un presente, la esperanza de futuro, incluso–. Lo lleva una mujer gorda, cuyo culo ocupa dos asientos. Ella lo mira como yo: como si estuviera vivo. Pero también lo mira como si fuera parte suya, carne de su carne. Ya van dos veces que la mujer va a preguntarle a una de las chicas de hocico blanco cuánto falta para que la llamen. “Falta un rato, señora”, le contesta siempre, sin siquiera revisar la lista. “¿Alcanzaré a ir al laboratorio?”, pregunta la mujer mirando el cacho de carne que tiene unas partes blancuzcas y otras rosa. Hocico blanco alza los hombros. La mujer y su frasco vuelven al asiento y me miran como quien dice ¿qué se te perdió? “Es para un cultivo”, explica después ella, suavizando la expresión. Yo asiento. Ella sigue “es un cacho de nalga”. Yo me sonrío a medias. Ella adivina mi pensamiento “Sí, ya sé, tengo de donde”. Ahora me sonrío del todo. “Debo llevarlo al laboratorio”, insiste, y que quizá perdió la orden, que está muy confundida, se tomó unos tranquilizantes esa mañana... tal vez está en su bolso: “Me lo tenés un segundo, quiero mirar si...” ¿Qué? El cacho de nalga se acerca, veloz, a mi regazo, la mujer me lo pasa como si se tratase de una revista Avon: “...esta crema ablanda las cutículas”. Yo me echo hacia atrás, brusca, me levanto asustada. “Pero...”, la mujer empieza a hablar, pero la voz de la recepcionista se superpone “García Robayo Margarita”, dice por el micrófono. “Me llaman, lo siento”, le digo a la mujer, y alzo los hombros en señal de impotencia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7929545135149947268?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7929545135149947268'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7929545135149947268'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/06/en-guardia.html' title='En guardia'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3260627451147877680</id><published>2009-05-28T15:04:00.001-03:00</published><updated>2009-05-28T15:04:58.208-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Invisible</title><content type='html'>Desde la puerta de casa grito “voy a lo de G”, y que vuelvo en un rato. Nadie me contesta. Afuera está helado. Camino a la estación me cruzo con una señora del geriátrico de al lado de casa. Se llama Francia y es muy amable. “Buenos días, señora Francia”, la saludo, pero esta mañana me ignora. El tren va casi vacío, un ciego pide monedas, se acerca meneando su bastón de un lado a otro. El tren frena y el ciego se tambalea; voy a ayudarlo pero un chico se me adelanta, lo toma del codo y lo conduce hacia el otro vagón. Miro al chico y le sonrío, es una manera de decirle “eres una persona buena”. El chico sigue de largo sin notar mi sonrisa y mi mensaje alentador; casi ni me esquiva, y yo debo echarme a un lado bruscamente para no ser arrollada por ellos. En la calle me pasa lo que siempre me pasa en cualquier calle porteña: me empujan y nadie se da vuelta para decirme “disculpe” o “mi sentido pésame por la muerte de su pie”. Ya estoy acostumbrada, no me sorprende. Me sorprende, en cambio, que el señor del quiosco no note que hace un rato estoy pidiéndole unos beldent de frutos verdes, y que tengo cambio, o sea: que no es una excusa. Insisto, me le pongo enfrente, le muestro las monedas; él atraviesa mi cuerpo con su mirada que va a posarse a la minitele. Me harto y me voy. Toco el portero eléctrico de casa de G, hace mucho frío. Todo lo que quiero es subir a su departamento y zambullirme en una pava hirviendo. “¿Sí?”, contesta G. “Hola, soy yo”. “¿Sí?, ¿quién es?”, insiste G. ¿Me está jodiendo? “Ábreme, por favor, es M”. “No se escucha”, dice G y cuelga. No puedo creerlo. Decido llamarla por teléfono, saco mi celular pero está descargado. Vuelvo a tocar varias veces pero siempre pasa lo mismo: G no me escucha. Me harto y me voy. Entro a un locutorio, no hay nadie en el mostrador, sólo hay un par de chicos sentados en computadoras y tienen audífonos. Trato de abrir la puerta de una cabina de teléfono, pero está cerrada. Me siento en una computadora, resignada, y abro mi correo: ningún mensaje. Es muy raro, a esta hora del día ya me han llegado varios spams, algún correo de mi madre y, por supuesto, la invitación diaria para alargar mi pene. Los chicos de las computadoras se levantan y se van y yo me quedo sola sin saber qué hacer. Vuelvo a probar con las cabinas: están cerradas. Vuelvo a la computadora: ningún correo. Miro el chat, si encuentro a G en el chat puedo decirle que soy yo, que me abra. Entonces es cuando surge la revelación, es cuando entiendo todo, el chat me lo dice claramente y hace que todo este extraño día tenga sentido. Respiro aliviada y vuelvo a leer: “Eres invisible”, dice el chat. Cambio mi estado a “visible” y descubro cómo, de repente, aparece gente a mi alrededor.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3260627451147877680?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3260627451147877680'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3260627451147877680'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/invisible.html' title='Invisible'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5786133313118714253</id><published>2009-05-25T18:04:00.000-03:00</published><updated>2009-05-25T18:05:48.244-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La posibilidad de una nube</title><content type='html'>Voy con Teo en el auto entrando a la ciudad por la autopista, vía 9 de Julio, y vemos una nube espesa y oscura posada sobre uno de los edificios altos que hay al final. La nube no se mueve. Está tan detenida que parece un manchón en el paisaje. Bordeando la autopista están, como siempre, esas torres de concreto y más allá la villa enorme y más acá el tren que, desde el auto, parece avanzar a nuestra misma velocidad. Y si uno mira fijamente la nube, a medida que se acerca, parece que todo lo demás estuviera también detenido; o que todos avanzáramos al tiempo, da igual. Si alguien estuviese viendo el conjunto a través de un lente –el auto, la autopista, las torres de concreto, la villa, el tren, el edificio alto, la nube– no tengo ninguna duda de que el foco estaría puesto en la nube. Y si estuviéramos a punto de ser una foto la nube definiría el concepto. La potencia, debería ser el concepto. La capacidad de llegar a ser. Nadie sabe qué va a ser la nube, pero seguro que no va a ser una nube suspendida en el aire para siempre. Va a tener que moverse, disiparse, o derramarse sobre el edificio; y cuando eso suceda el resto del conjunto va a cambiar. Teo pone música, ahora ya no somos una foto sino una escena de película. Batman, quizá. Esta parte de la ciudad tiene ese aspecto de caricatura dantesca a lo Ciudad Gótica. Pero Teo no se parece a Bruno Díaz. Teo se parece al Che Guevera y a Lenin, y yo no me parezco a nadie que pueda combinar con esos personajes. Suena el primer acorde de una canción hermosa: “Bill’s hit tune”, se llama, y combina muy bien con la escena de la película que no es Batman. Combina con la nube suspendida y con todo aquello en lo que podríamos convertirnos si la nube decidiera dejar de ser potencia y concretar su amenaza. Le pegunto a Teo qué cree que va a pasar con la nube. Él me dice que se va a evaporar. Yo también creo lo mismo, pero por suerte puedo imaginar otra cosa y hacer de cuentas, cuando ya no tenga la nube enfrente,  que eso fue lo que pasó. Porque cuando entremos a la 9 de julio, ahora, la nube seguirá siendo la misma nube suspendida y yo me quedaré con eso: con su potencia. Con el mejor momento de cualquier suceso, cuando todo está por transformarse no se sabe en qué y tampoco importa. Cuando las posibilidades son tantas que emocionan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5786133313118714253?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5786133313118714253'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5786133313118714253'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/la-posibilidad-de-una-nube.html' title='La posibilidad de una nube'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3842845063196107098</id><published>2009-05-24T11:23:00.000-03:00</published><updated>2009-05-24T11:24:08.275-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Notas</title><content type='html'>Tengo una amiga que se deja notas a sí misma por toda la casa. Uno llega a su departamento, se saca la campera, la cuelga en el perchero y hay una nota pegada a un abrigo marrón que dice: “llevar a la tintorería”. Después te sientas en un sillón y en el apoya brazos hay un memo pegado con la leyenda: “¿debo cambiar los cojines?” Siempre estoy tentada a preguntarle ¿qué cojines? Nunca vi cojines en esa casa. Sus notas te dan una idea de las cosas que le preocupan en un sentido estrictamente formal, aunque cada tanto se manda una reflexión más compleja, y se hace difícil descubrir de qué está hablando: “¿Para qué?”, decía en una hojita rosa pegada en un estante de la biblioteca la última vez que fui a su casa. Las otras notas eran más obvias: en el placard había un papel que decía “Necesito bombachas”; en el espejo de baño otro que decía “Jabón Dove: una truchada”; y en el revistero al lado del inodoro había decenas de memitos de colores con anotaciones sobre lo que lee cuando está allí sentada, y sobre otras cosas más íntimas que le pasan en ese rincón. El caso es que ir a su casa es como zambullirse en su cerebro. Conozco pocas personas de quienes, antes de abrir su heladera, ya sepa que está intentando comer “¡más proteínas!”. Pero en cambio se olvida de anotar algunas cosas más estructurales; la última vez, por ejemplo, me iba a apoyar en la baranda del balcón y se mandó un alarido: “¡cuídado, está floja!”. Después de tomar aire le pregunté que, ya que tenía la costumbre, por qué no ponía una nota en la baranda que dijera: “Peligro”. Me dijo que le parecía poco sutil. Cada vez que uno entra a esa casa hay nuevos memos, nuevas cosas que hacer... Esa chica debe gastar en tinta y papel lo que no gasta en una asistente. Ella dice que es la única manera de acordarse de lo urgente, de no caer en la desidia. A mí me pasa que cuando salgo de su casa me siento cansada: me imagino todas las cosas que tiene que hacer según sus paredes y me canso. Según mis paredes yo no tengo nada que hacer, y eso, según mi amiga, debería angustiarme. Porque ella dice que uno siempre tiene cosas que hacer, sólo que se olvida, y que así uno podría vivir rodeado de problemas como la canilla que gotea, la bombilla quemada, el jabón equivocado. La última vez le pregunté si ésa no era justamente la gracia: que uno sólo tuviera que hacer aquello que tiene presente. Y que si se olvidaba de un “problema”, el problema desaparecía, si lo anotaba no; y que cuando el problema era muy grave no se le iba a olvidar ni que lo intentara. Ella lo pensó un segundo: “es un buen filtro”, dijo después. Y fue a anotarlo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3842845063196107098?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3842845063196107098'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3842845063196107098'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/notas.html' title='Notas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3129157046500099165</id><published>2009-05-24T11:22:00.001-03:00</published><updated>2009-05-24T11:22:56.140-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El universo Schweblin</title><content type='html'>Hace mucho tiempo, cuando me encontraba en una situación medio bizarra, a simple vista inexplicable pero al mismo tiempo maravillosa, donde era obvio que algo raro estaba ocurriendo más allá de mi entendimiento, solía preguntarme: “¿qué es esto, La dimensión desconocida?” No recuerdo cuándo dejé de comparar ese tipo de situaciones con la serie de tele, supongo que cuando pasó el tiempo suficiente como para olvidarme de esa serie, que durante casi toda mi infancia fue mi preferida. Después estuvo Twin Peaks y el universo Lynch, y mucho después llegó Lost y, en fin... Ése es todo un rubro aparte del que me alejo y regreso crónicamente, como una junkie del irritante efecto desconcierto. Pero hoy quiero hablar de algo más cercano, algo que me hizo volver a encontrar un contexto que reviviera eso de sentirse parte de una situación excitante y misteriosa, donde también ocurren cosas extraordinarias, pero que están narradas con tanta naturalidad que nadie las llamaría fantasiosas. Hablo del universo Schweblin. Lo descubrí hace unos cuatro años la primera vez que tuve en mis manos un libro de cuentos de Samanta Schweblin. Ahora me leí su segundo libro “Pájaros en la boca”, recién publicado por Planeta, y volví a sentir eso mismo, pero mejor. Esta vez ya sabía en lo que me metía y la sorpresa fue reemplazada por la emoción del reconocimiento. Esta vez los cuentos estaban más maduros, mejor resueltos (aunque en el universo Schweblin la palabra “resuelto” es casi un oxímoron). Esta vez agarré los “Pájaros en la boca” y los desplumé de un sopetón. Cada cuento te produce eso que producen los mejores libros de cuentos, la necesidad de seguir hurgando en los siguientes para ver si descubres algo más que te ayude a descifrar todo: todo el libro, la cabeza de Samanta. Pero uno sabe que no, que es imposible, que estas historias están construidas y atadas para no ser descifradas. Y que al final siempre te quedará la sensación de estar parado frente a una totalidad de códigos perfectamente combinados, de la que sólo se te permite conocer una parte: ese cuento. Es la misma sensación que le queda a los personajes. Porque no es que los personajes de este libro se crucen de brazos y te miren con suficiencia: “Ja, yo sí que lo sé todo”. No, incluso los personajes más extraños actúan motivados por la racionalidad propia de una persona normal, que se angustia ante lo inexplicable, que se aterra y que se excita. Y es el narrador, que no existe pero existe, el que se alza de hombros y te dice, de la manera más lúcida posible: “Es así”. Así es, inabarcable y maravilloso, el universo Schweblin.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3129157046500099165?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3129157046500099165'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3129157046500099165'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/el-universo-schweblin.html' title='El universo Schweblin'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7406009011386193112</id><published>2009-05-12T15:47:00.002-03:00</published><updated>2009-05-12T15:48:27.376-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Bichos</title><content type='html'>En la mesa me esperan tres, cuatro horas de asado y conversación forzada con unos amigos que no son tan amigos como para decirles “che, callénse un poquito, ¿sí?” Por eso he decidido apartarme un rato y estoy sentada bajo un árbol de Tilo con Luis, el hijo de ocho años de los anfitriones. La madre de Luis, desde la mesa, admira en voz alta mi “facilidad para entenderme con los niños”. En mi barrio eso sería un insulto, o un delito. Pero yo le digo que sí, claro, me encantan, son tan espontáneos, tan geniales... y tan otras cosas que solemos atribuirles a esas pobres criaturas. Son cosas que se dicen para los padres, claro, los niños ni registran; los niños son dueños de un universo tan particular e impenetrable que lo que hacemos el resto más o menos les fastidia. Y cuando hacen show es única y exclusivamente porque sus padres los obligan, los empujan al ridículo. Antes de sentarse acá, Luis había hecho a pedido de su madre un show para los invitados: “Imitá a Pimpinela, Luisito, andá”, le había dicho. Y el muchachito obedeció: hizo voces, gestos, bailecitos. Los grandes le decían: oh, uh, ¡bravo Luis! Y le aplaudían como a un monito de feria. Fue ahí cuando decidí apartarme de la mesa, ir a esconderme bajo un árbol donde yacían juguetes. Cuando Luis volvió agarró una palita y se sentó no muy lejos. Cavaba y sacaba bichos de la tierra. Después los metía en una caja que había sido de chocolates. “¿Qué haces?”, le pregunté. Luis me ignoraba, por supuesto. “¿Coleccionas bichos?”, insistí. Él asintió. “¿En esa cajita?”. Se río, como quien dice: qué idea tan pelotuda, anciana. “¿Entonces dónde?”. Luis señaló una montañita de hojas secas al final del jardín. “¿Quieres ver?”, me dijo con ojitos llenos de ilusión. “Claro”, contesté. Caminamos, Luis llevaba su cajita cerrada con bichos nuevos. Cuando llegamos apartó con las zapatillas Topper el montoncito de hojas y apareció la tapa de madera de una caja que había sido de vinos. Luis me miró: “¿Lista?” Yo dije “lista”, en un tono solemne. Entonces él alzó la tapa con el pie y apareció una sopa de bichos vivos y muertos: cucarachas, arañas, moscas, moscardones, gusanos, más gusanos. Me eché hacia atrás, aterrada, mientras él hacía aterrizar sus nuevos bichos entre los otros y soltaba una risa diabólica; una cucaracha con pelos se le subía por el jean. Luis sacudió su patita, puso rápidamente la tapa de madera y acomodó las hojas. “¿Todo bien, chicos?”, gritó su dulce madre desde la mesa. Luis me miró serio, amenazante: “¿Todo bien?”, repitió. Y yo, sin el menor titubeo, asentí.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7406009011386193112?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7406009011386193112'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7406009011386193112'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/bichos.html' title='Bichos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6686038503769012939</id><published>2009-05-12T15:47:00.001-03:00</published><updated>2009-05-12T15:47:51.127-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Equilibrio</title><content type='html'>Dicen que todo en la vida encuentra su equilibrio. Que si uno está mal hoy es porque es el turno de otro de estar bien, y sólo queda esperar a que otro empeore para que el bienestar nos llegue. Es una idea que puede comprobarse entre amigos y familiares. Eso me decía mi madre el otro día, cuando le contaba una mala noticia de Equis, una soberana cagada, una tragedia horrorosa que ella consideró, sencillamente: “la cuota de sufrimiento que Equis tenía que vivir”. “¿Eso quiere decir que Yé debe estar bárbaro?”, le pregunté. Y ella dijo “por supuesto”. Se me dio por comprobarlo llamando a Yé, a quien casi nunca llamo, y Yé pensó que me había pasado algo malo. “¿Está todo bien?”, dijo al teléfono, nervioso, quizá presintiendo que una mala noticia entorpecería su felicidad y entonces, sería su turno de ser miserable. Le dije que todo estaba bien, Yé respiró aliviado. Le dije que sólo quería saber cómo estaban por su casa. Yé, lógicamente, se derramó en un chorro de buenas noticias. Yo sólo pensaba que por su culpa Equis la estaba pasando tan mal. “¿Cuánto tiempo llevas así?”, le pregunté. “¿Así cómo?”. “Así, feliz”. Yé se quedó callado, debía estar haciendo cuentas en su cabeza. Después habló “No sé, diría que desde principios de año; porque el año pasado la pasé terrible, nada me salía...” Claro, pensé, el año pasado fue el gran año de Equis. Dije chao y colgué. Me pregunté si Yé era consiente de que su felicidad suponía la desgracia de Equis, me pregunté si, de estar al tanto, sería igual de feliz. Supongo que sí, aprovecharía su cuarto de hora porque sabría que en algún momento él sería Equis y Equis, Yé. Después caí en cuenta de que Equis y Yé no se conocían, que su único punto en común era yo, o sea que su felicidad y su desgracia existían para que yo mantuviera mi equilibrio. Por cada persona en equilibrio existe una persona feliz y una persona desgraciada. Somos triángulos isósceles, dónde la felicidad y la desgracia son los laterales de una base equilibrada. Y cada lateral es, a su vez, la base de otros dos laterales, y así se va graduando la desgracia y la felicidad en el mundo. Eso demuestra que siempre habrá alguien más feliz y más desgraciado que otro y que al alcanzar la felicidad suprema –el lateral positivo del último triángulo–, a ese alguien feliz no le queda más que iniciar su retorno hacia la desgracia extrema –el lateral negativo del primer triángulo–. La muerte. Eso debe explicar por qué la hija de Equis se mató. Eso quiere decir que la hija de Equis fue, alguna vez, muy pero muy feliz. Y eso debería ser tranquilizador, pero no lo es. Es sólo una complejísima ecuación inútil.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6686038503769012939?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6686038503769012939'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6686038503769012939'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/equilibrio.html' title='Equilibrio'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5836048786144145355</id><published>2009-05-06T17:49:00.002-03:00</published><updated>2009-05-06T17:50:26.556-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Huevo, huevo, huevo</title><content type='html'>Desde el asiento 3D del avión se escuchaba muy bien el diálogo de Julián y Lucas. Venían de participar en una competencia sudamericana de tenis, de la que fueron rápidamente eliminados. Estaban bajos de ánimo, pero tampoco era el fin del mundo, se decían. Ahora, de todas formas, el tema era otro; superado el capítulo del campeonato –por cuyos entrenamientos se perdieron tantas noches de joda, partidos de Boca y jornadas largas de cerveza–, ahora venía la venganza. Basta de tenis, era el turno del fútbol. Basta de canchas, era el turno del futón. Empezarían esa tarde y ya lo habían planeado. Guille, un tercer amigo que no estaba, había grabado el partido del día anterior: Boca–Banfield. Guille no había ido al partido para poder mirarlo junto con ellos; no había salido de su casa para evitar enterarse de cosas que la gente pudiese comentar por la calle, tipo: qué mal jugó el Pato, o bien, cómo se lució Silva, o así. Los tres amigos habían hecho sus apuestas, arriesgado marcadores, discutido formaciones. Ya en el avión Julián y Lucas sólo querían llegar, les parecía que cada minuto que pasaba los acercaba a la verdad que se negaban a conocer; no habían mirado Internet esa mañana y, en cambio, se habían quedado aplastados en un banco del aeropuerto con tapones en los oídos, para evitar tropezarse con algún desubicado que vociferara el marcador por pura maldad. Se encogieron de hombros hacia dentro, abrazaron la ignorancia. Cuando el avión aterrizó ya no tenían mucho más que decirse. Mientras esperaban el equipaje, estiraron las piernas, saltaron sincronizadamente y entonaron un cantito: boca, boca, boca; huevo, huevo, huevo. Recibieron las valijas y salieron con los dientes apretados. Yo también salí y vi a Teo, que me esperaba con una lechita Cindor en la mano. Adoro la lechita Cindor, pero no viene al caso. Julián y Lucas caminaban atléticos delante de mí, yo alcé la mano, saludé a mi hombre. Mi hombre alzo mi lechita Cindor y se acercó; esquivo a Julián y a Lucas que saludaban a un señor que hablaba por celular, debía ser el padre de alguno. Teo me abrazó, me dio mi lechita; sonreía, pero estaba ensombrecido. “¿Qué pasó, amor?”, le pregunté. Julián y Lucas seguían allí, tensos, esperando a que el papá colgara. “No pasó nada...”, dijo Teo, disimulando su evidente irritación. Entonces lo supe, pero cuando quise decirle ya era muy tarde: “...bueno, sí –me dijo–: pasó que perdió Boca” Y suspiró. Julián y Lucas se miraron entre ellos con una expresión que combinaba terror, tristeza, decepción, vocación suicida... Y mi hombre, despiadado, remató: “Tres a dos, en un partido de mierda...”&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5836048786144145355?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5836048786144145355'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5836048786144145355'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/huevo-huevo-huevo.html' title='Huevo, huevo, huevo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4229684240465058780</id><published>2009-05-06T17:49:00.001-03:00</published><updated>2009-05-06T17:49:45.181-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Antiargentino</title><content type='html'>Se llama D, tiene ojos claros, es americano, cincuentón. Vive en muchas partes, pero me lo encuentro en Río. Los azares lo traen a una cena en casa de mi amigo R, en Copacabana, a quien visito por estos días. Lo primero que me dice D, cuando le digo dónde vivo, es que odia Argentina. Al principio me lo dice tímido, como quien no quiere ofender. “I just hate that fucking people”, subrayará más tarde, vino mediante. D vivió en Buenos Aires durante la dictadura. ¿Por qué?, le pregunto, él me dice que por trabajo y no elabora. ¿Qué trabajo? D contesta que no importa, pero que vivió en varios países de Latinoamérica durante varias dictaduras y ninguno le pareció peor que Argentina. “Racistas, fascistas, colaboracionistas...”, enumera impresiones. Yo le digo lo obvio: que si vuelve ahora va a encontrarse otro panorama. No se lo digo tan tajantemente porque lo noto enardecido y no quiero crearle falsas expectativas. Además, me siento pidiendo disculpas por algo de lo que no soy responsable: “Las paredes tienen grietas, perdón, es la humedad” Hay un falso fervor patrio en mi comentario que me parece patético; por alguna razón me incomoda que alguien se sienta tan resentido hacia el mismo lugar por el que yo me siento sólo agradecida. D tuvo que huir de Argentina, tampoco especifica las razones, y se vino al Brasil. “Adoré Brasil”, dice. Se ve que es cierto porque desde entonces no ha hecho sino volver a Brasil, nunca a Argentina. Cuando el vino muta en cachaza se suelta más y me cuenta que tenía amigos que murieron, pero que eso no fue lo peor, sino tener que codearse a diario con gente del común que hablaba con desprecio infinito de sus amigos. Eso no lo entendía. Entendía que hubiese dictadura: no eran tan originales en esa época. No entendía que la “gente del común” se mostrara satisfecha y proclive a justificar la atrocidad. “En todos lados hay de esos, sí –me dice, anticipándose a lo que muchos le habrán dicho y espera que le diga yo– pero nunca vi que lo disfrutaran tanto como allá”. Asiento. No sé por qué asiento, no es algo que sepa con certeza. Supongo que asentir es una manera de decirle a sus ojos azules, brillantes de rencor, tristeza encallada, que lo siento. Antes de irse D me dice –se disculpa– que quizá vuelva alguna vez, que es verdad que pasó mucho tiempo, que podría darse una segunda oportunidad... “Claro”, le digo, pero no le creo, lo que le pasó no parece ser algo que pueda borrarse fácil, una frase en la pizarra. D asiente, se sirve el último trago, se lo toma, mira el vaso vacío y vuelve a asentir, como quien todavía necesita convencerse.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4229684240465058780?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4229684240465058780'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4229684240465058780'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/05/antiargentino.html' title='Antiargentino'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3278046239745948196</id><published>2009-04-28T20:38:00.000-03:00</published><updated>2009-04-28T20:39:41.758-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La casita de música</title><content type='html'>En Monserrat, frente al departamento de mi amiga Z, hay una casa vieja donde dan clases de piano. Cada vez que paso por ahí me paro a escuchar y me da la sensación de que la casa, que es fea y chiquitísima, se convierte en una hermosa cajita de música, de esas de terciopelo, que esconden bailarinas giratorias. Me gusta pasar por ahí: cuando me paro en la vereda de la casa se siente como cuando en medio de una maratón te dan un trago de Gatorade. Nunca estuve en una maratón, pero he visto muchas propagandas. El profesor de piano es de Polonia, según me informaron mis fuentes: los niños y niñas que toman clases a la tarde. Cuando les pregunté qué tal era el profesor me dijeron: “polaco”. Mi amiga Z está de viaje y me encargó regarle las plantas del balcón, así que últimamente paso por la casita musical más que de costumbre. Hace unos días me paré en la vereda a escuchar “Para Elisa”: sonaba de corrido y de pronto se paró. Pensé que debían estar estirando los dedos, tomando impulso o té o lo que sea que tomen los pianistas en el intervalo entre un tema y otro. Pero no, estaban saliendo y yo vine a saberlo cuando abrieron la puerta y me los encontré de frente. “Hola –dije–, linda música” El profesor polaco, que era inesperadamente redondo y petiso, se quedó mudo por un instante en el que escudriñó mi lánguida existencia. Después asintió: “Gracias”. Detrás de él se veía una pared descascarada y un montoncito de basura arrumado en una esquina. Retrocedí un poco y simulé hablar por el celular, es un impulso que aparece en los momentos de vergüenza suma. El profesor despidió al que debía ser su último alumno del día y entró en la casa; yo esperé un rato para ver si se sentaba a tocar. Pero de la casita de música no salió ni medio acorde. Pensé que si allí escondían bailarinas debían ser rengas. O cadáveres. Cuando por fin salió un sonido de la casa fueron los campanazos de un reloj anunciando que eran las siete y que la noche y el frío me pisaban los talones y que la carroza, como siempre, no era más que una calabaza triste.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3278046239745948196?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3278046239745948196'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3278046239745948196'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/la-casita-de-musica.html' title='La casita de música'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6628367318147874327</id><published>2009-04-28T20:36:00.000-03:00</published><updated>2009-04-28T20:37:55.883-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Sentimientos</title><content type='html'>La puerta de vidrio decía en letras azules: “insumos para computadoras”. La mujer la empujó con fuerza y el móvil chino que colgaba del techo se agitó, entonando un chillido metálico que me destempló los dientes. La mujer tenía los ojos irritados y un vasito roto que le hacía un charco de sangre en la córnea derecha. La mandíbula le temblaba, pero no porque fuera a llorar, sino por la inercia de haber llorado mucho. Eso era evidente. Había llorado sin parar por lo menos durante la última hora. Se paró frente al mostrador: “Necesito un técnico”. El chico que atendía le dijo “Sacá un número”. Lo más notable de esta mujer llorosa, después de su ojo sanguinolento, era la manera en que se aferraba a lo que llevaba en los brazos: una laptop envuelta en un chal rosa; la estrechaba contra ella y le decía: sh, sh, sh... Al mismo tiempo, la computadora hacía un ruidito parecido al de un celular que se le está acabando la batería, o al de un asmático que le cuesta respirar. Yo había llevado unos cartuchos de tinta para rellenar, y ahora me sentía como si estuviese en una guardia por un dolorcito en el dedo meñique, mientras que la mujer de atrás trataba de calmarle la tos a su bebé tísico. Así que le dije al chico que la atendiera primero: “Si no te importa, le cedo mi turno”, fueron mis palabras. No quería que pensara que estaba promoviendo el desorden en su negocio. El chico alzo los hombros: “Me cago en la diferencia”. Una ternura. La mujer se abalanzó sobre el mostrador sin escupirme un gracias. “¡Un técnico!”, gritó. El chico le sacó la máquina de sopetón, la desenvolvió y la abrió. En la pantalla apareció un tablero con códigos raros, cómo los de Matrix. “A esta pobre se le ven las tripas”, dijo y empezó a escribir la boleta. La mujer reprimía el llanto, daba golpecitos con los dedos en el mostrador: “¿va a estar bien?” El chico seguía en la boleta. Todo lo hacía con una parsimonia perfectamente confundible con la mala voluntad. “Pasá el jueves”, le dijo por fin y le dio la boleta. “¿¡El jueves!?”, aulló la mujer. “¡34!”, llamó el chico. Era mi turno. La mujer salió lentamente abrazando el chal vacío, esta vez sí que le costó abrir la puerta. El chico había puesto la laptop en un estante lleno de laptops y ahora me atendía a mí. “¿Tiene arreglo?”, le pregunté. El negó con la cabeza: “Se le metió un virus, la destrozó por dentro”. “¿Y por qué no le dijiste eso?”, le pregunté, sorprendida. Él me miró más que sorprendido, aterrado: “Por respeto” Negó con la cabeza y después de un resoplido siguió: “...no se puede creer, hoy día la gente ya no tiene sentimientos”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6628367318147874327?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6628367318147874327'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6628367318147874327'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/sentimientos.html' title='Sentimientos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-9086872405759407897</id><published>2009-04-21T12:22:00.000-03:00</published><updated>2009-04-21T12:23:13.975-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El bajo mundo</title><content type='html'>Mi amigo León es chileno, vive acá hace casi dos años. Nos vemos de vez en cuando y al despedirnos siempre nos decimos “tendríamos que vernos más”. Pero cada vez nos vemos menos. No vivimos tan lejos, pero parece. León dice que Buenos Aires es un laberinto, que cuesta llegar a cualquier lugar. Al principio no llegaba, se perdía y me llamaba desde un locutorio: “Margui, ayúdeme a salir de acá”. Había que ir a rescatarlo, no entendía nada. Ahora tampoco entiende, pero encontró una vía segura para llegar a lugares remotos por fuera de su área de residencia. El subte. Desciende desde muy temprano, asciende cuando ya está oscuro. A mí me pasó algo así al principio, cuando llegué a Buenos Aires. El subte me pareció el único medio de transporte manejable y me convertí en un topo: andaba pálida por el bajo mundo, disfrutando del folclor under de la línea D. Hasta que me di cuenta de que el subte era una zona de confort que a largo plazo te jugaba en contra. En el subte la ciudad deja de tener calles y avenidas por tener estaciones. En el subte el sonido es tan constante y homogéneo como el silencio. En el subte el mundo es: 1) un túnel que huele, 2) gente apretujada, 3) lámparas blancas y/o penumbra. Se lo dije a León, que no podía seguir así, que se estaba enterrando en vida, que pronto mutaría en una Tortuga Ninja. “Estás verde”, lo estremecí por los hombros. Él no reaccionó. Esa vez estábamos en un bar y, aunque era de noche, por la ventana entraba un rayo de luna confundible con el sol. León giró su silla, dándole la espalda a la luz. Sobre su cabeza oscura se dibujó una aureola. “No quiero salir –me dijo–, afuera me pierdo”. Le conté que una de las cosas más lindas que tenía Buenos Aires era el cielo. “Es azul como el mar Caribe”. León me dijo que cuando se movía por afuera siempre estaba tan perdido que nunca tuvo tiempo de mirar el cielo. Hablaba en pasado, como si hubiese renunciado del todo a la superficie. Esa noche intenté convencerlo de que valía la pena salir, de que la luz le daba otro aspecto a las cosas –“un aspecto tenebroso”, acotó él–, de que afuera el aire era más sano –“sólo si un médico te ha recetado smog”, insistió–, y que los días no consistían sólo en trasladarse de un punto a otro, había más cosas en el medio –“monstruos”–. Fue imposible. Al final caminamos por Cabildo a ritmo de marcha atlética; él miraba temeroso a las personas que nos cruzábamos en la vereda y se movía errático, en zig zag. Después apretaba los labios y volvía a fijar los ojos al frente, a lo lejos, en el cartel de Olleros. Sólo entonces recuperaba la calma.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-9086872405759407897?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9086872405759407897'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9086872405759407897'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/el-bajo-mundo.html' title='El bajo mundo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-357713078470720655</id><published>2009-04-20T12:34:00.000-03:00</published><updated>2009-04-20T12:35:58.247-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Penitencia</title><content type='html'>Fui educada católica y aunque cuando crecí se me pasó un poco, me quedaron algunas secuelas. El sentimiento de culpa es la principal y cuando siento que la Divina Providencia me está favoreciendo mucho busco modos de equilibrarla inflingiéndome duras penitencias. El último castigo autoimpuesto fue obligarme a mirar en las mañanas un rato de noticias en C5N. La pareja noticiosa que más me aflige es Claudio Rígoli y Débora Plager. Sus caras color bronce, el gesto adusto que traen por default, el asquito con que pronuncian palabras como: “trapito”, “dengue”, “hebebonafide”. Si hubiese que comparar ese segmento con alguno de los misterios del Rosario, sin duda serían los Misterios Dolorosos. Pero no todo el mérito es de los presentadores, de hecho, hoy no hablaré de ellos sino de otro de los personajes del reparto que me genera agonía en este lapso de pasión culposa. El Dr. Cormillot y sus imágenes en Power Point. Narraré un episodio que hizo retorcer de pena a mi alma cristiana; lo contaré por pura solidaridad, porque en la tradición religiosa que suscribo hasta el sufrimiento debe compartirse:&lt;br /&gt;Era una mañana luminosa y bella, por lo tanto debía padecer un poco. Prendí la tele y me encontré con la noticia de un preso que se lanzó al vacío en una cárcel. Pasaron un video en el que el hombre, encaramado en una viga del techo, decía que era inocente y que no lo dejaban ver a su hijita y que ya no quería vivir. Los guardias lo esperaban abajo con una lona para atraparlo “Tirate, que te agarramos”, le insistieron muchas veces. El preso se tiró y por alguna razón que no había podido determinarse, no cayó en la lona sino en el piso. El cráneo se le rompió en tres partes y murió. Entonces vino la reflexión: el Dr. Cormillot sacó sus láminas preciosas con dibujos de cráneos: la bóveda craneal o calota bla, bla, bla... Primero dio la lección anatónima y después, dedo en alto, nos iluminó con una linda enseñanza: padres no dejen salir a sus nenes en la bici sin el casquito, en Estados Unidos a nadie le venden una bici si no se lleva el casco. Silencio en el set. Ardor lacerante en mi corazón pío. “Muchas gracias, doctor, muy pertinente su reflexión”, dijeron sus compañeros. El doctor peló su sonrisa brillosa y no se habló más del preso, quedó claro que no era el único en el mundo que poseía un cráneo. &lt;br /&gt;Yo me di la bendición y apagué la tele. Decidí que la penitencia de esa mañana valía por dos cachetazos, que Dios no podía pretender que pusiera todavía la otra mejilla. Afuera el día seguía igual de hermoso, pero ahora sí me lo merecía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-357713078470720655?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/357713078470720655'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/357713078470720655'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/penitencia.html' title='Penitencia'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7888515066923335603</id><published>2009-04-17T22:10:00.000-03:00</published><updated>2009-04-17T22:11:28.318-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Ventanas</title><content type='html'>Hay casas que son muchas casas, están en esos edificios con patio interior al que miran todas las ventanas. En Buenos Aires he visto un par, en uno de esos vive mi amiga Tamara. Es un lugar elegante y por eso llama la atención la ausencia total de privacidad. Más raro es que todos se ven pero nadie interactúa. Tamara y yo nos sentamos en su living a tomar el te, por ejemplo, y por la ventana se ven las ventanas de enfrente; nos acercamos un poco más y vemos las de arriba y las de abajo. Todas están llenas, siempre pasa algo. Hay una chica que practica el violín cada tarde y hace un ademán tembleque cuando arranca que, según Tamara, es falso. Hay dos viejas entongadas que juegan cartas y comen masitas. Hay un chico que estudia acodado en la ventana y Tamara dice que si tuviera quince años más le saltaría encima. Hay una jaula con un pájaro al que una nena alimenta con salchicha. Tamara no sabe los nombres de nadie. Cree que la nena se llama Violeta porque su hijo Pablo la mencionó el otro día: “Violeta es disexual” le dijo. “¿Quién es Violeta?”, preguntó Tamara. Él le dijo que la del 4–k. Cada tanto voy a visitar a Tamara. Ella fuma y habla de lo de siempre: de su divorcio. Yo miro las ventanas de afuera y pienso boludeces, como que esas personas conforman un elenco de actores y, salvo la chica del violín, sus partes deben transcurrir en silencio. Siempre caigo en la tentación obvia de imaginar que un día alguien va a salirse del guión y a joderlo todo. A perturbar esa convivencia acética y silenciosa. A gritar por la ventana: ¡Violeta es disexual!, o alguna otra cosa. Pero eso no sucede. Llevan allí más de un siglo: las ventanas, digo; y la idea de que la vida transcurre de adentro para afuera y se enmarca en un solo plano. Tamara, cuando nota mi interés desmedido por su vecindario, me dice que no siempre es tan así, que a la noche cambia el panorama, cambian los personajes, se banaliza la escena. En lugar de la violinista hay un nenito jugando al play, y el violín yace apabullado detrás del sillón; en la mesa de las viejas hay un florero horroroso; en lo del chico lindo hay también una chica linda que se lo come a besos; en la ventana del pájaro ya no está Violeta sino sus padres haciendo la sobre mesa: él se fuma un puro y ella se toma una copita de oporto. “¿Cómo sabes que es oporto?”, le pregunto. Tamara alza los hombros. Y en su ventana, continúa, aparece ella con su eterno cigarrillo y mira el patio vacío, oscuro como un pozo sin fondo. Allí se queda hasta que se hace tarde y todos, uno a uno, van cerrando las cortinas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7888515066923335603?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7888515066923335603'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7888515066923335603'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/ventanas.html' title='Ventanas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2796156084146114750</id><published>2009-04-14T17:46:00.001-03:00</published><updated>2009-04-14T19:43:16.287-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Cada cosa en su lugar</title><content type='html'>Estábamos en el departamento nuevo de L y D convocados para cenar. La comida era árabe, L tiene esos ancestros. Se le nota en las cejas, en su cara afilada, en esa manera de bambolear su cuerpito fino cuando camina, siempre enfundada en algo negro y elegante. Hubo tour y exclamaciones de admiración: el departamento es espléndido, hasta los alambres que salen del techo, aún sin lamparitas, aportan su glam. Cada objeto –el salero, el platito del café, la muñequita china que te mira desde un estante– fue elegido cuidadosamente en un coqueto mercado de pulgas. Antes de sentarnos a la mesa me paro frente a la heladera plateada, modernísima, de esas panzonas, y miro mi yo convexo. Cuando me dispongo a dar la vuelta, descubro al lado de mi reflejo, a la altura de mis rodillas, una cara verde y arrugada. Es un reptil. Hay un reptil en el departamento bello de mis amigos bellos. Aparece D. “Ah, conociste a Igu”, dice y se acerca al reptil, le acaricia la cabeza con el dedo: “Hola Igu”. Me cuenta que la trajo de una veterinaria amiga porque estaba enferma. Ahora ya está mejor, vive en una rama de ficus posada sobre el piso de mármol al lado de la heladera, y cada tanto se aperpleja mirando su reflejo –¿espejito, espejito...?– “¿Es feliz?”, es lo único que se me ocurre preguntarle a D, dado que la casa no parece el habitat de una iguana –a menos que Igu hubiese descendido de la nave de “V Invasión extraterresetre”–. D me dice que no podría decirlo con exactitud, Igu es más bien arisca, no es que uno pueda sentarse al lado y entablar una conversación. Después, embarcado en una euforia animal, me muestra su segunda mascota enferma: un pez con labio leporino que vive en el mesón de la cocina, en una pecera. El pez se asoma al vidrio, abre y cierra su boca enorme leporina para saludar. Parece que largara alaridos. “¿Hola?”, le contesto. D se lo trajo de otra veterinaria amiga porque con ese defecto no se vendería. Es cuando aparece L, viene por un kebbe crudo de su autoría que está en la heladera. Antes de abrirla ella también se mira y se acomoda los rulos con las manos, como enjugándoselos hacia arriba: “Una vez se trajo a un pájarito al que le faltaba una pata”, dice; pasa el peso pluma de su cuerpo de una pierna a la otra, abre la heladera y saca el kebbe: “... y otra vez un conejo con cáncer, murió en la bañera” Igu alza la cola, estira más el cuello, vuelve a mirarse en el espejo. L suspira: “Pobre conejito, che”, sus zapatos de plataforma se saltan al reptil y la trasladan graciosamente rumbo a la mesa. “Los humanos, a cenar”, ordena. Y los humanos, obedientes, la seguimos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2796156084146114750?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2796156084146114750'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2796156084146114750'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/cada-cosa-en-su-lugar.html' title='Cada cosa en su lugar'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5294903816879763074</id><published>2009-04-13T23:03:00.001-03:00</published><updated>2009-04-13T23:03:32.305-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La señora Rita</title><content type='html'>Cerca de casa vive una mujer que sale a la vereda en camisón. Teo y yo la hemos visto regando las plantas o bañando la vereda o simplemente parada mirando a un lado y al otro, hasta que pega la vuelta y se entra. Me dice Ángel, el señor de la garita, que es la viuda de alguien que tuvo guita pero la malgastó y no le dijo nada a la señora hasta el día de su muerte, cuando ya era tarde para que ella remediara el asunto. No sé a qué se refiere Ángel con eso de “remediar el asunto”, por el gesto de su cara parece insinuar que, años atrás, la señora tenía atributos que le habrían servido para ganarse la vida en Corrientes. En caso tal, se entiende porque el marido botarata se llevó a la tumba el secreto de su ruina. Después, bueno, vino la historia de siempre: la viuda se vio sola, vieja y pobre, y decidió pasarse la vida en camisón. El camisón que usa es blanco, de esos que traslucen la silueta. La señora, sobra decirlo, ya no tiene los atributos insinuados por Ángel; su silueta es mas bien rolliza y pálida y sus piernas tienen tantas venitas azules como el mapa hidrográfico de un país con muchos ríos. Cuando el clima refresca, la mujer se pone medias de lana que le llegan hasta la mitad de la pantorrilla y hace salidas más fugaces. “Adiós, señora”, la saludan los vecinos al pasar. Ella alza el mentón y dice “Adiós”, pero por la expresión de su cara parece que dijera más bien: “Ay, qué dolor”. Ángel, fuente infinita de historias de los vecinos, también me cuenta que la mujer se llama Rita y que perdió un par de hijos: uno durante la dictadura, otro en un accidente. Le quedó una hija que vive lejos, no se sabe bien dónde, en un lugar donde hace mucho frío; por eso la señora Rita nunca va a visitarla. No parece que vaya a ninguna parte de todas formas. Según Ángel, hay una chica que le hace las compras, hay una enfermera que la cuida y cuando sale es directamente en la ambulancia porque “tiene una enfermedad”, me explica, ahora ensombrecido. “¿Qué enfermedad?”, le pregunto, y él me dice que no sabe bien, que tiene un nombre científico, pero que es esa en que la gente se pone tan pero tan triste que no le dan ganas ni de bañarse, ni de comer, ni de vestirse. Eso le dijo la enfermera. “¿Y qué más te dijo?” le pregunto. Él alza los hombros: “Que la tristeza la va a matar”. Hace ya varios días que Ángel me contó esto, y hace varios días que la señora Rita no sale a la vereda. No digo que se haya muerto, claro que no, sólo digo que quizá no tiene más ganas de salir. Y digo también que, a veces, la muerte no es lo peor que le pasa a las personas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5294903816879763074?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5294903816879763074'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5294903816879763074'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/la-senora-rita.html' title='La señora Rita'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1799727957963290849</id><published>2009-04-07T17:53:00.005-03:00</published><updated>2009-04-07T18:35:14.637-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Un borracho vacío</title><content type='html'>Son las diez de la mañana, salgo a comprar el pan, y en la vereda frente a la panadería hay un tipo sentado, patas en la calle. Se tambalea hacia delante y hacia atrás. Los autos le pasan muy cerca. Está de traje, zapatos finos. Se agarra la cabeza con las manos: tiene los dedos separados y tensos, se los entierra en el pelo, se toca el cráneo. Los cráneos son calientes. Cuando la mañana está fresca, como hoy, enterrar los dedos en el cráneo debe ser una buena manera de calentarse las manos. Yo hago la fila para pagar. La chica de la caja también mira al hombre de la vereda de enfrente. No es raro ver a un borracho sentado en una vereda, claro que no; es raro, un poco raro, que vaya tan bien vestido y que parezca un actor de cine. Es el borracho más bonito que vi jamás. Pelo negro, copioso; blanquito y ojiazul a lo Clark Kent. Ahora habla. “¿Qué dice?”, dice la mujer detrás de mí en la fila. No se oye bien desde acá pero parece estar repitiendo lo mismo una y otra vez. La cajera imagina que canta: “Debe tener linda voz”, suspira. La mujer de la fila piensa que necesita ayuda: “Quizá lo asaltaron y entró en shock”. Yo pienso lo más obvio: que los borrachos suelen repetir cosas porque sí. “Cloroformo”, puede que diga, o “suma cum laude”, o “aguante Riquelme”. La cajera cuenta que lleva un rato allí, cuando ellos abrieron ya estaba. Su madre, la dueña del negocio, se acercó a preguntarle que si lo podían ayudar, si le llamaban un taxi. El hombre le dijo: “lindos pies”. Su vieja no insistió. Desde entonces algunas personas que caminaban por la vereda se le habían acercado a preguntarle cosas: que si se había caído, si necesitaba algo, si por ahí pasaba el 59. Cuando salgo, cruzo la calle para escuchar lo que dice el hombre, pero ha decidido callarse y se tapa la cara con las manos. Quizá llora. O duerme. Me paro a una distancia discreta y lo miro por un rato en el que no le descubro nada particular, salvo que tiene un tufo mortal a vino y más tiempo libre que yo. Enfrente, la cajera sigue mirándolo acodada en el mostrador; está empeñada en atraerlo con el imán de su retina. Me canso. Me resigno a no saber qué le pasó al hombre para terminar así borracho en una vereda. Pienso que quizá es mejor, que cualquier historia podría ser decepcionante porque casi siempre lo son. Antes de seguir mi camino lo veo tambalearse por última vez, lentamente, hacia delante. Queda suspendido uno, dos, tres segundos antes de volverse hacia atrás, como si nada le pesara, como si tuviera el cuerpo vacío. La historia completa nunca la sabré, pero el final es éste. Está claro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1799727957963290849?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1799727957963290849'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1799727957963290849'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/un-borracho.html' title='Un borracho vacío'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6003772715501691567</id><published>2009-04-07T17:53:00.001-03:00</published><updated>2009-04-07T17:53:51.159-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El niño viejo</title><content type='html'>Estaba con mi amiga Z en un bar de almuerzos de la Avenida de Mayo, y al lado nuestro había un niño que comía solo, junto a su sombrero de copa. Iba ataviado con un chaleco a cuadros y un shortcito marrón. Zapatos cabezones de charol, también marrones. Brillaban tanto que cuando movía el pie parecía que le crecían cuchillos de acero que se estrellaban contra techo y paredes, y se doblaban. Todo le quedaba un poco grande. El niño cortaba los fideos en pedazos pequeños, los amontonaba a un lado del plato y después se los comía con una cuchara. Nosotras recién habíamos comido y tomábamos el café. El niño, que tenía aspecto y ademanes muy serios, nos miraba cada tanto, alzaba el mentón exageradamente y, tras enjugarse los labios con la servilleta puesta a modo de babero, decía: “Damas, ¿qué tal?”. Z negó con la cabeza: “Hay niños que desde niños son viejos”, murmuró. Tenía sacárselo de encima, la sentencia le había estado bailando en la cara como el punto rojo de un láser. Eso era este niño: un niño viejo. Y no como Benjamin Button: era un niño viejo perfectamente sano que comía fideos mutilados de pura manía. “Debe tener una madre desquiciada”, le dije a Z, porque alguien que viste a su nene como un abuelo y lo manda a los bares a comer solo no debe estar muy cuerdo. “Una madre perversa”, agregó Z, una chica tajante con muchas opiniones sobre muchas cosas. El niño viejo terminó de comer, apartó su plato y se sacó la servilleta del cuello. Se enjugó las comisuras y se recostó en la silla. Cruzó la pierna como la cruzan los señores: acostando el tobillo sobre la rodilla contraria. Temí que en cualquier momento sacara un tabaco y se lo fumara. Alzó la manita para llamar a la mesera, llevaba un reloj sobrio, nada de Bart Simpson ni esas cosas. La mesera se acercó, le preguntó al “señor” si quería algo más; el señor dijo con su voz de nene: “Un jerez”. La mesera, cuya segunda barbilla –o eso que vulgarmente llaman papada– recordaba el buche de un sapo, dijo que claro, enseguida. Levantó platos, vasos y cubiertos con su brazo grandote y diligente. Después miró al niño viejo con una falsa mueca de disgusto, y el niño viejo largó una risa, se palmeó las piernitas, volvió a reírse. Cuando se reía no era más un niño viejo, era sólo un nene mal vestido, pobre. La mesera, que se había sumado a la risa del niño, se agachó para darle un beso en la cabeza: “Sacate ese disfraz, corazón, y andá a hacer la tarea”. Y el niño viejo, aún entre risas, corrió veloz rumbo a la cocina. Z y yo, sin saber qué decirnos, terminamos el café en silencio.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6003772715501691567?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6003772715501691567'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6003772715501691567'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/04/el-nino-viejo.html' title='El niño viejo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3624913237092502242</id><published>2009-03-31T14:34:00.001-03:00</published><updated>2009-03-31T14:35:12.206-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Ventanas</title><content type='html'>Hay casas que son muchas casas, están en esos edificios con patio interior al que miran todas las ventanas. En Buenos Aires he visto un par, en uno de esos vive mi amiga Tamara. Es un lugar elegante y por eso llama la atención la ausencia total de privacidad. Más raro es que todos se ven pero nadie interactúa. Tamara y yo nos sentamos en su living a tomar el te, por ejemplo, y por la ventana se ven las ventanas de enfrente; nos acercamos un poco más y vemos las de arriba y las de abajo. Todas están llenas, siempre pasa algo. Hay una chica que practica el violín cada tarde y hace un ademán tembleque cuando arranca que, según Tamara, es falso. Hay dos viejas entongadas que juegan cartas y comen masitas. Hay un chico que estudia acodado en la ventana y Tamara dice que si tuviera quince años más le saltaría encima. Hay una jaula con un pájaro al que una nena alimenta con salchicha. Tamara no sabe los nombres de nadie. Cree que la nena se llama Violeta porque su hijo Pablo la mencionó el otro día: “Violeta es disexual” le dijo. “¿Quién es Violeta?”, preguntó Tamara. Él le dijo que la del 4–k. Cada tanto voy a visitar a Tamara. Ella fuma y habla de lo de siempre: de su divorcio. Yo miro las ventanas de afuera y pienso boludeces, como que esas personas conforman un elenco de actores y, salvo la chica del violín, sus partes deben transcurrir en silencio. Siempre caigo en la tentación obvia de imaginar que un día alguien va a salirse del guión y a joderlo todo. A perturbar esa convivencia acética y silenciosa. A gritar por la ventana: ¡Violeta es disexual!, o alguna otra cosa. Pero eso no sucede. Llevan allí más de un siglo: las ventanas, digo; y la idea de que la vida transcurre de adentro para afuera y se enmarca en un solo plano. Tamara, cuando nota mi interés desmedido por su vecindario, me dice que no siempre es tan así, que a la noche cambia el panorama, cambian los personajes, se banaliza la escena. En lugar de la violinista hay un nenito jugando al play, y el violín yace apabullado detrás del sillón; en la mesa de las viejas hay un florero horroroso; en lo del chico lindo hay también una chica linda que se lo come a besos; en la ventana del pájaro ya no está Violeta sino sus padres haciendo la sobre mesa: él se fuma un puro y ella se toma una copita de oporto. “¿Cómo sabes que es oporto?”, le pregunto. Tamara alza los hombros. Y en su ventana, continúa, aparece ella con su eterno cigarrillo y mira el patio vacío, oscuro como un pozo sin fondo. Allí se queda hasta que se hace tarde y todos, uno a uno, van cerrando las cortinas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3624913237092502242?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3624913237092502242'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3624913237092502242'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/03/ventanas.html' title='Ventanas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3174088463518346038</id><published>2009-03-30T09:57:00.000-03:00</published><updated>2009-03-30T09:58:13.645-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Comentario</title><content type='html'>Estuve de vacaciones y recibí cartas muy amables que quiero agradecer. A la señora que me recomendaba usar ropa oscura para disimular las manchas, gracias por el tip. Al joven poeta que me escribió una frase larga en forma de haiku, qué detalle –era una gran frase erótica que no reproduciré por respeto al derecho de autor. A la mujer que me retaba por mi intolerancia a la mierda de perro que alfombra la ciudad, le pido disculpas extensibles a las mascotas que posee. Hubo otras cartas que me alegraron los días y lamento no poder detenerme en todas. Pero escogí una para comentar hoy, porque justo se trataba de eso: del oficio de comentar. La escribió un señor Sean, y me contaba sobre una nota de Bioy Casares donde se refería al oficio del columnista. Decía, entre otras cosas, que “si no tuviéramos el consuelo de comentarla, la vida sería más dura”. Su correo fue como una lluvia fresca en un día de verano infernal. Literalmente: ese día el cielo se derretía; yo estaba en un bar–wifi y por la ventana veía gente chapoteando en la vereda. Si hubiese estado sola habría cantado al aire: ¡cuánta razón tiene, Don Sean; cuánta razón, Don Bioy! Pero, intimidada por el mundo, sólo pensé que una revelación debía ser eso: un pensamiento propio puesto en las palabras correctas. Porque cada vez que alguien me preguntó para qué escribía columnas, para qué servía comentar que afuera llueve y hay un viejo empapado que muerde un cartón, yo quise decir eso mismo que decía Sean en su correo, porque eso mismo pensaba. Pero siempre me salió algo distinto, algo como un ehhh sostenido en el que desaparecía el interlocutor y yo quedaba en un salón vacío donde sólo se escuchaba el zumbido de una mosca, el eco del silencio. Pensé también, en medio del cuchicheo del bar sobre las gotas que caían a modo de “shhh”, que la pregunta para qué sirve comentar no aludía solamente a quienes nos dedicábamos al columnismo, sino a todo el que poseyera la habilidad del lenguaje. Todo el mundo comenta. La gente siente alivio cuando puede contar que vio, pensó, elucubró, concluyó excitadísima, que la mejor manera de disimular las manchas es poniéndose ropa oscura. No importa si al momento de decirlo, el otro, quizá inmerso en sus potenciales comentarios, todo lo que hizo fue hacer montañitas con las migajas del pan en la mesa y, tras un resoplido que volvió a dispersarlas, dijo: ¿Te parece? Comentar alivia, yo también lo creo, pero no sabía cómo decirlo. Gracias por sus comentarios, queridos lectores. Y gracias, señor Sean, por las palabras correctas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3174088463518346038?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3174088463518346038'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3174088463518346038'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/03/comentario.html' title='Comentario'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2666006611268533352</id><published>2009-03-07T09:25:00.000-02:00</published><updated>2009-03-07T09:26:42.647-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El señor Junior</title><content type='html'>Otra vez estamos en una feria americana de esas que Teo adora y yo he aprendido a tolerar, como su tendencia a la elaboración silogística en conversaciones domésticas. Esperamos nuestro turno, somos muchos, y como siempre pasa en estas situaciones la gente está nerviosa porque cree que cuando entre ya no va a quedar nada, que se habrán llevado todo lo que vale la pena. Nunca supe qué es lo que vale la pena, quizá siempre llego tarde: cuando sólo quedan estantes repletos de patos de cerámica como los de mi tía Ramona. La tía Ramona termina siendo la mayor beneficiaria de estas ferias: si llego a comprar algo –un pato de tres pesos– va a parar indefectiblemente a su living. “Adelante” dice alguien, y entramos. La casa está medio derruida, probablemente la demolerán una vez le saquen todas los cachivaches que tiene adentro. Teo se me pierde, seguro que está husmeando las bibliotecas, las placas en la pared, las fotos. Teo tampoco compra nada nunca, lo que lo excita de venir a las ferias es el puro morbo de historiador: le gusta saber cómo vive otra gente y a partir de lo que descubre reconstruir sus vidas. Siempre que salimos de las casas me cuenta con pelos y señales quiénes eran o son los propietarios, hace sumas y restas para averiguar qué hacían y dónde estaban en determinados años susceptibles para la patria y entonces decide si son despreciables o no. Por fin encuentro a Teo en un ático mirando unas cajas de madera que contienen películas muy antiguas. Están marcadas en la cubierta con leyendas como: “Sarita y Junior, primer viaje en barco. Río, 1926”; “Mamá y papá en Montevideo, 1921”; “Viaje en ferrocarril con los niños. Asunción, 1930”. Y así, hay decenas de cajas de películas con imágenes de ciudades que ya no existen. Teo busca al dueño, un señor de noventa y tantos que habla solo en la galería. Es el único hijo que queda: Junior, supongo. Le digo que es al pedo, pero él insiste. Le pregunta al señor qué piensa hacer con esas películas, que por qué no las dona a un museo, que hay imágenes que no mucha gente conoce, que… Junior lo mira desde sus ojos vidriosos, inexpresivos, y dice: “y… pero son de mamá”. Teo calla, se le ve contenido –X es de mamá, mamá está muerta, luego X es de Junior–. “Claro”, dice por fin, pero que quizá un museo… “Son de mamá”, repite Junior, alza los hombros en señal de impotencia. Y luego, como si de repente se acordara de algo, se mete la mano al bolsillo, le pide a Teo que se acerque y le da un lindo pato de cerámica con pico rojo y sombrero panamá. “Es el único que queda”, dice, con los ojos brillantes de emoción.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2666006611268533352?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2666006611268533352'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2666006611268533352'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/03/el-senor-junior.html' title='El señor Junior'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1785954111579360283</id><published>2009-03-02T11:40:00.000-02:00</published><updated>2009-03-02T11:41:43.255-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Portación de pasaporte</title><content type='html'>Llamo por teléfono al gobierno de la ciudad, necesito pedir un turno para un trámite. Oigo una voz de señora que enumera opciones, marco 4–1, y la misma voz me dice que en un instante seré atendida. Espero un instante en el que empieza y termina una canción. Al fin contesta alguien, creo que se llama Graciela, pero puede ser Beatriz, se me borró su nombre cuando empezó a maltratarme. Me pasa eso cuando me maltratan: me bloqueo, elimino al verdugo de mi visual y tarareo una canción de cuna. Taras, les llaman. Pero antes de bloquearme le dije que necesitaba pedir un turno para un trámite equis, ella me dijo que me correspondía una oficina que yo sabía que no era. Le dije que me habían dicho que me correspondía otra oficina, y que si me podía confirmar que… “No”, dijo la mujer, seca. “¿Perdón?”, dije. “Que no”, dijo otra vez, y que la oficina era la que ella me decía, pero que de todas formas a mí no me iba a servir de nada ir allá. “¿Qué qué?”, balbucee. La mujer se quedó callada, me pareció que había colgado “¿Hola?”, dije. “La tonada”, dijo ella, o murmuró, más bien; o quizá se había estado conteniendo y sencillamente escupió la frase. “¿Perdón?”, volví a decir. La mujer, ahora con más ímpetu, me explicó: “Vos sos extranjera, no damos turnos a extranjeros”. Le expliqué que era residente, que vivía acá hace mucho, que… “Decime tu DNI” Empecé a decírselo: “nue…”. “Sos extranjera”, volvió a decir con esa voz de asco –sos mierda fresca en mis zapatos nuevos–. Me bloquee. Tararee en la cabeza esa que dice: chocolate, molinillo, corre, corre, que te pillo… Esa que seguro Graciela no conoce porque es una canción extranjera. “…y escuchame, ser residente no te hace argentina, sos y serás siempre extranjera ¿entendés?” Colgó. Nunca me había pasado algo así. Llamé a la CGP del trámite, pregunté si atendían extranjeros y me dijeron “por supuesto”, pero que debía pedir un turno en el gobierno de la ciudad, opción 4–1. Claro. Ya sé que en éstos días mi nacionalidad ha sido mancillada por episodios narcos que los noticieros presentan cuál película de Coppola, pero lo de negarme un trámite por portación de pasaporte es un poco mucho. Por eso hoy he decidido dedicar esta columna a la honorable funcionaria de la ciudad que inspira este relato, para decirle públicamente en mi tonada colombiana –usualmente comparada con la melodía de un dulce bolero–, que usted ha ensuciado la integridad de esta patria generosa, conocida por su espíritu de puertas abiertas y hospitalidad hacia los inmigrantes. Y que tenga larga vida, señora xenófoba, que su estrechez mental no la asfixie.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1785954111579360283?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1785954111579360283'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1785954111579360283'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/03/portacion-de-pasaporte.html' title='Portación de pasaporte'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-402614003685634522</id><published>2009-02-24T14:27:00.003-02:00</published><updated>2009-02-24T14:27:55.639-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Un oficio obsceno</title><content type='html'>El otro día estaba en un locutorio porque en casa se había roto el Internet. A mi lado había individuos risueños que vistos a vuelo de pájaro parecían pasarla bárbaro consigo mismos. Algunos se miraban en el facebook, la mayoría actualizaba su blog, fotolog y/o ese engendro precarizador de contenidos: “twitter”. Ese día, en vez de buscar la concentración mínima indispensable para contestar un parco email, me dediqué a espiar. Y mientras espiaba creí entender la razón por la que, a lo largo de un tiempo, he compartido silenciosa y culposamente el sentimiento de esa gente que dice, con convicción visceral, cosas como: “odio a los bloggers”. Claro que decirlo así es casi como decir “odio a los grupos humanos que se valen de herramientas técnicas para crear contenidos”, lo que termina incluyendo a cualquiera que agarre un lápiz y dibuje una flor. Pero más allá de la ligereza que supone empaquetar en el sujeto plural “bloggers” a todo aquel que tiene un blog –bueno, malo, horroroso–, insisto: ese día, rodeada de bloggers que se autodefinían bloggers, creí entender por fin por qué lo de ser blogger me parece un oficio obsceno. Y aunque la siguiente será una afirmación aún más subjetiva que la anterior diré que no soy una vieja obtusa, nací en el año ochenta y una parte de mi cerebro goza aún de lozanía; la otra, es cierto, es un pozo de prejuicios. Cuando digo obsceno me refiero a esos blogs que hablan única y exclusivamente de su autor en una forma tal que te lleva a pensar que antes de crearlos deben cumplir con un requisito previo: matar a sus abuelas. Me refiero a esa especie de comunidad autorreferencial que se linkea los piropos entre sí: “equis dijo que mi texto es brillante”;  “fulano dice en su blog que estoy tan pero tan buena”; “dicen que mi última novela inédita es un hit en la red” –después uno va a los respectivos blogs y se encuentra con la gran viceversa. Ese tipo de blog, que se nota más que otros porque abunda como mosca en abono, es el que también tiende a sobreexponer cada paso que da su autor, por más trivial que sea, a modo de haiku: “esta tarde fui a la peluquería, me hice un flequillo a lo Moria” ¿Y dónde está la gracia? ¿Sólo en poder hacerlo? Hay tantas cosas que uno puede hacer y no hace por pudor, sentido común, amor propio. Uno puede hacer de basura, de pelotudo, de garca, de pedófilo, pero también puede abstenerse. La pregunta es cómo quiere verse uno ante el mundo. Mi pregunta es si los bloggers sin abuela se la hacen. Prefiero pensar que no, porque si la respuesta es que quieren verse como se muestran, ya no sería obsceno sino sólo triste. Y eso sí que no tiene ninguna gracia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-402614003685634522?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/402614003685634522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/402614003685634522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/un-oficio-obsceno_24.html' title='Un oficio obsceno'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4742397652619366190</id><published>2009-02-24T14:24:00.000-02:00</published><updated>2009-02-24T14:25:22.416-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La ciudad de los sueños</title><content type='html'>Una pareja de amigos –R y Yé– viene a pasar una semana a Buenos Aires. R es mexicano, Yé es española y los dos viven de ser cultos: trabajan como editores de publicaciones literarias de alto turmequé pero bajo perfil. Para R es la primera vez en la ciudad y está genuinamente maravillado. Reconoce que maravillarse no es algo que le pase tan fácilmente, y sabe que queda mal decirlo pero, dice, no es que conozca un par de lugares en el mundo, no: R es un tipo muy viajado. Para Yé es la tercera vez en Buenos Aires y cuando escucha hablar a R asiente, le dice que sí, sí, pero se la nota dudosa. R no tiene dudas, de ninguna manera, él está convencido de que acá confluyen una serie de factores que producen como resultado la ciudad de sus sueños. Lo explica tajante, como si dijese uno más uno. Una vez sentada su postura, los demás atestiguamos con perplejidad su emoción y efervescencia ante situaciones a las que nos hemos más que habituado: olvidado. Como que –recita R– hay pizzerías deliciosas y librerías completísimas abiertas hasta la madrugada, y tiendas sofisticadas que diseñan suelas de zapatos, y dependientas hermosas que leen a Foucault detrás del mostrador, y perros gráciles que corren como liebres por los parques, rebosantes de amor hacia la humanidad. Y no es que R desconozca los defectos de la ciudad: es capaz de enumerar hasta tres de seguido y sin tomar aire. Pero luego se olvida, se distrae, y jura de cara al firmamento querer morir bajo ese cielo inmenso que lo ocupa todo. Mientras R se regodea en su recién descubierto fanatismo porteño, los demás, contenidos, intentamos no romper el hechizo. Recordamos, probablemente, que hubo un tiempo en el que miramos Buenos Aires con los mismos ojos maravillados de R, pero después, por distintas razones, esa mirada empezó a enturbiarse. Pasó, a lo mejor, que los defectos que al principio se registraban, tiernos y cómplices, como la lista de tics del amor más reciente, empezaron a pesar. Los perros gráciles se hicieron engendros fastidiosos, la dependienta hermosa que lee a Foucault detrás del mostrador pasó a ser un aparato frívolo que posa de letrada. Seguro que, durante años, fuimos fermentando laboriosamente críticas furiosas hacia la ciudad de los sueños de R y al final nos hicimos cínicos. Pero hoy, vaya a saber por qué razón que involucra condescendencia y melancolía, nadie le dice nada a R. Sólo lo escuchamos hablar y disfrazamos de sonrisas el rictus doloroso de la envidia, como un público adulto frente a Peter Pan.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4742397652619366190?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4742397652619366190'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4742397652619366190'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/la-ciudad-de-los-suenos.html' title='La ciudad de los sueños'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4234174000819604770</id><published>2009-02-17T14:16:00.000-02:00</published><updated>2009-02-17T14:17:22.803-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Érase un hombre bueno</title><content type='html'>Érase un hombre bueno rodeado de gente buena, que comía asado en medio de un jardín. Motivo: cumpleaños, mayoría de cincuentones. Este hombre, cuyo porte sobresalía entre los demás y cuya voz era confundible con la de un protagonista de alguna película sobre gente buena en Berlín Oriental, hablaba. Los presentes lo escuchábamos y asentíamos conmovidos. El hombre bueno se quejaba del gobierno, se quejaba de la pobreza, se quejaba de Tartagal. Pero no se piense ni por un segundo que era un hombre quejumbroso. Su queja no era altiva, era un lamento que en su voz reclamaba música: ¡guitarra para el hombre bueno, por favor, su discurso es una canción! El hombre bueno se decía optimista, creyente fervoroso del progreso; hacía pausas para agarrar impulso, en las cuales tomaba sorbos del vino bueno servido en la mesa. Más de uno, estoy segura, estuvo reprimiendo las ganas de pararse y aplaudir. El hombre bueno sumó, en dos patadas, mayoría de votos para un cargo al que no aspiraba. Debe ser de ese tipo de gente que llaman “inspiradora”. Pero entonces vino la declive: el hombre bueno, sintiéndose respaldado por el sentir popular del jardín, decidió que su intervención se extendería durante el resto de la noche y decidió también que cualquier comentario adicional de alguien distinto a sí mismo sería objeto de reflexión profunda de su parte. A partir de ese momento, si alguien decía cosas como: “oh, hay un pájaro muerto”, el hombre bueno se aclaraba su garganta potente y argumentaba, impecable pero incoherente: “El sistema capitalista está destruyendo nuestra fauna”. Y así, cuando alguien dijo que tal persona vivía “cerca de Puerto Madero”, el hombre bueno lanzó una tos elegante, se acomodó el cuello de su camisa y dijo: “Los emprendimientos urbanos concebidos para la elite son inadmisibles”. Y al momento del postre, cuando alguien exclamó: “Mmm, el chocolate es una droga”, el hombre bueno paró abruptamente su discurso anterior y elaboró uno nuevo: “El tema de las drogas tiene tantas aristas perniciosas como positivas, tendríamos que hacer brigadas de concientización…” El hombre bueno recorrió todos los puntos de una campaña política inexistente, agotó a su público y seguramente se agotó él. Al final se lo vio cansado, aunque sonriente, secándose con un pañuelo la frente sudada. Se mantuvo expectante ante el silencio, mirando a toda las personas buenas que lo rodeaban, que cada tanto alzaban los ojos para decir cosas como: “Interesante”. Luego volvían a mirar las sobras en su plato y asentían, todos, despacio y al mismo tiempo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4234174000819604770?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4234174000819604770'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4234174000819604770'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/erase-un-hombre-bueno.html' title='Érase un hombre bueno'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4979380658578981068</id><published>2009-02-16T16:54:00.000-02:00</published><updated>2009-02-16T16:55:13.568-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Restorán nuevo</title><content type='html'>Una pareja va a cenar a un restorán nuevo. Están celebrando una efeméride vieja. Han decidido, por hoy, poner en pausa su vida ermitaña cultivada con esmero. Después de todo, piensan, no es tan difícil vestirse, salir, verse con gente vestida que salió de su casa por razones similares a las suyas, o completamente distintas. A quién le importa. Están ahí, en el restorán nuevo que por fuera parece viejo y descuidado, pero por dentro es impecable, elegante, limpio. Tiene lámparas que parecen lunas llenas pero deformes; paredes franja blanca / franja negra; vidrio que mira al patio decorado con árboles de banana; un saloncito rojo para comer “en” la cocina. Los lugares nuevos se parecen entre sí, piensa el marido: son deja vus. “Me gusta este lugar”, dice la mujer. “Me gusta muchísimo” , lo dice varias veces porque es verdad que le gusta, pero también porque la efeméride tiene que ver con ella y se sabe que uno siempre se porta exageradamente maravillado cuando una efeméride lo involucra. La mujer odia la palabra efeméride, se lo dice al marido, él dice que sí, que es horrible. Al fondo canta Sinatra. Los platos de los sitios nuevos tienen que ser inventivos, eso leyó la mujer en una revista gastronómica. Piensa que el chef de ese lugar también lo leyó: “Si las ostras con higos, panceta y queso no son una invención, me declaro oficialmente antigua”, dice. “Mmm”, hace el marido, “mmm”, repite varias veces. No exagera porque la invención es una exquisitez, en eso los dos están de acuerdo. La invención es la norma del restorán nuevo. Cuándo la invención es la norma, se pregunta la mujer, ¿no deja de ser invención? El marido está pendiente ahora de otra invención del restorán nuevo, y es que los meseros hacen los pedidos a través de una maquinita tipo iphone en la que figura una grilla de platos, mesas, meseros. Total que ellos sólo tienen que cliquear un cuadrito y el pedido se imprime en la cocina. No alcanza nadie a pestañear cuando ya tiene todo lo que pidió enfrente, echando humo. “Sofisticado, inventivo, exquisito”, la mujer enumera virtudes, es algo que le gusta hacer. El marido levanta su copa y propone brindar: dice unas palabras relativas a la efeméride vieja, al restorán nuevo. Chocan sus copas, piden postre. Antes de salir se tragan con los ojos cada detalle del lugar, lanzan un suspiro largo parecido al despecho y atraviesan la puerta. Saben, porque ya les ha pasado, que en la próxima efeméride este restorán nuevo e inventivo será viejo y anticuado. Y eso, a ciertas personas, les produce una terrible desazón.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4979380658578981068?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4979380658578981068'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4979380658578981068'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/restoran-nuevo.html' title='Restorán nuevo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-32270919622437277</id><published>2009-02-16T16:53:00.000-02:00</published><updated>2009-02-16T16:54:37.169-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Especímenes</title><content type='html'>Era un día de sol benigno. Había brisa fresca, cielo azul, pájaros cantarines; había, incluso, un río que me seguía. El noticiero de la mañana había amenazado con que la ciudad superaría los treinta grados y la humedad nos aplastaría con la facilidad que se aplasta un zapallo recién hervido. Pero, como todas las mañanas, el noticiero mintió; y allí estaba yo, y tantos más, caminando a lo largo de los diques de Puerto Madero, disfrutando plenamente del error. Todavía no sabía lo que había al final del paseo, entonces me distraía con retazos: escenas inconclusas en la terraza de un bar; el rostro a medias de una chica a quien la brisa le alborotó los pelos y le tapó un ojo, la mitad de la boca, buena parte del mentón, justo cuando yo pasaba; frases fugaces de conversaciones ajenas: “… y lo remojás toda la noche”, le decía una señora a la otra, mientras reinventaban la marcha atlética. Todos, hasta las palomas, nos movíamos como una avalancha en la misma dirección: contra la brisa, de cara al sol. Y al final sólo se veía un oasis de árboles frondosos frente a un edificio de vidrios negros que, luego sabría, guardaba vacas de colores. Al final se acababa el paseo, el río, los diques, y alguna gente rebotaba y caminaba en dirección contraria. Otros esquivaban el edificio y salían a la avenida, desaparecían. Entonces, cuando estuve más cerca, descubrí una tercera clase: unos especímenes maravillosos que andaban de a dos pero parecían uno, y que no rebotaban en el edificio ni salían a la avenida, sino que aterrizaban en esa esquina sombreada y frondosa, y hacían el amor. No era un amor obsceno, si tocase calificarlo podría decirse que era un amor bucólico. Los especímenes se comportaban de la siguiente manera: se revolcaban en el pasto, se frotaban, se daban besos largos, húmedos a la vista; eran tan decentes que no se les ocurría considerar que, quizá, por estar en lo que suele denominarse “la vía pública”, alguien podría verlos; tenían el buen gusto de –en lugar de encerrarse en un telo ambientado en la antigua Roma– amarse a cielo abierto. Me acerqué lo suficiente para mirarlos bien y, mientras me contagiaban su fruición bucólica, pensé que esa esquina de Puerto Madero, vigilada por vacas de colores, debía conservarse y protegerse. Pensé que allí habitaba una especie exótica, casi extinta, que sólo sale de su cueva los días perfectos para derramar su amor bajo un cielo muy azul.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-32270919622437277?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/32270919622437277'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/32270919622437277'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/especimenes.html' title='Especímenes'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3038615056795572931</id><published>2009-02-09T09:04:00.004-02:00</published><updated>2009-02-16T16:53:49.509-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Volver</title><content type='html'>Desde que vivo en Buenos Aires, el momento que más me gusta de un viaje es el de volver. Eso hace que el último día de las vacaciones, cuando algunos de los que regresan a sus casas tienen cara de estar masticando un chicle de gusanos, yo me sienta irremediablemente feliz. Soy la idiota que sonríe en el aeropuerto. La imagen de mi casa se magnifica tanto que siento nostalgia por rincones que nunca jamás usé; me digo cosas como que apenas llegue lanzaré a la gata por los aires y ocuparé su lugar en el sillón mullido de la galería y me echaré a mirar el techo. Cuando imagino volver a casa, el optimismo me lleva a convencerme de que los largos monólogos de Stella Maris son solos de arpa para mis oídos castos. “Amo mi casa, amo mi vida y mi sillón”, le digo a mi cara más que bronceada en el espejo del baño del aeropuerto, mientras una chica a mi lado llora desconsolada porque volver a Buenos Aires significa separarse temporalmente de su chico –ya lo sabré cuando salga y me lo cuente, tan generosa ella, sin que yo se lo pregunte–. Porque en la sala de abordaje, a veces, suceden esas cosas incómodas que te obligan a poner en escena tu indolencia frente al interlocutor que sufre; y cuando la chica me mire con los ojos hinchados y los mocos sueltos y me diga: “Es como partirse en dos”, yo no me inmutaré. La expresión de mi cara serena y sonriente no cambiará en lo más mínimo, porque esa chica y su pena de amor me importan lo mismo que el folclore escocés ejercido por señores de piernas jamones, falda mediante. Además, todo el mundo sabe que la alegría de volver a casa y la satisfacción de saberse dueño de un sillón mullido hacen que las personas se vuelvan levemente garcas. Todo eso me digo frente al espejo y me repito mientras escucho con la sonrisa embalsamada a la muchacha triste en la sala de abordaje. En el avión me lo digo de vuelta y cierro los ojos para soñar que ya estoy en casa, donde guardo mi vida preciosa. Aunque sé que cuando llegue me daré cuenta de que quizá exagero un poco, sólo un poquito, pero no se lo diré a nadie.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3038615056795572931?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3038615056795572931'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3038615056795572931'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/volver_2379.html' title='Volver'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6829188396081722629</id><published>2009-02-03T00:40:00.001-02:00</published><updated>2009-02-03T00:40:26.701-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Soy yo</title><content type='html'>A todos los que han estado preocupados por mi identidad, escribiéndome cartas por aquello del cambio de firma en la Ciudad de la Furia, les quiero decir gracias, me emociona y me produce un gran alivio saber que la gente todavía se preocupa por cosas tan importantes como el nombre ajeno. Procedo entonces a aclarar el equívoco: sí, soy yo, aunque no me parezco, juro que lo soy. Me llamo Margarita García Robayo, y la inclusión del hasta ahora ausente segundo apellido obedece a simple justicia fraternal. En mi país nos llamamos largo, tenemos dos apellidos porque si no las madres se resienten y te largan un día el reclamo consistente en que eres un ser despreciable e ingrato que niega la influencia genética y de conducta que ejercieron ellas sobre uno; influencia que las madres más sobrias, como la mía, tienden a calificar con una sola palabra: absoluta. Es así como mi madre, apellidada Robayo Márquez, me dijo un día que encontraba ofensivo el hecho de que yo –por haberme mudado a un país parco en su aspecto nominal– la excluyera de mi firma como si ella fuera una vulgar falta ortográfica, siendo que su apellido tenía tan linda sonoridad. “Si fuera una palabra con hiato, digamos, yo lo entendería”, me dijo, compungida, y en adelante se enfrascó en un discurso sobre cómo su apellido fluía y se deslizaba por la lengua como el merengue tibio. Al final, sólo para que no siguiera reuniendo argumentos que confundían su linaje con una receta de cocina, le dije que sí, que perdón, y que incluiría su primer apellido –mi segundo– en mi firma. La verdad es que nunca lo había usado, ni siquiera en Colombia, y supongo que tiene que ver con alguna tara de infancia producto del cántico despiadado de mis compañeros de escuela: ¡Robayo, Robayo, cara de caballo! Pero he superado taras peores y no hay por qué ofender a una madre que todo lo que pide, ilusamente, es un poco de figureo. Es por eso que mi nombre se alargó de repente, aunque cuando lo escribí en el teclado sentí que lo había estado escribiendo todos los días de mi vida: mis dedos bailaron graciosamente sobre las teclas respectivas sin el menor titubeo. Pero entonces llegaron las cartas, las preguntas, la inquisición: “¿Sos vos o sos otra, quién sos?” Soy yo, Margarita García Robayo, nacida en Colombia, renacida en Argentina. Gracias otra vez por su preocupación: gracias, amables señores guardianes de la identidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6829188396081722629?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6829188396081722629'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6829188396081722629'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/soy-yo_03.html' title='Soy yo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7419996613264928932</id><published>2009-02-03T00:39:00.002-02:00</published><updated>2009-02-03T00:44:10.596-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Nativo</title><content type='html'>El guía de la isla donde paso unos días con Teo acá en el Caribe colombiano, es, por supuesto, negro. Se presenta como nativo, a secas, dando por sentado que eso basta para explicar su origen. ¿Nativo de dónde?, dice Teo. El guía contesta: “nativo”, y eso es todo lo que hay que decir al respecto. En el hotel también los llaman nativos: “para pasear en canoa, busque a un nativo”; “¿quiere agua de coco?, llamemos a un nativo” “un masaje, por favor, señora nativa” y así. Quizá sea un tema menor, pero autodenominarse nativo es aceptar todo lo que esa palabra ha arrastrado durante siglos y siglos: que uno es un ser salvaje bautizado por un ser civilizado y superior –Oh, Cristóbal, algo se mueve entre los matorrales ¿es un chancho, una víbora, una rata de monte? ¡No, es un nativo!–. Nadie diría soy nativo de Madrid, diría soy madrileño; pero el guía y sus amigos nativos, con la ayuda de una fundación que los capacita en cuestiones turísticas –que les enseña a llamarse nativos, por ejemplo– insisten en acercarse haciendo piruetas y diciendo eso, que son nativos. El guía se embarca en una retahíla ecololó que le enseñó esa fundación; el guía no mira de frente, le parece que si lo hace perderá la concentración y se olvidará de alguno de los miles de datos que escupe su boca gruesa de nativo que se aprendió la lección; el guía incluye en su lección expresiones tan novedosas como: “es lo uno y lo otro y viceversa”. El paseo en la canoa del nativo empieza en la laguna encantada, cuya agua pinta de colores luminosos los cuerpos de los bañistas; cuando se sale del agua encantada, explica el guía, los cuerpos conservan el brillo durante treinta segundos y al día siguiente amanecen como nuevos. ¿Y qué pasa si…? No, al guía no se le pueden hacer preguntas. Para el guía las preguntas son moscas que zumban muy cerca de su cara. Cuando entramos a los túneles que forman los manglares –que son plantas muy pero muy frondosas con raíces enrevesadas que crecen en el agua–, el guía hace una pausa que no sé si atribuir a que está cambiando la página en la libreta mental, o a un paréntesis que le da la indicación de que al entrar al maravilloso túnel donde estamos, debe hacer una pausa estratégica. Una pausa que sirva para olvidarse de él y de todo y concentrarse en los rayos finos de sol que se cuelan por los mangles y rebotan en el agua convirtiendo este pedazo de mundo en una cápsula atravesada por hilos dorados. Es la pausa que justifica éste y cualquier viaje aunque, al salir, el mundo vuelva a ser ese lugar donde los nativos se llaman nativos y hacen piruetas y bogan en canoas recitando palabras tan ajenas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7419996613264928932?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7419996613264928932'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7419996613264928932'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/02/soy-yo.html' title='Nativo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5933609711525411305</id><published>2009-01-26T16:38:00.000-02:00</published><updated>2009-01-26T16:39:07.457-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La boda blanca</title><content type='html'>No se trata de un ritual de Yemanyá o de un casamiento de albinos, en verdad, una boda blanca no tiene nada que ver con doctrinas religiosas, mucho menos con la melanina. Más allá de lo que simboliza espiritualmente para aquellos que creen tener un espíritu, las bodas blancas aspiran promover una actitud; ésa que consiste en ser gente desprevenida que se vistió de blanco por puro accidente, y cuyos rostros alegres y cabellos sueltos son acariciados por una brisa fresca con olor a yerbabuena. Como en un lindo comercial de pastillas mentoladas. Estoy, entonces, en una boda blanca tropical cuya tarjeta blanca era determinante en lo de sacarse los colores de encima. De todas formas nadie osaría hacer lo contrario, no solo porque son las tres y treinta de la tarde y hace el calor de siempre –blanco es igual a fresco–, sino porque nadie querría desentonar con los manteles, los tules que cuelgan del techo, la vajilla o el sector blanco de niños vestidos de blanco con cotillón y golosinas. Nadie tampoco querría ser confundido con alguno de esos detalles menores que contrastan con la blancura del evento: peces vivos de colores vivos que nadan en los centros de mesa, faroles rojos adornando la gran galería que mira el lago, la vegetación frondosa y verde que nos rodea. Últimamente, acá en el trópico, se hacen muchas bodas blancas: es más práctico, me explican, así nadie tiene que gastar en un vestido de lentejuelas que nunca jamás volverá a usar. Hasta la novia podría usar otra vez su vestido blanco, me dicen... ¿en caso de divorcio y segundas nupcias? No, de ninguna manera, en caso de que la inviten a una boda blanca, lo que puede ocurrir en cualquier momento. Pero decía que las bodas blancas promueven una actitud que también podría calificarse como “anti rimbombante”. A pesar de estar vestidos como para un casamiento, la informalidad viene a ser la norma. Hay mariachis; hay tambores y gaitas que aparecen para regalarle a los invitados blancos un mini carnaval con máscaras de colores, antifaces brillantes, silbatos fluorescentes, sombreros; hay una orquesta que toca música alegre para que los novios bailen por los siglos de los siglos. Y el entusiasmo se derrama por la pista, donde un millón de zapatos blancos se deslizan con pasos ligeros y gráciles. Para esta altura, es cuando en los alrededores del salón de tules se ve caer la tarde y llegar la noche, y es cuando aparece en el lago el primer reflejo de una luna redonda, perfecta y blanca, como un comic de la felicidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5933609711525411305?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5933609711525411305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5933609711525411305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/la-boda-blanca_6060.html' title='La boda blanca'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3048420997970464160</id><published>2009-01-23T13:42:00.001-02:00</published><updated>2009-01-23T13:42:37.259-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>En el trópico</title><content type='html'>Llegué Cartagena para asistir a un casamiento muy familiar. Mi madre me dejó esperando cuarenta minutos en el aeropuerto, lo cual es casi una deferencia en el trópico. Mientras tanto, por celular, me dictó una serie de cosas que le faltaban por hacer para la boda, al día siguiente. Eran tantas que en el item número catorce yo me perdí; mi madre, una vez más, había superado con creces el límite en el que lo que estaba diciendo me parecía medianamente interesante. Por supuesto simulé atención absoluta y al final le dije bueno, menos mal ya está casi todo listo. Ella dijo: sí, menos mal. Cuando llegué a casa, la señora que cocina –cinco hijos, otro dentro de su pancita– me tenía preparado un banquete de tipicidades que mi estómago resentiría el resto del día. Pero en el trópico pocas cosas se consideran más ofensivas que rechazar una comida. En el trópico el amor se mide en calorías y, como viviría en casa materna los días suficientes como para que la señora que cocina desarrollara animadversión hacia mí, me dejé servir tres tandas de sancocho y otras más de jugo de maracuyá. Después me dejé conducir a mi antigua cama para reposar el almuerzo; me dejé arrullar por el ruidillo del ventilador de techo y me dejé sumir en la cálida penumbra gracias al hábito tropical –inentendible en otros lugares del mundo– de oscurecer a la fuerza todos los ambientes de una casa. Afuera hacía 37 grados y un sol blanquísimo. Adentro, de repente, se había hecho de noche. &lt;br /&gt;Me levantó un ruido constante y homogéneo como una alarma. Pensé que era el teléfono, pero no; busqué en la penumbra de dónde venía ese sonido y entonces vi al lado de mi cama una luz roja titilante. Prendí la lámpara y encontré a uno de mis sobrinos acostado en el piso reposando su almuerzo, abrazado a un jueguito de naves espaciales que gritaba insistente que su galaxia había sido destruida. Le saqué el jueguito, lo acosté en la cama, salí del cuarto. No había nadie en la casa: había una notita en la heladera que decía que todos estaban probándose sus trajes blancos para la boda blanca del día siguiente y que había un pudín de canela en el horno hecho por mi abuela, especialmente para mí. Pensé que era un gran momento para rechazar una comida sin ser descubierta. Abrí el horno: el pudín venía con una banderita encajada que decía, en letra de mi abuela, bienvenida. Respiré resignada, saqué el pudín y me senté a comerlo en la mesa de la cocina. Allí el calor, amortiguado por un ventanal que mira a la calle, se me hizo casi placentero. En algún otro jardín ladraba un perro.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3048420997970464160?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3048420997970464160'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3048420997970464160'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/en-el-trpico.html' title='En el trópico'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8102930013871397628</id><published>2009-01-17T21:50:00.000-02:00</published><updated>2009-01-17T21:51:48.113-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Un gato me hacía compañía</title><content type='html'>Hace calor, trato de leer en un banco de la estación del tren, pero no me acomodo. Hay un rayo de sol que me sigue como el láser de un francotirador. El sol debería poder apagarse. Me levanto del banco y me siento bajo el toldo roto de un kiosco que está cerrado. Por estos días, a diferencia de las tiendas en liquidación, las estaciones se encuentran solitarias y tranquilas. Claro que estar solo esperando el tren un día de verano produce una sensación de letargo no necesariamente placentera; es por eso que traigo libro, paciencia y disposición térmica flexible. En el cambio de capítulo del libro alzo la cara y descubro que ya no estoy sola: un gato famoso viene caminando por la vereda directo hacia mí. Es el gato que está triste y azul, el de la canción. Pero han pasado años desde que fue un hit y debe ser por eso que tiene el pelo reseco y despelucado, como si lo hubiesen metido en el lavarropas. Se sabe que la fama no los trata bien a todos. Se echa en el suelo, muy cerca de mis pies y me mira, ladea la cabeza. Es tan feo que enternece. Supongo que no debería sorprenderme, la canción nunca dijo que fuera lindo. Vuelvo al libro, pero el gato sigue mirándome con la cabeza ladeada. ¿Qué querrá, que le tararee?... “Cuando era un chiquillo, qué alegría, jugando a la guerra noche y día…”, canto. Son las ventajas de esperar el tren sola. El gato bosteza, debe ser su manera de decirme callate, he vivido con ese verso en la cabeza todos los días de mis vidas. Después se echa boca arriba y entrecierra los ojos, probablemente para evitar el resplandor. El gato que está triste y azul mira fijo las ramas de los plátanos que se mueven despacio porque hay poca brisa; mira también la fila de tórtolas que levanta vuelo y huye hacia algún lugar más fresco; mira las cotorras que gritan como si anunciaran el principio de un carnaval; mira una nube que nada sobre el cielo y se deshace cuando bordea el sol. Luego vuelve a bostezar y deja escapar una especie de quejido infantil. “…Las rosas decían que eras mía y un gato me hacía compañía”, insisto. Le debo parecer una cholula sin remedio. Él se ladea, alza la cabeza y vuelve a mirarme con una expresión que primero juzgo romántica, luego condescendiente. Yo sostengo la mirada de sus ojos grandes, verdes, espantosamente lagañosos. Entonces sopla un viento inesperado, casi violento, que alborota sus pelos alborotados como si le estuvieran dando un shock eléctrico. Es el tren, llega vacío.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8102930013871397628?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8102930013871397628'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8102930013871397628'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/un-gato-me-haca-compaa.html' title='Un gato me hacía compañía'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5423795263338624928</id><published>2009-01-12T23:04:00.002-02:00</published><updated>2009-02-03T13:00:16.889-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Seguir a'/><title type='text'>El rubito</title><content type='html'>El rubito se sienta el asiento de la ventana, lleva pantalón de lino azul claro, camisa blanca, nariz pronunciada. Es del tipo de personas que responden al requisito de buena presencia y por eso los contratan para repartir cupones de ofertas en los stands. Su amiga de flequillo entra después: “¡hola, qué casualidad!”, y le da uno de esos besos que hacen ruido. No hay asientos libres en el tren, él le cede el suyo y se sienta en el suelo, a sus pies. El rubito le cuenta que viene de imprimir su cevé, tiene que llevárselo esa tarde a un subgerente equis que lo entrevistará para un puesto. La chica viene de su oficina, dice que está harta de su jefa, o bien: “esa gorda menopáusica que destila envidia”. Luego de decir eso pone los ojos en blanco, abre la boca e intenta tocarse el esófago con el dedo: “puaj”, añade. “Y sí”, dice él. Al cabo de un rato el rubito se decide: “¿Te puedo mostrar el cevé y me decís qué te parece?”, le pregunta. El rubito habla despacio, es tímido, aunque se las arregla para mirarle las tetas a la chica cada vez que ella se estira el flequillo. “¡Pero obvio, boludo, mostrámelo!”, la chica le arranca el cevé de las manos, como si fuera una muestra gratis de antifrizz. Lee durante tres estaciones, frunce el ceño, se lleva la mano a la barbilla, asiente. Es una hoja y media a espacio doble. “¿Y?”, pregunta el rubito, impaciente. “¡Está buenísimo, boludo, genial!”, dice ella. Él sonríe como si la chica se hubiera alzado la blusa y le hubiera dicho ¡podes tocarlas! “Claro que…”, dice ella, “yo no pondría cantidad de empleados sino personal a cargo, y el nivel de inglés es medio, así que mejor no lo pongas y en la experiencia laboral poné sólo los dos últimos laburos porque, ¿viste?, la gente se marea leyendo tanto –ojos en blanco, dedo en el esófago, parte dos–, y, sobre todo, te faltan los hobbies”. Y le explica que leyó un libro sobre cevés que dice que a los jefes les interesa lo de los hobbies porque nadie quiere contratar robots, y que ponga cualquier cosa salvo el yoga para no dar la sensación de dispersión. El rubito dice gracias con su vocecita casi imperceptible. “¡No, por favor, si me encanta ayudar!”, dice la chica generosa y tira un par de besos al aire antes de bajarse. Él no ocupa su silla, se queda en el piso, suspira dos veces y hace un bollo con el cevé. En los ojos tristes del rubito se puede leer esa única pregunta que le da sentido a la vida: ¿por qué no me mato? Pero inmediatamente después esa frase se borra y sus ojos pasan a decir: ni siquiera tiene buenas tetas.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5423795263338624928?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5423795263338624928'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5423795263338624928'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/el-rubito.html' title='El rubito'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-9118972218002421348</id><published>2009-01-06T13:56:00.000-02:00</published><updated>2009-01-06T13:57:19.227-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Gente como uno</title><content type='html'>Estoy en un shopping, sentada en un café, esperando un capuccino frío que pedí hace veinte minutos. En la fila de la caja, larga como un día de sol en el oeste argentino, una nena le grita a su madre: “¡Te dije que quería hacer pis!” y se alza el vestidito a rayas para mostrarle la bombacha mojada, las piernas chorreadas: está parada sobre un charquito. La gente de la fila se aparta, la madre agarra a la nena por el brazo: “¡Pero..!”, no dice más nada. La nena llora: “¡Es tu culpa!”. El café se impregna del olor a pis, mi capuccino llega y ya no lo quiero. Hordas de personas y personitas ruidosas caminan por el pasillo de enfrente. Odio los shoppings: son lo más parecido a un arreo de ganado. La gente entra sin saber mucho a dónde va y responde a estímulos externos que van guiando su destino. Como las vacas, tal cual. Cuando era chiquita iba los fines de semana de paseo a una finca de una amiga y el entretenimiento principal consistía en mirar el arreo. La primera vez es divertido, la segunda, tercera, décimoquinta vez que miras la faena te provoca lanzar una granada en el medio del campo y convertirlo en una gran bandeja de steak tartare. En el shopping me pasa lo mismo. ¿Que por qué estoy aquí? Porque se suponía que para estos días los shoppings estarían descomprimidos; que sólo quedaríamos los pobretones oportunistas que esperan las liquidaciones de enero para comprarle el regalito a sus sobrinos. Gente como uno. Uno, que para estas cosas de las fiestas es un poco garca. Y hasta hace poco no éramos tantos: porque hay que tener estómago para bancarse a los miserables que te dicen “en enero no va a quedar nada”, o bien, “vas a encontrar toda la ropa sucia y rota” ¿Algún problema con meterla en la lavadora o coserle un botón suelto? Ninguno. Pero esos días han quedado en el pasado; acá estoy, el calendario dice que es enero pero  parece un 24 de diciembre a las 18 horas. No se entiende, ¿ya no hay clases en el mundo? Parece que por estos días las fronteras socioeconómicas se desdibujan rápidamente y el resultado es que cada vez hay más gente como uno. Dicen que la crisis afectó a los ricos frívolos que compraban la primera bombacha de la colección novísima de Maria Cher y que por eso ahora están acá, desfilando frente a mí y mi sopa–capuccino, generando con su presencia, entre los menos enterados, la terrible sospecha de que se hundió Punta del Este. Allí van, como el ganado; los siguen sus nenes que se mean y se llevan nuestros juguetes defectuosos, nuestra ropa sucia, nuestros regalos tardíos. Qué injusticia.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-9118972218002421348?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9118972218002421348'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/9118972218002421348'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/gente-como-uno.html' title='Gente como uno'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8019970415493895952</id><published>2009-01-05T08:35:00.001-02:00</published><updated>2009-01-05T08:35:41.428-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Patas para arriba</title><content type='html'>Hace unos meses se quemó en casa una especie de muro de cañas que dividía nuestro jardín de la casa de al lado, mejor conocida como la casa ocupada. Nuestra vida pasó entonces a una instancia de exposición incluso mayor a la que suelo hacer en esta columna. Nos saludábamos con los ocupas a la mañana, a la tarde; los veíamos a cualquier hora que saliéramos al jardín reposando bajo una nube de paz. Stella Maris empezó a quejarse de que no estaba bien vivir en condumio –a Stella Maris le gusta decir la palabra condumio y fruncir la nariz como si hubiese dicho pedo de rata–. Dijo que no le gustaba sentirse observada por gente que fumaba cosas raras y vivía al margen de la legalidad. Yo le recordé que todos, si se nos analizaba rigurosamente, vivíamos al margen de la legalidad. “Yo no”, dijo Stella Maris, haciéndose la que no sabía que subirse al tren sin sacar boleto es simple y llanamente hurto. El caso es que a pesar de sus reiteradas quejas, ni Teo ni yo considerábamos grave la situación. De hecho nos atrajo la idea de vivir en comunidad con los vecinos ocupas que, después de todo, debían ser dueños de una filosofía generosa en cuanto a espacios se refiere. Era cierto que había algunos impasses en la convivencia, como que los ocupas ponían música muy alta y muy melódica para nuestro gusto y, en especial, para el gusto de Stella Maris que se restringe a su propio Do de pecho. Pero eso era fácilmente solucionable con un gentil aullido de Teo o mío, en el que les pedíamos, por favor, bajar el volumen. Y todo transcurría en la más perfecta armonía: nos sonreíamos a la distancia, nos preguntábamos por la salud del otro, elucubrábamos sobre el clima. Éramos hippies, nos amábamos. Pero como toda historia, ésta también sufrió un giro. Un día de pocas nubes en el que el cielo merecía llamarse cielo y no panza de burro, salimos al jardín y encontramos a los ocupas en plena obra. Estaban poniendo una pared de esteras entre nuestras casas: amputándose descaradamente de nuestra vista. Teo y yo no entendimos nada. ¿Qué habíamos hecho para merecer semejante afrenta? No tuvimos el valor de acercarnos a preguntarles, pero al final tampoco hizo falta. Cuando terminaron, los ocupas pusieron un cartel que decía: “Propiedad Privada”. Durante un rato, Teo y yo miramos perplejos el muro erguido, grosero, ante nosotros, como dos niños cubanos que ven una balsa perderse en el horizonte, llevándose sus sueños de un mundo mejor. “Estamos viviendo patas para arriba”, dije yo. Y Teo, dándose vuelta para entrar a la casa, me dijo que sí, que ya sabía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8019970415493895952?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8019970415493895952'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8019970415493895952'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2009/01/patas-para-arriba.html' title='Patas para arriba'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4198974168921634520</id><published>2008-12-30T18:20:00.001-02:00</published><updated>2008-12-30T18:21:37.983-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Pelicula argentina</title><content type='html'>Tú y yo y el canto de los pájaros: eso le dije a Teo cuando le propuse pasar el fin de semana en una estancia-posada modesta y tranquila. Pero desde el primer desayuno en la terraza se produjo un giro argumental: nos abordó un señor british muy mayor y muy bien parecido, que se presentó como Richard y manifestó su decepción porque la Argentina no era verde. Lo primero que pensé cuando vi a Richard fue que era una especie de Sean Connery fallido –después sabría, gracias a Google, que era un actor conocido, y que el productor de la primera película de James Bond le ofreció el papel, pero él no quiso–. Lo segundo que pensé fue que era daltónico. ¿Quién si no un daltónico podría decir que Argentina, más aún, que el campo argentino no es verde? He visto gente en tiendas de ropa diciendo cosas como: “Por favor, quiero una camisa verde pampa”. Pero después Richard explicó que la palabra verde se refería a criterios ecologistas y contó que viajaba por el mundo escribiendo sobre cómo se ocupan ciertos lugares de su medio ambiente; y que siempre viajaba con su mujer Lynn, una rubia divertida que jugaba a ser americana porque lo era, aunque no se le notaba porque llevaba casi treinta años viviendo en Londres. Argentina, decían entonces, no era lo que se dice un país muy “green friendly”. De la terraza pasamos a otra escenografía: un living afrancesado de siete metros de alto, con bibliotecas enormes y un equipo de sonido del que salía un loop de tangos. Aparecieron extras: un jardinero que se veía por la ventana oliendo rosas y una gordita de uniforme que se movía subrepticiamente por los pasillos llevando bandejas con galletitas y mate para nosotros, y bloody mary para los british. Después estaba la pareja dueña que vivía al fondo del campo en un chalet rosa, que aparecería sólo en el asado del mediodía para contar a sus huéspedes, en inglés, acerca de los motines que habían hecho ellos, estancieros revolucionarios, en contra del gobierno. En ese asado todos diríamos “ah” “oh” “indeed”, y asentiríamos ante los estancieros revolucionarios, que luego se regresarían al chalet dentro de sus bermudas. Entonces sería cuando pensaría lo que ya en el desayuno parecía una obviedad: mi guión de pajaritos era inútil. Esta película –con la actuación estelar de Richard Johnson– se trataba de un país gris con estancieros revoltosos, donde se hablaba inglés y se escuchaba tango. Y no tenía por qué sorprenderme, me dije mientras sorbía el primer mate, después de todo, hace mucho que el arte bucólico está muerto.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4198974168921634520?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4198974168921634520'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4198974168921634520'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/pelicula-argentina.html' title='Pelicula argentina'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-736993674185178697</id><published>2008-12-28T17:30:00.002-02:00</published><updated>2009-02-03T12:58:40.825-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conversaciones que escuché en la mesa de al lado'/><title type='text'>El regalo de Silvia</title><content type='html'>–Habíamos dicho que no nos daríamos regalos –la mujer de rodete con laca, ojos pequeños, piel muy pálida, está molesta. Mira la cajita de terciopelo que le acaba de dar el marido como si fuera una rata muerta. &lt;br /&gt;–Ya sé, Silvia, pero quise comprarte algo. Es una pavada –en los ojos del marido de camisa azul, abundante pelo castaño y casi 50, es fácil notar ese brillo sólo atribuible a la victoria de humillar al otro.  &lt;br /&gt;–Dijimos que este año no nos daríamos regalos, el mundo está en crisis.&lt;br /&gt;–Pero, por favor, mujer, no te pongas dramática. Abrilo, es una pavada.&lt;br /&gt;Silvia deja la cajita a un lado de la mesa y sigue con el café. Se seca los ojos con la servilleta. Él pone la taza en el platito y acerca su cara a la de ella.&lt;br /&gt;–¿Estás llorando? &lt;br /&gt;Silvia voltea la cara, sus ojos se fijan en una foto de Nacha Guevara junto al dueño del restorán, que cuelga de la pared. El marido vuelve a hablar.&lt;br /&gt;–No puedo creer que llores porque te compré un regalo –trata de simular impaciencia pero en su voz se percibe satisfacción.&lt;br /&gt;–Fui muy clara, dije que no habría regalos.&lt;br /&gt;–Pero…&lt;br /&gt;–¿Pero qué? ¿Dije o no dije eso?&lt;br /&gt;–Sos una amarga –él aparta su café, mira la cajita de terciopelo que sigue cerrada como una ostra– ¿Lo vas a abrir? &lt;br /&gt;Silvia toma café: ¿Ya nadie sabe hacer un espresso en Buenos Aires?&lt;br /&gt;–Silvia, abrilo, dale.&lt;br /&gt;Silvia se enjuga los labios con la servilleta, luego sacude la cabeza como si una mosca estuviese volando muy cerca de su cara. Nunca hubo un rodete más tieso. Se da vuelta en su silla, abre su cartera, saca una caja con moño y se la da al marido.&lt;br /&gt;–Feliz aniversario –sonríe. Él no, el brillo que había en sus ojos se apaga y ahora pasa a los de ella.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-736993674185178697?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/736993674185178697'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/736993674185178697'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/el-regalo-de-silvia.html' title='El regalo de Silvia'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-493234367372574522</id><published>2008-12-23T14:06:00.001-02:00</published><updated>2008-12-23T14:06:28.028-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Odio</title><content type='html'>“Después de numerosos estudios sobre la conducta de los nativos, he llegado a la conclusión de que en la ciudad de la furia el aire está constituido por tantas partículas de odio como de oxígeno”. Una fuente anónima dice esto en la vereda, rodeada de decenas de personas que encaran el mismo desafío que ella: cruzar la calle. Yo escucho atenta a la fuente anónima que trasmite su mensaje a través de un microaparato parecido a un celular, pero con alcance interestelar; coincido con ella porque, después de haber deambulado suficiente por las calles furiosas de la ciudad, yo también puedo percibir el odio. Incluso puedo verlo: el odio flota sobre las cabezas de todos, pesado, espeso, detenido en el aire como una bomba nuclear. Si el odio ascendiera y se mezclara con los demás odios no sería peor, la peor instancia del odio es cuando está latente. Ahora. En esta instancia el odio tiende a reflejarse en párpados y cejas, los hace temblar frenéticamente. También hay gente a la que se le planta en la lengua, como esa mujer que esta mañana dio reversa a su auto y golpeó a otro que estaba estacionado atrás, entonces se bajó y gritó: ¡¿No pudiste pegarlo más, puto de mierda?! Eso dijo, tal cual. Y su interlocutor no pudo contestar ni mú, porque era un volante vacío. Pero al odio los interlocutores le importan nada, el odio no discrimina entre objetos animados e inanimados, personas o animales, culpables o inocentes, semáforo rojo o verde: ¡Que muevan el orto!, grita alguien dentro de la masa humana que intenta cruzar la calle, aunque el semáforo no cambia todavía. Pero la gente avanza igual, hasta comerse un gran pedazo de la vía que los autos deben esquivar hábilmente tras un grito o un dedo obsceno, o bien, un escupitajo, como el que el hombre del auto azul acaba de hacer aterrizar en el pavimento. Una zapatilla roja pisa el escupitajo sin darse cuenta, es una zapatilla que se apura para quedar primera en el grupo, y mientras avanza tropieza, empuja, golpea. ¡Pedí permiso, grandísimo sorete!, grita una chica que va cargada con muchísimas bolsas con moños navideños –si alguien en esta masa humana fuera un estudioso de los fenómenos socioeconómicos se habría robado a la chica para meterla en una pecera de laboratorio: según todas las noticias, este año las compras navideñas fueron una rareza, cosa de freaks–. La fuente anónima vuelve a intervenir: “odio, odio, odio…”, repite como un mantra que asciende entre los gritos, los insultos, las bocinas, mientras todos avanzamos apretados, compactos, furiosos, bajo nubes oscuras suspendidas en el aire, hacia la Navidad.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-493234367372574522?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/493234367372574522'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/493234367372574522'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/odio.html' title='Odio'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3821089616657091964</id><published>2008-12-22T15:18:00.000-02:00</published><updated>2008-12-22T15:19:47.978-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Actitud frugal</title><content type='html'>Son días de fiesta, la consigna es comer –sería más fácil si no hubiera tanta gente que no come, aunque sea Navidad, Hanuka o el día nacional del chinchulín: pero ese es otro tema, un ruido menor en la cabeza del que igual mastica su vitel toné porque, lamentablemente, el hambre del mundo no se cura con que el resto haga dieta–. El caso es que durante estos días se infla mi rechazo natural por esa gente que va por la calle comiéndose un kiwi o que merienda con un durazno y se relame tras mordisquearlo o que en vez de un postre real se pide un plato de frutas. Hay una idea instalada de que comer frutas y verduras –comerlas en público frente a quien englute feliz un choripan– nos hace saludables y frescos, nos inmaterializa paulatinamente. ¿Quién pensaría que esa chica, que agarra con una mano la correa de su perro y con la otra se come una manzana verde, se enfermará alguna vez? Sólo alguien muy negativo. Esa chica encarna eficientemente la censura social: una no puede andar por ahí con un Milka en la mano cuando hay individuos como ella que se pasean por la misma vereda restregándote su actitud frugal. Es lo que pasa cuando me encuentro con Lola. Si yo pido una pasta, ella pide una ensalada; si yo un cortado, ella un té verde; si yo flan, ella kinoto. Y si dejo que sea ella quien pida primero, sale con que sólo le provoca un agua con gas, dando a entender que su cuerpo no contiene vísceras, sangre y huesos, sino helio. Y en la sobremesa, mientras Lola se eleva, liviana como un papel, a mí todo lo que me queda por pedir es perdón. Después me tranquilizo con que yo tampoco soy un saco de glucosa, ni mis arterias son un embutido de grasa animal; simplemente no me alimento como un Hare Krishna. Claro que, cuando que lo hago, casi siento que me convierto en uno: cuando como frutas y verduras puedo cerrar los ojos y verme flotando sobre una pradera. Mi mente hace el clic que me sitúa en un universo de pureza y liviandad. Paso a ser una chica calva vestida de algodón que inhala aire y exhala perfume de rosas, al son de un cántico celestial. Lo que pasa es que me dura poco: cuando como muchas frutas y verduras llega un punto en que me siento castigada –“¿Te portaste mal? Ok: tu cena será un brote de soja”–. Entonces me lanzó desesperada al menú de carne y hueso y harinas y grasas y todo lo que me haga sentir que me porté bien en el año, y que merezco comer algo mas que alpiste. Por eso, mi mensaje findeañero para Lola y sus hermanos frugales, es que si no quieren ejercer –como la inmensa minoría– el privilegio de comer bien, coman mal, pero escondidos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3821089616657091964?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3821089616657091964'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3821089616657091964'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/actitud-frugal.html' title='Actitud frugal'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1459405932747351611</id><published>2008-12-17T09:21:00.001-02:00</published><updated>2008-12-17T09:22:38.236-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Un milagro navideño</title><content type='html'>En las últimas dos semanas del año veo a toda la gente que no vi en el año, o a la que vi, pero poco, y todos nos decimos eso de que: tenemos que vernos, sí o sí, antes de fin de año. Sobreviene la urgencia. ¿No sería más fácil verse en enero, cuando los bares estén descomprimidos? Pero verse en enero ya no tiene gracia, la conversación se hace más pesada: ¿y qué vas a hacer este año? Quedan tantos días por delante que imaginar una respuesta ya te estresa. Y te estresa más comparar con la respuesta que habrías dado hace un año y encontrar que es la misma. Mi mejor encuentro de estos días fue con mi amiga E. Fue perfecto porque a E. no suelo verla nunca y, cuando la vi en estos días, entendí que tengo una razón muy poderosa. E. no me cae bien. Yo tampoco le caigo bien a ella, pero nos conocemos desde tan chicas que terminamos creyéndonos eso de que somos amigas. E. también es colombiana, terminó acá por azar y eso, se supone, nos iguala a un par de siamesas separadas en forma traumática. Pero en verdad no somos amigas, jamás podríamos serlo porque no hay nada en E. que me interese y viceversa. Que la conozca desde chica no es prueba de nada: los chicos se amigan con cualquiera, seguro que Hitler tuvo amigos en la escuela. Descubrí que E. no me caía bien mientras la oía explayarse una vez más en historias tan maravillosamente irritantes sobre sí misma, que en un momento tuve que ponerme a cantar en la mente. Era lo que hacía cuando me tocaba hacer entrevistas aburridas, grabadora mediante. E. habló tanto que pude repasar casi todos los hits de Chavela Vargas, y cuando pareció que era mi turno, porque E. respiraba por primera vez desde que llegamos, me preguntó: “¿Y a ti qué te parece?”. Yo dije: “Me parece genial”. E. asintió: “Eso pensé, ¿viste?, pensamos igual”. Juro que no tengo ni idea de qué hablaba, pero creo que habría dado lo mismo lo que yo contestara. Si le hubiera dicho “me parece una soberana estupidez”, E. habría dicho “totalmente”. Es como si las fiestas estuvieran hechas para pagar karmas. ¿Por qué si no la veo nunca tengo que verla ahora? Porque es Navidad, nació Jesús: Jesús es amor. Al final de mi encuentro con E. me armé de valor y se lo dije: “E., perdón, pero quiero ser honesta contigo, creo que…”. “No te soporto”, me interrumpió ella. Ni eso me dejó decir. Igual fue un alivio. Le dije “está bien, entonces no me llames más” y ella dijo “perfecto”. Pagamos, salimos, nos saludamos y esa tarde, por fin, nuestros caminos se bifurcaron. Y yo que creía que en Navidad ya no ocurrían milagros.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1459405932747351611?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1459405932747351611'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1459405932747351611'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/un-milagro-navideo.html' title='Un milagro navideño'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2692475234326233273</id><published>2008-12-14T16:54:00.004-02:00</published><updated>2008-12-14T16:56:52.801-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Moda comparada</title><content type='html'>Cuando en una fiesta alguien me dice ¡pero qué elegante estás!, quiere decir que me sobrevestí. Ya me acostumbré. La estética porteña es absolutamente distinta a la colombiana y en estas cosas una, patriota siempre, tiende a apegarse a la tradición. Y no se trata de brillos ni estentores, es una cuestión de estilo. Tiene que ver, según mi amigo diseñador Raúl Trujillo, con la idea que cada sociedad tiene del cuerpo. En mi país el cuerpo importa mucho, se cuida y se muestra todo lo que se pueda mostrar, consiguiendo no siempre pisar los terrenos de la pornografía. Vestirse significa envolverse en una telita y sacar a pasear el mejor atributo que se tenga. Acá el cuerpo tambien importa, y se cuida infinitamente más –tener un buen cuerpo en Buenos Aires es un detestable oficio de esclavas–, pero se intenta disminuir esa importancia simulando que lo que en verdad importa es la ropa, el diseño, la caída, el look, le llaman. Lo otro es vulgar. Teo, por ejemplo, odia todo lo que se pega al cuerpo, odia las minifaldas, odia los escotes, odia que se vea o se sospeche el ombligo. Porque Teo es muy porteño, por eso se juntó conmigo: para llevarse la contraria. Mi madre, en cambio, cada vez que viene sigue sorprendiéndose de que un pantalón suelto, una camisa blanca y unas chatitas chinas se consideren el summa cum laude de la elegancia, mientras que un despampanante vestido negro que deja ver una silueta armoniosa y unas piernas de flamenco se lo mire sospechosamente. “¿Acaso eso se considera… mersa?”, me pregunta, mano en pecho, apelando al uso de términos locales para inducir una respuesta benévola. “No, mersa no, madre, distinto”, la tranquilizo. Con el tiempo, los inmigrantes inocentes nos vamos adaptando al estilo porteño; se pasa de ostentar a partir de la nada a esforzarse en que nada se note. Como el llamado maquillaje natural, que es tan elaborado como el maquillaje de vedette, sólo que es invisible; o ese peinado trabajosísimo que consiste en parecer despeinado; o las zapatillas que desde nuevas parecen sucias; o el famoso elegante sport de traje y zapatillas, que se inventó para que nadie diga: “ja, este idiota se la tomó en serio”. Porque de eso se trata, de que no parezca que uno se produjo durante horas porque le importan esas cosas tan banales como verse bien. Simular es la cuestión. ¿Y quién puede negar que la simulación es un arte que cuesta y demora tanto más que la naturalidad? Pero siempre queda tan bien.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2692475234326233273?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2692475234326233273'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2692475234326233273'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/moda-comparada.html' title='Moda comparada'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8164112115849655726</id><published>2008-12-10T08:50:00.000-02:00</published><updated>2008-12-10T08:51:22.837-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Marcianos</title><content type='html'>En un PH de un barrio porteño transcurre una reunión. El motivo es desconocido, la convocatoria muy específica: hay muchos músicos y tres seres confundidos por el azar. Hay instrumentos sembrados cuidadosamente en cada esquina, otros que cuelgan del techo como vampiros y una armónica oxidada que alguien olvidó dentro de una panera con migas. Suena una canción desconocida y los músicos hablan del último recital de Fito; tan emotivo que fue, dicen, pero que el tipo insiste en desafinar: su perseverancia es admirable, el empeño que le pone. De pronto, como si en vez de estar en una casa de músicos estuviéramos en un congreso de oncología –o esas situaciones en las que alguien comenta los efectos colaterales del ibuprofeno en el sistema linfático, mientras el resto come sanguchitos– un músico lanza uno de estos apuntes que convierten caras sonrientes en signos de pregunta: “Mr. Tambourine Man estuvo en la lista de éxitos en la versión cantada por The Byrds, grabada el 20 de enero de 1965”. Y cuando yo creo que alguien va a escupir la pregunta obvia que surge a partir de esa intervención –¿que qué?–, un músico levanta la mano y dice: “Y fue traducida al ruso y cantada por Olga Arefieva con el título de Mr. Beliy Grib”. Los otros asienten: “Es cierto”. Y mientras yo miro el piso y me aferro a mi silla, esperando que en cualquier momento despegue esta nave de marcianos, ellos pasan a otro tema que tiene ver con un recital de alguien en el año 69, en el que el guitarrista dejó que se le escapara un acorde. Por las caras que ponen, parecería que el pobre hombre nunca más lo recuperó: que tuvo que resignarse a vivir con el recuerdo de su acorde perdido y eso lo devastó. A los pocos años murió de cirrosis. “Desde entonces siento que esa canción no suena igual”, dice un músico. Y otro lo acompaña en su sentimiento: “Fue malograda por el acorde ausente”. Y otro lo corrige: “El acorde maldito”. Y hay un bache de no-diálogo en el que ellos tararean la canción desconocida, hasta que alguien vuelve a hablar: “¿Che, qué onda Madonna?”. El tarareo se apaga: la canción desconocida parece ahora una marcha fúnebre. El que habló fue uno de los seres confundidos que, inocente, intentaba hacer un comentario acorde con la velada. “¿Que qué?”, susurra un músico, la expresión de su cara indica que está preparado para arrancarle el cuero cabelludo a alguien. Otro músico se levanta, se dirige a los seres confundidos, y, condescendiente, nos señala la puerta. El pasaje de vuelta al banal, comprensible, planeta Tierra, donde el silencio es absoluto y además llueve.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8164112115849655726?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8164112115849655726'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8164112115849655726'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/marcianos.html' title='Marcianos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6585613441943386840</id><published>2008-12-07T11:28:00.003-02:00</published><updated>2009-02-03T12:59:12.788-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Seguir a'/><title type='text'>La nena</title><content type='html'>Es medio día en la estación 9 de julio, ese pasillo subterráneo devenido en ciudadela. En el piso, recostados contra una pared, una mujer color caqui sucio trata de calmar a su nena que llora desconsoladamente porque su hermanito tiene un chupetín de uva en la boca y se relame, se lo muestra, se le acerca al oído y le dice: mmm. El tercer hijo es un bebé que duerme en el suelo espaturrado como una rana. “Dejala tranquila, pará” reta la mujer al nene del chupetín y lo palmetea en la cabeza. “Mmm, buenísimo”, insiste el nene, muy cerca de la cara de la nena. La nena se desgañita: “¡quiero un chupetín, quiero un chup…!” y el ruido del tren que llega apaga su grito. La mujer se apresura a alzar al bebé rana, lo mal envuelve en una mantita azul y se lo encima a la nena que es flaquita como un dedo meñique: “Andá, andá”, le dice señalando un vagón casi vacío, y que la esperan del otro lado. La nena corre bamboleándose, entra al vagón con su cara embadurnada de lágrimas marrón, mocos y algún resto de mate en los dientitos. Las puertas de cierran y la madre y el nene goloso quedan afuera. Adentro la nena se acomoda en el hombro a su hermanito, y lanza su Do de pecho: “¡Antes nunca estuve así de enamorada, no sentí jamás esta sensaciooon…!” Alguien dice: “Se le va a caer la criatura, hagan algo, por favor” Hay gente que cree que su utilidad al mundo consiste en anunciar un peligro inminente visible también para el resto. “…la felicidá, ja, ja, ja, ja, de sentir amó, o, o, o, oor…” El subte para en Catedral y algunos la aplauden, pero como salen tan rápido y la nena tiene las manos ocupadas sosteniendo el cuerpo fofo de su hermanito –que ha cobrado el aspecto de una momia–, no puede pedir monedas. Se sienta en el piso, el subte vuelve a llenarse, arranca y para en 9 de julio. Se baja y encuentra a su madre y a su hermano sentados en el piso, recostados contra una pared. El nene mastica el palito del chupetín. “¿Y, te dieron algo?”, pregunta la madre. La nena se agacha, pone al bebé dormido en el suelo –que vuelve a la posición original de manitas y patitas abiertas–, y se sienta al lado de su madre cruzada de brazos. “No le dieron”, anuncia su madre al aire. Pone agua en un mate claruchento y se lo pasa a la nena: “Tomá”. La nena dice “no quiero nada”, y algo más que no se oye porque llega el siguiente tren.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6585613441943386840?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6585613441943386840'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6585613441943386840'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/12/seguir-la-nena_7382.html' title='La nena'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2551914484777571490</id><published>2008-11-30T14:32:00.001-02:00</published><updated>2008-12-07T11:26:45.649-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Resentida</title><content type='html'>Tengo la garganta enferma. Me arde como si me hubiese tomado una botella de Ayudín para ropa blanca. Debió haberla resentido el cambio de clima –los doctores de mi país usan el término “resentirse” cuando se refieren a la causa por la que una parte del cuerpo está enferma: “habrá que enyesar, el pie se resintió por el peso”–. Teo salió a buscarme las pastillas que se chupan y duermen el dolor. Es un caramelo antibiótico anestésico y se me acusa de ser adicta a ellos. Debo serlo, la noche en que empezó a dolerme la garganta soñé que nadaba en una pileta de pastillas de cereza y que todo mi cuerpo resentido se dormía plácido. Esa misma tarde había hecho un calor diabólico y Teo yo nos habíamos quedado en la pileta, flotando en el colchón inflable, hasta que se hizo de noche. Recuerdo que esa tarde habíamos decidido renunciar al habla porque hasta hablar nos sofocaba; la brisa era tan leve que el agua no se movía: era un espejo sólido donde el cielo se reflejaba y, dependiendo del ángulo en que se mirara, el reflejo parecía una caja azul cerrada dentro de la cual sólo existíamos nosotros y ese par de palomas gordas adheridas a la reposera. Ani yacía en el tejado, boca arriba, bronceándose la panza. Allí, dentro de la cajita, pensé que, a pesar del calor diabólico y del mal gusto musical de nuestros vecinos, obsesionados con Chayanne, el momento era perfecto. Y como todavía conservo lunares ínfimos de mi educación católica, pensé también que en ese mismo instante alguien debía estar pasándola muy mal, y que ya me lo cobrarían. Hoy, tres días después, garganta encarnizada, viendo desde la ventana cómo el viento agita los árboles, desprende las rosas chinas del arbusto de rosas chinas y la pileta es una sopa de hojas y polen amarillo, ya no tengo ninguna duda. Me meto en la cama, me tapo hasta la cabeza, cierro los ojos. Teo llega con las pastillas, viene mojado. Me imagino que es el personaje de ese cuento de John Cheever: “El nadador”. El tipo recorre el barrio nadando, está obsesionado por nadar: entra a las casas, se zambulle en las piletas, entra a la siguiente, vuelve a zambullirse, hasta llegar a la suya que ya no es la suya porque… bueno, qué importa, no voy a contar el final. “Llueve”, dice mi hombre y me entrega las pastillas. Asomo la cara y miro la ventana. Y de nuevo, convencida de que la miseria de uno es directamente proporcional al bienestar de otro, pienso que alguien, en algún lugar, está por alcanzar la cima de su felicidad… Eso, si yo no me chupo un caramelo antes.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2551914484777571490?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2551914484777571490'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2551914484777571490'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/resentida.html' title='Resentida'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5694567016076908028</id><published>2008-11-28T09:15:00.002-02:00</published><updated>2008-12-01T14:35:15.967-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Música de la crisis</title><content type='html'>Vinieron de visita un par de amigos colombianos. La noche irradiaba primavera y era propicio salir a sentarse en una mesa de vereda. No nos apuramos en decidir el lugar porque se supone que, con la crisis, no es tanta la gente loca que corre a vaciarse los bolsillos en un restorán. Pero, debido quizá a la elevada sensación térmica ese día mucha gente enloqueció y se coparon las parrillas. Entonces nos anotamos en una lista de espera: un clásico palermiano que se pasa con champagne. Los que no estaban anotados en la lista de espera –anunciaba la chica que manejaba la mafia de las reservas– podían anotarse en una lista de espera para esperar. Claro que en esa segunda lista había más gente, pero también –le explicaba la chica a unos gringos que preguntaban cuál era la diferencia entre esperar y esperar para esperar– era una lista más divertida. “¿Por qué?”, se preguntaba ella misma dándole curso a su pequeña performance diaria: “Porque, además de champagne, les ofrecemos un quesito”. “Cheese” asintieron los gringos, como si estuvieran por tomarles una foto. Sus nombres fueron estampados en la libreta que, curiosamente, tenía pegada en la portada un discreto emoticón que guiñaba un ojo, lo que probablemente significaba: “¡Ja! Somos tan divertidos que esperaremos dos horas más”. Los de la lista de espera original también simulábamos estar pasándola bárbaro, pero lógicamente ansiábamos que alguno se atorara con el bife y tuviera que abandonar la mesa ipso facto. Uno de mis amigos bamboleaba suavemente las caderas, ejecutando ese gesto elocuente que querría querer decir: “La estoy pasando tan divinamente que me provoca bailar”, pero que, para quienes saben leer gestos elocuentes, gritaba un contundente: “¡Anda a esperar a la p que te parió!”. El otro miraba alrededor por encima de sus lentes sin marco y estudiaba con una sonrisa ladeada a nuestros compañeros de vereda: “Lindo clima, linda gente, buen champagne”, decía, mientras la sonrisa mutaba en rictus, mientras las risas impostadas se tomaban el aire primaveral y las telas de algodón de camisas y polleras flambeaban por los aires. Y con cada tos, con cada ida al baño de algún comensal, con cada mano en alto dibujando el gesto de rayar el aire y pedir la cuenta, la angustia de la espera se iba pareciendo cada vez más al consuelo de la esperanza. “Salud”, se escuchaba al fondo, previo al tintineo de las copas de champagne, la música de la crisis en Palermo Hollywood.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5694567016076908028?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5694567016076908028'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5694567016076908028'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/das-sin-teo_28.html' title='Música de la crisis'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2065797235566232557</id><published>2008-11-27T11:23:00.003-02:00</published><updated>2008-12-05T12:50:48.575-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Días sin Teo</title><content type='html'>Yo me casé con el muñequito que Skype trae por default: remera verde, cuello en V, pelado, sin ojos ni boca ni nariz. Sí, ese muñequito es Teo. Alguien lo hizo pensando en él y después le borró los rasgos para proteger su privacidad. Teo está de viaje hace varios días y cuando Teo se va de viaje pasa a ser su doble, o sea el muñequito; cuando Teo se va de viaje empiezo a escribir de fiestas y noches y de &lt;a href="http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/07/de-pistas-de-baile-y-mi-amigo-c.html"&gt;mi amigo C&lt;/a&gt;, para demostrar que soy una tipa cool que se la pasa bien sin el marido. Esta vez para no quedarme tan sola secuestré a mi amiga Z. Me la traje a casa y convivimos hasta hace poco como señoritas de campo: horneábamos budines, cocinábamos, tomábamos mate bajo el cedro en el jardín y algunas veces nos vestíamos de pollera y salíamos a cenar. Hasta que un día, como suele suceder con Z, tuvo que salir urgentemente a atender una reunión con… qué se yo: Mick Jagger, o alguien por el estilo. Z es productora, manager de músicos importantes, dueña de una vastísima información sobre arte, teatro, jazz y recetas de jaleas y encurtidos. Tuve entonces que acudir otra vez a mi amigo C, eterno receptor del tic “es que Teo no está y…”: y C se pone su ropa de puto espléndido y me saca a pasear. El fin de semana me llevó a una fiesta donde tocaba el gran DJ Tudo Bem –lo mejor de la noche porteña últimamente– y bailamos y bailamos hasta que, oh sorpresa, apareció la señorita Z en su auto azul rugiendo como una pantera. Había estado reunida hasta altas horas de la madruada con uno de los grupos que representa, porque en su ambiente ese es el horario de las juntas. Los tres nos sentamos en el capó del auto y nos tomamos un speed y estando en esas se nos vino encima el amanecer: ese momento en que la gente sale recién bañada y lanza improperios con la mirada a los que aún no nos fuímos a dormir. Estuve a punto de encarar a una mujer que rodaba su changuito de mercar –que se hacía la digna pero que a esa hora ya tenía los labios pintados de rojo carmesí–, y que dibujó una órbita de desconfianza alrededor nuestro. “Cuando uno elije ser sano, señora, deja atrás a mucha gente buena”, quise decirle. O: “mi marido está de viaje, tengo derecho, ¿no?” O: “¿No será usted una de las Las Kumbia Queers?”. Pero terminé diciéndole algo menos elaborado: “Buenos días”, y bajé la cara. Porque según todas las estadísticas encontrarse con el sol vestido de noche es el segundo gran momento de vulnerabilidad en las personas. El primero, aunque las estadísticas no lo digan, son los días sin Teo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2065797235566232557?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2065797235566232557'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2065797235566232557'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/msica-de-la-crisis_27.html' title='Días sin Teo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7832884190313600464</id><published>2008-11-18T14:30:00.002-02:00</published><updated>2008-12-05T13:31:18.833-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Los Tarados</title><content type='html'>En una noche de fiesta, en cualquier ciudad del planeta, pasan cosas inesperadas. Pero en Buenos Aires, particularmente, suele pasar con mucha facilidad que un grupo de gente que no se conoce entre sí termine recorriendo bares en una cofradía improvisada y desarrolle profundos sentimientos de solidaridad ante la adversidad que supone, por ejemplo, el fin de una botella de vino. Es así como un sábado primaveral un grupo de amigos inició su noche en un club de tango y la siguió en diversos escenarios, y se vio multiplicado debido a la aparición sorpresiva de dos incautos que, exactamente a las dos treinta de la mañana, fueron bautizados “los tarados”. Los tarados eran un par de gorditos glotones que tenían ganas de “comerse el mundo” esa noche; esa confesión fue una de las que se valieron los miembros del grupo original para bautizarlos como los bautizaron. En todo caso, antes de que los tarados tuviesen entidad propia, eran un par de chicos hambrientos de fiesta y vino y, por qué no, “algún ligue”. La líder del grupo, Z, fue la primera en fruncir la cara y preguntarles: “¿Son tarados?”. Los tarados dijeron que sí: les pareció que la palabra “tarado” saliendo de esa boca roja era un privilegio. El punto de inflexión de la noche se dio cuando Z le ordenó al resto del grupo que ya era hora de pasar por la otra fiesta, y los tarados, que se habían dedicado a largar risas nerviosas muy cerca de su oreja, le rogaron que los llevara. Z suele ser una chica despiadada, pero por alguna razón que todavía hoy nadie se explica esa noche sacó a pasear su caridad. “Sígamne”, les dijo y sopló el humo de su cigarrillo muy cerca del ojo izquierdo de uno de los gorditos, que al día siguiente sufriría una terrible alergia. Esa noche los tarados vivieron por primera vez la dicha de ir a una segunda fiesta y a una tercera y, al final, a una casa en Acasusso con un gran jardín en el que se acostaron boca arriba y miraron las estrellas. Pero Z les dijo que eso era imposible: primero, porque con el nivel de smog de la ciudad ver estrellas era lo mismo que alucinar y segundo porque eran las siete de la mañana. Los tarados rieron. Volvieron a reír. Fueron tan felices que lo gritaron en coro: “¡soy feliz!” Y, aunque la noche no tuvo todos los aditamentos que ellos habían salido a buscar, pensaron que había sido una noche perfecta: “de esas en las que te sentís parte de algo”, dirían tiempo después, cuando ya fuese obvio que no se repetiría. Cuando recordaran que para gente como ellos las noches son otras, que ésa había sido un regalo, y que nunca la olvidarían.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7832884190313600464?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7832884190313600464'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7832884190313600464'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/los-tarados.html' title='Los Tarados'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7997991031928307296</id><published>2008-11-16T21:29:00.001-02:00</published><updated>2009-10-08T15:49:43.133-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Ser Villoro</title><content type='html'>Lo primero es lo más obvio: Villoro debe ser el tipo más alto en ésta y todas las reuniones a las que va. Y también es el más simpático, el que más cómodo parece cuando camina en medio de sus groupies literarias con una sonrisa generosa, simulando no notar los jaloneos de esa chica furibunda que se aferra a su elegante pero sobrio traje de escritor. A Villoro podrían, con toda seguridad, arrancarle una manga de su camisa azul y él seguiría caminando impasible, saludando con su brazo desnudo a quienes lo abordan para decirle: “grande Juan” “genio” “maestro”, o le piden tomarse una foto con ellos; “Orale”, dirá Villoro: pasará el brazo por los hombros de sus co retratados y pondrá entonces esa cara de inocencia de quien por primera vez es fotografiado en su vida, y no de alguien cuya vida puede estar, perfectamente, sobrefotografiada. Pero jamás se negará: no a una foto, ni siquiera a la más violenta de las entrevistas que consiste en que un joven desganado empuñe un grabador tan cerca de su cara que es legítimo pensar que en cualquier momento el espigado Villoro abrirá la boca y se tragará el aparato de un bocado, como un canapé. Pero Villoro no diría no porque, como todo el mundo sabe, entre muchas otras cosas Villoro es mexicano: y para estos hermanos latinoamericanos generosos con sus tiempos al charlar, la palabra “no”, o la frase: “no, gracias”; o bien: “andá a joder a la c de tu m”, no existe. Es decir: existe, pero también existe el ácido fórmico y nadie va por ahí untándoselo en la lengua. La primera vez que uno ve a Villoro: que lo escucha hablar con ingenio desmesurado y descubre cómo el espacio, que  está naturalmente hecho para llenarse con palabras, frases, escenas, mejora cuando lo llena él, uno se dice que su habilidad es tan impecable que no puede ser real. Y mentirá quien diga que no lo imaginó en su casa mexicana frente a un espejo de cuerpo entero ideando performances varias para llenar su vida de charlas, simposios, cocteles, o tomando cada mañana algún batido de gracia patentado por Larry David. Pero la segunda, tercera y cuarta y quinta vez que uno lo ve hablar con su ingenio renovado, arriba y abajo del escenario, diciendo cosas cada vez más desopilantes, no queda otra que aceptar que el hombre, aparte de escribir libros fascinantes, o alcanzar elementos desde estantes muy altos, tiene otro don: el de convencernos de que ser Villoro es tan, pero tan fácil que no se entiende por qué sólo él lo hace.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7997991031928307296?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7997991031928307296'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7997991031928307296'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/ser-villoro.html' title='Ser Villoro'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-8433336495062728983</id><published>2008-11-11T14:24:00.002-02:00</published><updated>2008-11-24T17:22:31.084-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El hombrecito</title><content type='html'>El hombrecito usa corbata, tiene pelo largo, canas incipientes, cola de caballo, una sonrisa desdentada. Es chiquito como un corcho y ligero de peso; se sienta todos los días en la estación de taxis y habla y habla y habla. ¿De qué habla el hombrecito? “De la vida, en general”, dice con su pinta de ejecutivo maltrecho cuando un vecino desprevenido le pregunta qué tanto parlotea allí sentado todo el día. Si uno quiere tomar un taxi tiene que pasar antes por el filtro del hombrecito que se autodenomina el manager de los taxistas. Él llega puntualmente a las ocho todos las mañanas y mira la planilla muy serio. “¿Mate?”, le ofrece uno de los taxistas que trabaja el primer turno, y el hombrecito sorbe la bombilla haciendo un ruido que no se condice con su tamaño. Una vez un taxista me dijo que el hombrecito no era manager nada, pero que ellos le daban alguito cada vez que podían. ¿Por qué? Porque les alegraba el día con sus historias, les hacía compañía y también los mandados. Se sabe en el barrio que el hombrecito se despide de su mujer y de su hijo todas las mañanas, después de peinarse con gel y desayunarse con torta frita de elaboración casera. Se sabe que ella le pregunta siempre lo mismo: “¿Venís a comer?” Y que él le dice que no sabe: que dependiendo de cómo esté el día, que si no hay mucho movimiento en la estación y esas cosas. Se sabe que eso lo dice acomodándose la corbata y que después alza al nene, le hace dar saltitos en el aire y le dice “¡Campeón!” Y cuando lo devuelve a los brazos de la madre piensa que falta poco para que el pendejo pueda ir con él a ver los partidos de Racing. Se sabe todo esto porque a la hora de comer el hombrecito lo cuenta. Mira el reloj y duda: que si va a casa y regresa a las quince o si mejor aguanta un poco y come a la noche mirando la tele. Justo después es cuando aparece esta señora culona, en cuya cara es fácil adivinar algún rasgo del hombrecito acentuado por los años, y  saluda: “¿Qué hay chicos?”, y luego agarra al hombrecito por el brazo: “Vamos, vamos a casa”, le dice y el hombrecito se niega porque él “sale a las dieciocho”. La señora se seca la frente: “Dejate de joder, nos vamos ya”, lo jala más fuerte y le dice –le repite– que si no se cansa de perder el tiempo, de inventarse historias, y que la tiene podrida: que tendría que estar en la casa ayudando a su viejo que está tan viejo, mientras ella sale a trabajar. Entonces, con la cabeza gacha, el hombrecito se levanta y se deja llevar.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-8433336495062728983?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8433336495062728983'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/8433336495062728983'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/el-hombrecito.html' title='El hombrecito'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2584447552908680219</id><published>2008-11-10T01:23:00.004-02:00</published><updated>2008-11-10T08:35:17.744-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Padres modernos</title><content type='html'>En la reunión hay padres modernos, de esos que además de hijos tienen una vida que incluye libros, películas, fiestas, tiendas de ropa y todas esas cosas sobre las que es posible sostener diálogos tan deliciosamente banales. Eso hasta que alguien se disculpa: “Ya sé que la gente que hace esto es patética pero…”: saca el celular y muestra una foto de su nene vestido del Gauchito Gil. “Ayyy”: todos se enternecen, se ablandan, desenfundan sus respectivos celulares y, ya que están, también se disculpan –porque en algún momento de la historia contemporánea hablar de hijos en una circunstancia social de adultos se convirtió en un gesto de mal gusto–. Entonces la atención se centra en él: bermuda a cuadros, camisa celeste, lentes y empaque de diseñador. En la foto que muestra aparece su nena de tres años vestida de Princesa Leia; se rotan el aparato para mirarla bien y todos lanzan expresiones de admiración seguidas por risitas un poco –sólo un poco– exageradas. El padre orgulloso cuenta:  “…Yo le digo te amo y ella dice: lo sé”. Y le brillan los ojos como dos astros incandescentes. Acaba de repetir un parlamento entre Leia y Han Solo, uno de los muchos que repite con su hija: que se los sabe casi tanto como él. El padre orgulloso jura –balbucea emocionado– que él jamás se lo impuso, que la nena siempre tuvo un abanico de opciones para elegir de qué hacerse fanática: Barbie, Floricienta, Princesas Disney, esas cosas; y justamente eso es lo que lo hace feliz: que ella misma, solita y sin ayuda de nadie, eligió hacerse, como él y como su madre, de la Guerra de las Galaxias. Todos lo oyen embelesados, probablemente lo imaginan alzando a su nena recién nacida, vestido de Jedi: “Hola linda, soy tu papá”, actuando muy cool, para no presionarla… Y que si el día de mañana, insiste él, su nena decide que le gusta Patito Feo, él respetará eso. Cuando lo dice, con voz calma y mirada serena, la ceja le tiembla; cuando lo dice hace un movimiento de brazo que en otro contexto podría leerse como “siga usted adelante”, pero en éste es un gesto que grafica de manera elocuente su amplitud y tolerancia frente a todo aquello que su hija elija para la vida. “Obbvvio”, dicen los demás, sin el menor titubeo; y el celular, que ya dio la vuelta, vuelva a manos de su dueño. “Te amo” murmura el padre orgulloso mirando la pantalla. Después se guarda el aparato en el bolsillo y, tras un suspiro, dice: “¿Che, vieron la última de los Coen?”&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2584447552908680219?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2584447552908680219'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2584447552908680219'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/padres-modernos_10.html' title='Padres modernos'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4245370218127392305</id><published>2008-11-08T10:01:00.003-02:00</published><updated>2008-11-08T10:04:11.687-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Tristeza</title><content type='html'>Si curar la tristeza fuera un negocio serio, por la calle venderían refrescos de serotonina. Pero en cambio hacen comedias de tele y canciones y golosinas que te explotan en la boca, porque curar la tristeza parece ser la cosa más trivial del mundo hasta que un médico te diagnostica depresión clínica. Pero sin llegar a esos extremos, una vez cada tanto –y esto es algo que le pasa a casi todas las personas que conozco– me sumo en una tristeza profunda e inexplicable en términos racionales, una tristeza que no parece tener cura inmediata. No sé a qué se debe, y ya ni siquiera me lo pregunto. Sé muy bien que no es hormonal, no tengo la más remota idea de si es neurológico porque nunca lo averigüé; me digo que no tengo tiempo o que qué cuernos importa si de todas formas se va a pasar. Porque siempre pasa. Pasa y vuelve. A veces no vuelve en muchísimos meses en los que me dedico a largar carcajadas por cualquier cosa: por lo que ocurre afuera de mi ventana, debajo de mi escritorio o dentro de la heladera. Me río tanto que la quijada se me entumece, o bien, me entra un ataque de tos que degenera en espasmos. En esos momentos es cuando aparece Teo, me toma la cara con las manos y me dice amorosamente: “Linda, eso no da risa”. Pero yo sigo riéndome porque es incontrolable, tan incontrolable como la tristeza. Me gustaría que la tristeza no fuera una sensación tan caprichosa, me parece que estar triste y no saber por qué es un derroche innecesario, teniendo en cuenta que hay tanta gente que tiene razones concretas y permanentes: gente que se afincó en la tristeza y no se permite ser voluble, gente que hace mucho tiempo no larga una carcajada porque teme que su tristeza no se tome en serio. La tristeza transitoria, en cambio, engolosina: engolosinarse es una conducta egoísta. He visto personas que gozan su tristeza transitoria como si fuera una burbujeante copa de champagne; he mirado ojos que brillan, pupilas que se dilatan al decir: “estoy tan, pero tan triste”. Alguna vez, es verdad, he visto esas cosas en mi propio espejo, y la parte más lúcida de mi cerebro –que es chiquitísima pero existe– lo considera aberrante. Entonces simulo una sonrisa amplia y me digo que basta, que no tengo por qué, que la tristeza es un lujo que no me merezco.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4245370218127392305?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4245370218127392305'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4245370218127392305'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/tristeza.html' title='Tristeza'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3017292602847110864</id><published>2008-11-08T10:01:00.001-02:00</published><updated>2008-11-08T10:01:34.994-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Una Estrella</title><content type='html'>La hija de mi amiga R se llama Estrella y es bailarina. Se pasa la mayor parte del día parada en puntas de pie, con los brazos arqueados, pelando sus dientes de leche. Es una belleza, eso ni qué decirlo, pero justamente eso es lo que pide R: que no se lo digan tanto, porque teme que se le suban los humos. Nos lo dijo hace unos días, al cierre prematuro de una función privada organizada en el living de la casa por la propia nena, porque quería mostrar a los amigos de su madre los nuevos pasos aprendidos. A todos nos pareció adorable: clap, clap, clap, un éxito rotundo. Al final de cada paso Estrella –que se había puesto una pequeña corona dorada– hacía reverencias. Y todo transcurría más o menos en armonía con su ego hasta que, tras de un par de acrobacias muy bien ejecutadas, a las abuelas se les dio por exclamar al unísono: “¡Pero qué monada!”. Estrella se paró en seco y se llevó su dedito índice a los labios pintados de rosa: “Shhh”, pidió silencio. Era un pedido razonable: una bailarina no puede concentrarse con semejante algarabía. Una abuela la imitó llevándose su propio dedo a la boca y la otra hizo ese gesto de sellarse los labios con un cierre relámpago; el silencio fue total. Estrella hizo un paneo por las caras de todos: sus ojitos maquillados con sombra tricolor no pestañearon ni una vez, y cuando parecía que iba a hacer otro paso se largó con un grito que poco tenía que ver con su coreografía: “¡Los odio!”, dijo y se fue corriendo a encerrarse en su cuarto que desde hace un tiempo está marcado con un cartelito brilloso que dice “camerino”. A R. le costó convencerla de que saliera otra vez, le dijo que en el pasillo había una fila de gente que esperaba su autógrafo y, en efecto, todos tuvimos que ponernos en fila y repartirnos servilletas de papel sólo para que Estrella saliera altiva, con su rodete deshecho. “A vos sí, a vos no…” iba poniendo caprichosamente su marca con una birome de tinta mágica en algunas servilletas, hasta que llegó al final de la fila donde estaban las abuelas apabulladas. Estrella les lanzó una mirada que chorreaba condescendencia. “A vos sí y a vos también”, les dijo y firmó sus servilletas. Y antes de que ellas pudieran largarse con otro de sus piropos exaltando la nobleza de su nieta, Estrella, con un espectacular firulete de brazos, les señaló la puerta de salida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3017292602847110864?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3017292602847110864'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3017292602847110864'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/11/una-estrella.html' title='Una Estrella'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-7990764069719544476</id><published>2008-10-26T15:52:00.005-02:00</published><updated>2008-10-26T16:31:40.363-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Aparición</title><content type='html'>Teo y yo transitábamos por la Costanera Sur, rumbo a una cena a la que nos habían invitado. En el camino el paisaje humano era el siguiente: señoritas y señoritos ejerciendo –con la sonrisa bien puesta, la panza adentro y el culo afuera–, el oficio generoso de ser putos y putas. Nos paramos en una intersección para decidir hacia dónde doblar y vi que se nos acercaba un señor negro con afro y grandes pechos de silicona que sólo llevaba puesta una bombacha azul con estrellitas, como la de la mujer maravilla. El hombre venía meneando sus tetas hermosas, descomunales, y desprovistas de abrigo, en un baile carioca: “Brasil, lalalalalalalala”: movía los hombros hacia delante y hacia atrás. Quisimos seguir andando pero el hombre se nos plantó enfrente y ahora se ponía las manos en la cintura y hacía ese paso que consiste en simular un remolino con las caderas y bajar hasta casi tocar el piso. Cuando el tipo bajaba se le marcaban todos y cada uno de los músculos que deben marcarse en un cuerpo para considerarlo perfecto. Teo le hizo cambio de luces para que se quitara del medio y el hombre entendió que debía ponerse de espaldas, alzar los brazos y pasar a la lambada; Teo sonó la bocina y el hombre se dio una voltereta de media luna y, tras un saltito muy ágil, terminó sentado en el capó jadeando de cansancio. “Gracias, señor, pero tenemos que seguir”, le dijo Teo por la ventanilla, y el carioca nos miro sonriente: su cara, ciertamente, no era tan agraciada como su cuerpo y de adolescente debió haber sufrido mucho por el acné; pero la sonrisa que tenía el morocho superaba con creces sus tetas firmes, su agilidad y hasta sus dotes histriónicas. A mí me pareció estaba frente a una aparición divina: sobre nuestro capó posaba el culo una musa de la noche porteña, iluminada por la luz de un puestito de choripán del que salía un humo espeso y una cumbia mal sintonizada. A un lado de la musa se veían los edificios de Puerto Madero, enterrando sus cabezas en las nubes, y al otro lado el río sucio y oloroso, y otras musas tomando por sorpresa a sus potenciales clientes. Miré al carioca acomodándose sus botas y su bombacha de estrellas; lo vi sacudir la cabeza, quizá para sacarse el sudor, quizá para olvidarse rápidamente de otro intento fallido. Lo seguí mirando embelezada cuando arrancamos el auto y él hizo una elegante reverencia a nadie, y después, cuando, caminando muy erguido, se volvió con su sonrisa a la vereda.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-7990764069719544476?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7990764069719544476'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/7990764069719544476'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/aparicin.html' title='Aparición'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1703240913012369126</id><published>2008-10-26T15:52:00.001-02:00</published><updated>2008-10-26T15:52:43.652-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Cuarzo</title><content type='html'>Muchas veces me creí eso de que vivía en una ciudad occidental y cristiana. Que acá no pasaban esas cosas que, por ejemplo, pasan en el DF: como que una va muy oronda por una plaza y se te atraviesa una señora coronada con flores que te convence de darle plata por cachetearte con unas ramas secas y hacer buches con un brebaje que le deja los dientes negros y que después te escupe en la cara. A eso le dicen hacer una limpia, sacarte la mala racha, y al final una dice gracias. Acá no, Buenos Aires es tan hiperracional que siempre me pareció mas probable que te agarraran el culo en la parada del colectivo y que el susodicho manilarga se explayase pacientemente en una explicación que involucrara traumas irresueltos, que viniese un barbudo en túnica de algodón y te zampara un cuarzo en la cabeza. Pero resulta que hasta ahora nadie me agarró el culo en ninguna parte y en cambio estoy un poco abrumada por el acontecer místico porteño. Cuántas túnicas vi el otro día en el parque Los Andes, cuánto cuarzo, cuánta rama seca, cuánto Enya musicalizando el espacio público. Pasaba por allí de casualidad y me quedé un rato flotando en los olores del incienso, y entonces me abordó el hombre de la pollera hindú: “Estás sucia”, me dijo con una sonrisa y yo me miré la ropa, avergonzada y le dije “Cómo, pero dónde…”. “Hay una gran mancha negra”, insistió el tipo haciendo un ademán con la mano, dibujando una S en el aire. Yo me limpié la cara con la manga y la manga salió limpia: “No estoy sucia, señor”, dije y seguí andando. El hombre se me adelantó: “Yo te veo sucia”. “Claro”, dije y aceleré el paso y fue entonces cuando pegó ese brinco de saltimbanqui y se me plantó enfrente mostrándome un juego de cuarzos de colores: “Esto te va a limpiar”. Me alejé rápido mirando cada tanto hacia atrás para ver si el hombre me seguía. Pero no, se había quedado parado con esa sonrisa que debió tatuarse en un viaje de ayahuasca. Seguí adelante con la sensación de que, como en el cuento del emperador, todos veían mi mugre y mis harapos salvo yo, hasta que ví, ya lejos, cómo el hombre de la pollera hindú paraba a otra incauta, le decía cosas, estiraba la mano, agarraba el billete y revoleaba sus cuarzos como un malabarista de semáforo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1703240913012369126?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1703240913012369126'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1703240913012369126'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/cuarzo.html' title='Cuarzo'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2919113458276936477</id><published>2008-10-26T15:51:00.001-02:00</published><updated>2008-10-26T15:51:45.069-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Artistas</title><content type='html'>Hace unos días me invitaron a una fiesta de artistas y acepté encantada, a pesar de que la palabra “artistas” –en abstracto– es un rótulo que puede encontrarse fácilmente en mi archivo general de prejuicios. Pero los artistas me caen bien, no se me malinterprete; y cuando digo artistas soy amplia y me refiero a cualquiera que se crea con el derecho de autodenominarse de esa forma. En la fiesta abundaban los autodenominados: “Hola, mi nombre es Juan, soy artista” / “Hola, Juan”, contestaban al unísono los otros artistas. Algunos llevaban camisetas con leyendas como: “El arte ha muerto y resucitado en mí”. Y estaba también esa chica de pecho generoso con una remera que decía en letras ensanchadas: “El arte soy yo”. Esa noche algunos artistas consideraron acertado mi primer prejuicio sobre los artistas: que suelen ser personas llenas de vivencias tan fabulosas que sienten permanentemente la necesidad de compartirlas con el resto; mejor dicho: que su actitud frente a su propia vida es tan saludable y generosa que rara vez hablan de otra cosa. “Es verdad”, rieron escandalosamente. Luego me explicaron que eso que algún desubicado podría eventualmente interpretar en ciertos artistas como ser muy pagado de sí mismos era en verdad una virtud que consistía en desentenderse del ego como un elemento susceptible de ser controlado. Y que de ninguna manera un artista debe controlar su ego, porque un artista mientras ejerce el oficio de hablar de sí mismo está alimentándose, disponiendo su alma sensible a crear, a crecer, a hacerse más bella. Es algo así como hacer abdominales. Yo dije que encontraba todo muy esclarecedor, y que eso explicaba por qué, en su proceso creativo o mal llamada charlatanería, ciertos artistas no discriminaban entre el relato anecdótico de interés general y aquel que escasamente podría interesarle a sus madres. “Es así, absolutamente” volvieron a reír, me palmearon la espalda tan fuerte que pegué un saltito: me sentí una artista de la lucidez porque me estaba entendiendo a la perfección con mis anfitriones. Así fue como, al estar todo tan claro, los artistas dejaron de hablarme y armaron un círculo más íntimo; yo decidí sentarme sola y disfrutar a mis anchas del show de un joven DJ que mezclaba música oriental y que recién había escrito una novela –poco vendida pero muy bien criticada– sobre la vida un joven DJ, que también era escritor pero que, antes que nada, está de mas decirlo, era un artista.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2919113458276936477?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2919113458276936477'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2919113458276936477'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/artistas.html' title='Artistas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-2589040013200796653</id><published>2008-10-14T16:37:00.007-03:00</published><updated>2009-02-03T13:01:02.799-02:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='Conversaciones que escuché en la mesa de al lado'/><title type='text'>Una perra</title><content type='html'>Cada vez que voy a un restorán, bar o fonda, a pesar de la maravillosa compañía que suelo llevar a rastras, me embeleso oyendo las cosas que dice la gente en las otras mesas –he escuchado diálogos por los que Woody Allen donaría el resto de sus neuronas vivas. Si yo estuviera dotada de movimientos gráciles y ligeros, es decir, si yo calificara para ser mesera llevaría siempre un grabador encendido en mi delantal, lo deslizaría discretamente en la panera de una mesa elegida cada día al azar y por las noches, mientras ceno, me sentaría a oír la grabación. Sería como una radio novela: “Conversaciones que escuché en la mesa de al lado” es un lindo título: un hit. Porque la mesa de al lado es, para quienes la ocupan, un escenario íntimo –sólo que no–, y eso, quién se atrevería a negarlo, es un detonador del morbo. Soy morbosa: mea culpa; he aquí entonces un extracto de la última conversación que escuche la mesa de al lado. Los comensales eran una pareja de sesenta y muchos que llevaba un rato discutiendo sobre el maltrato que ella le daba a “Lulú”. A estas alturas él ya tenía la voz quebrada y ella mucho calor. Y sigue así:&lt;br /&gt;–Sos una bestia –dice él.&lt;br /&gt;–Sos un descarado –dice ella abanicándose la cara con la servilleta.&lt;br /&gt;–¿Porque la quiero a Lulú?&lt;br /&gt;–Porque la querés más que a mí.&lt;br /&gt;–Obvio que la quiero más, ella no me grita.&lt;br /&gt;–¿Ah no?&lt;br /&gt;–Claro que no, ella se pone contenta ni bien me ve y corre a recibirme, ella se me trepa encima y me lame: ¡ella me da cariño! Vos no podés hacer eso, ¿sabés por qué?&lt;br /&gt;–Porque no soy una perra.&lt;br /&gt;–Porque vos estás seca por dentro, no tenés corazón, vos estás llena de mierda.&lt;br /&gt;–Gracias, amor. Igualmente.&lt;br /&gt;Mastican, toman vino, a él se le cae la servilleta, ella la levanta y se la pone en el cuello como un babero. Él se deja. Siguen comiendo.&lt;br /&gt;–Y sí que sos una perra: Lulú no es tan perra como vos –dice él, deja los cubiertos sobre el plato sin terminar, apoya los codos en la mesa y se frota los ojos con las manos:&lt;br /&gt;–No podés ser tan perra –insiste. Ella lo mira, saca su propia servilleta y le limpia una mancha de salsa que le quedó en la barbilla. &lt;br /&gt;–Sí puedo, claro que puedo –dice y vuelve a su plato. Y él, con la expresión de un nene malcriado, se moja el puño de la camisa en la salsa y la mira de reojo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-2589040013200796653?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2589040013200796653'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/2589040013200796653'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/conversaciones-que-escuch-en-la-mesa-de.html' title='Una perra'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-5796122735463486395</id><published>2008-10-12T15:55:00.001-03:00</published><updated>2008-10-12T15:58:51.326-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Profecía autocumplida</title><content type='html'>La mayoría de gente que conozco –inclúyome–, no tiene acciones en la bolsa; gana una plata módica cada mes y la gasta en alquiler, comida y frivolidades varias. Siempre que voy con alguna amiga a comprar zapatos o ropa o un set de repasadores para la cocina la veo preguntarse: ¿valdrá la pena gastar en esto? Aunque se esté muriendo por llevarlo. Y piensa en todas las cosas en las que podría gastar mejor esos cincuenta pesos que se vuelven de repente parte fundamental de su patrimonio: “Ja, como si la plata creciera en los árboles”, dicen las más duras frente al objeto deseado y se vuelven a su casa con las manos vacías y la conciencia limpia. Es un clásico. Pero la duda del consumidor/a frente al objeto deseado nunca había sido tan excesiva como ahora. Toda la gente con la que hablo últimamente se refiere a la crisis en Wall Street como algo personal: de pronto todos resultamos tan pero tan afectados con la caída de los mercados. El otro día mi amiga L me dijo: “Mejor cenemos en casa, con esto de la crisis no conviene gastar”. Cenamos unos pinches ravioles. Hasta Stella Maris se ha vuelto austera, no gasta ni en pan: “Es que no se sabe lo que va a pasar, Marga”, me dice mientras mezcla el detergente de platos con más agua de lo habitual. Es un poco mucho, porque aunque el panorama general está oscuro para todo aquel que dependa de un sistema capitalista para subsistir –yo, tú, ellos–, la crisis por ahora no nos cachetea de manera directa a ninguna de las criaturas comunes y silvestres que dudamos catorce veces antes de comprarnos una empanada china. Pero entonces sucede: es la profecía autocumplida. La abstinencia general, el hecho de que nadie compre repasadores o libros o dvds o pan o sushi hace que la economía se deprima –“¿Con que esto querían?”, dirá la economía con cara de orto, atragantándose con Prozac. Y sí, ya sé, supongo que me dirán que hay que actuar con precaución y que las crisis económicas le han pegado tan fuerte a esta patria noble que ahora ven una vaca y lloran; supongo que tendrán razón, pero no deja de parecerme una reacción tristísima. A mí me crío una madre tropical y botarata, fóbica del ahorro, que solía repetir que la plata era papel y que un día el mundo se daría cuenta y la haría confeti: “Esto no vale nada”, diría el vocero del mundo lanzándola por los aires, y se vendría el descalabro. Entonces me parecía una irresponsabilidad, ahora una genialidad: sobre todo cuando se sabe que no hace falta ningún descalabro para que esto mismo –que la plata valga nada– vaya sucediendo, de a poco, todos los días de la vida.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-5796122735463486395?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5796122735463486395'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/5796122735463486395'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/profeca-autocumplida.html' title='Profecía autocumplida'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1245458255050000722</id><published>2008-10-07T17:08:00.000-03:00</published><updated>2008-10-07T17:09:12.984-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Pobre chico</title><content type='html'>Este es un chico inteligente y culto que lo tiene todo, incluso ojos verdes y dinero, y que su único defecto –si lo consultásemos con él– es que es un poco petiso y se está quedando calvo. ¿Pero acaso eso importa demasiado dentro de un convertible? Por supuesto que no, diría él. Después hay otras cosas en este chico que podrían ser consideradas por terceros defectos deleznables. Si a mí me pidieran que mencionase uno yo diría: es egoísta. Pero no porque sea de esos que no invitan a sus amigos a comer, o no les ofrecen llevarlos a sus casas, o ponen mala cara cuando alguien les pide, por favor, una lapicera. De ninguna manera, este chico no hace nada de eso porque es un chico correcto, educado, adorable. Su egoísmo va más allá de meras formalidades: su egoísmo consiste en que no quiere compartir el mundo con gente distinta a sí mismo. Por ejemplo: este chico odia a los mendigos por la sencilla razón de que cuando caminan dejan un rastro de suciedad. “¿Pero por qué no se bañan?”, lo he oído decir consternado. También lo he visto mirar por encima del hombro a una nena en patas, rota y curtida, para fijar sus ojos en una valla publicitaria que flota en el firmamento: “Che, quizá me compre esas zapatillas”, dice, siendo que en el cartel no hay ningunas zapatillas. Este chico tiene principios y hace grandes esfuerzos por ser coherente: uno de sus principios es condenar cualquier actividad social tendiente a favorecer a los pobres. Por esa causa milita ferozmente. Si te ve un día dándole una limosna a alguien es capaz de gritarte: “¡Alcahuete!” y darte una lección honesta sobre cómo la limosna potencia la mendicidad y, en cambio, el ejercicio de ignorar a los mendigos contribuye al exterminio de semejante flagelo. “Y se irán muriendo de a poco”, dirá esperanzado. Pero a veces, este chico también se siente desolado: piensa que está sólo en su lucha, que cada vez son menos los convencidos de que el único mérito posible en la vida es en acumular plata. Y se deprime. Pero para curarse sólo necesita volver a su convertible y dar un paseo –no en cualquier zona, por seguridad– y mirar caras al azar. Entonces, dirá aliviado mientras la brisa acaricia su pelo y descubre sus entradas, siempre encontrará otros ojos verdes furibundos detrás de los que es fácil adivinar su mismo sueño.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1245458255050000722?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1245458255050000722'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1245458255050000722'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/10/pobre-chico.html' title='Pobre chico'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3856814355919607687</id><published>2008-09-30T13:06:00.001-03:00</published><updated>2008-09-30T13:08:36.814-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>El milagro de la orquídea</title><content type='html'>Di mi palabra y pienso cumplirla: hace varios meses escribí una columna que se llamaba “Ver la orquídea, ser optimista”, en la que acusaba a mi señor de ciertos desvaríos por eso de llamar a tres palos secos que le compró a una ex convicta en la calle Maipú “las orquídeas fucsias y perfumadas, las amarillas abundantes y las blancas con pintitas rosa”. Esos palos fueron debidamente colgados con un clavito en la galería y sometidos a cuidados dignos de un bebé prematuro. ¿Y todo eso para qué? Para que en estos días primaverales en los que yo me asfixio por culpa del polen, ellos dieran a luz unas hermosísimas flores fucsias y perfumadas, flores amarillas abundantes y flores blancas con pintitas rosa. Y ahora en casa vuelve a haber otra discusión de tipo nominal: el fenómeno que Teo califica como un milagro, yo lo califico como una humillación. Lo mejor es que estos palos secos hayan decidido parir justo cuando los mercados del mundo se desmoronan y en la tele muestra a un chiquito que mató a otro y a un señor de sotana que violó a unos nenes. O sea, cuando la raza humana oprimida y opresora no está en su momento cumbre y yo –un dato menor pero igualmente humillante–, engordé tres kilos de cachete. ¿Quién puede competir en estas condiciones con una orquídea que apareció de la nada para restregarnos su belleza? Ni Jacqueline Bisset en su mejor momento. Si la vida fuera un cuento de hadas en mi galería estarían los aposentos de las princesas, donde Teo y Stella Maris –cada uno empuñando un atomizador para bañar a las orquídeas– harían de damas de honor, y yo –que los miro a la distancia y me trago sus comentarios irónicos acerca de mi falta de fe y acerca de la redondez de mi cara– sería un sarnosito indeseable. Meses atrás la historia era otra: palo seco era palo seco, yo era sílfide y asertiva, Teo era un grandísimo iluso y Estados Unidos una potencia. Pero las cosas cambian rápido: casi siempre para mal, como lo demuestra el mundo, y algunas veces para bien, como lo demuestra mi galería. Por eso, acepto humildemente que me equivoqué en mi apreciación –y claramente en mi dieta– y cierro esta nueva historia con una moraleja: es fácil aceptar que un príncipe fue antes sapo, lo difícil es besarlo cuando todavía es verde, salta y lanza eructos al aire. &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Fin.&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3856814355919607687?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3856814355919607687'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3856814355919607687'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/el-milagro-de-la-orqudea.html' title='El milagro de la orquídea'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1514864729697928537</id><published>2008-09-23T14:02:00.001-03:00</published><updated>2008-09-23T14:03:20.106-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Feliz primavera</title><content type='html'>El nene se asoma a las ventanillas de los autos y muestra una flor mustia: “Feliz primavera”, sonríe. Nadie le compra nada, algunos le dan moneditas pero le dejan la flor para que termine de pudrirse en su manita. El taxista también habla de la primavera, dice que le gusta cuando la ciudad “se baña de colores”. En la radio suena Limón y sal de Julieta Vanegas, la locutora hace la segunda voz y dice “¡Me encanta esa canción, uuu!” Después dice que hay 17 grados y un sol esplendoroso. El día anterior y el anterior me habían llamado amigos y amigas que no veía hace un año: casi todos querían irse de tragos. “Ya empiezan los daiquiris”, dijo una que comparte mi vena borrachina. Otra me dijo:  “¡Qué rico, ensaladita verde!” No sé por qué me dijo eso. La primavera nos engaña, nos hace creer que todo se renueva de pronto: las flores, la dieta, la vida. La gente sale vestida de algodón, entra al kiosco y se compra un refresco de entusiasmo. “¡Ehh!”: saltan.  Un visitante desprevenido podría preguntarse legítimamente si el polen local contiene opio. Ahora el taxista saluda a otro taxista que lleva a una chica con una flor sembrada en la cabeza: es una flor roja que nace de una peineta incrustada encima de la oreja. Yo la miro y pienso que debe doler, ella me mira de vuelta y sonríe… “¡Voy a ponerte la guitarra de sombrero!”: cantan ahora en la radio y el taxista suelta una carcajada; está feliz porque esa canción le recuerda tanto, pero tanto a su hijo Tony cuando era más pendejo. Sigue de largo por Santafé, olvidó que la había pedido que doblara por Las Heras: “Señor, no dobló por…”, empiezo a decirle. El tipo frena y dice que es verdad, luego arranca y dice que ya para qué y sigue riéndose, meneando su cabeza al son de los Decadentes. Las tiendas gritan en letras amarillas y rojas y verdes ¡Feliz Primavera! Paramos en otro semáforo y esta vez hay un viejo muy viejo que saca de su violín viejo una melodía tristísima: nada primaveral, pienso, y casi me siento aliviada hasta que descubro que la canción es Naranjo en flor. Antes de que cambie el semáforo el violinista pela sus encías moradas en lo que parece ser una sonrisa, abre la caja del instrumento y saca un puñado de pétalos que lanza por los aires.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1514864729697928537?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1514864729697928537'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1514864729697928537'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/feliz-primavera.html' title='Feliz primavera'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-6699593233497955091</id><published>2008-09-17T18:31:00.002-03:00</published><updated>2008-09-17T18:31:41.056-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Flory</title><content type='html'>La semana pasada, uno de esos días exageradamente luminosos que hacen que todo se vea más grande –las avenidas, los autos, las cabezas de las personas–, fui a comer al aire libre con mi amiga Flory, cuyo rasgo más característico es que es absolutamente hermosa. Flory, bien lo sabe ella, no tiene muchas otras cosas que ofrecer al mundo más que su cara de muñeca. Sabe también que eso le basta y le sobra para conseguir lo que ella considera que se merece en la vida: todo, o casi todo. Hay cosas que hasta Flory sabe que no se merece y que cuando las consigue –por esos azares que solemos llamar suerte– se indigna, se cruza de brazos y frunce sus labios rosa como una niña: “No, no y no”, dice negando con su cabeza rubia. Y nadie entiende por qué hace semejante pataleta porque, por ejemplo, un cliente que frecuenta la tienda de relojes en la que trabaja le lleva un regalo. No es que Flory desconfíe de él, faltaba más: Flory no desconfía de nadie; pero le parece muy poco apropiado recibir de ese joven apuesto un dije precioso de una lágrima de cristal que adentro tiene un trocito de esmeralda. Me muestra el dije en el almuerzo, lo saca de una cajita plateada forrada por dentro con terciopelo bordó: “No puedo aceptarlo, no hice nada para merecerlo”, dice. Y es verdad, ella no hizo nada, salvo lo que toda chica linda hace para mantenerse linda: gimnasia, largas sesiones de masajes reafirmantes y peluquería. Pero eso, ella misma estaría de acuerdo, no se corresponde ni remotamente con el valor del dije. “Entonces no lo aceptes”, le digo. Flory pone el dije en la palma de su mano y se admira de que el trocito de esmeralda cambie de forma según donde le pegue el sol. Sonríe con sus dientes blanquísimos y casi enseguida deshace su sonrisa, empuña el dije y vuelve a negar, enérgica, con la cabeza. La gente que camina por la vereda desvía sus ojos alelados hacia Flory, probablemente sin darse cuenta. Pero la mirada azulísima de Flory no se fija en nadie, atraviesa los cuerpos de los peatones, atraviesa los edificios y se pierde en el horizonte. Después toma un sorbo de vino blanco, vuelve a mirar el dije de cerca y le pregunta, visiblemente compungida: “¿Por qué yo, por qué a mí?”. Pero el dije no dice nada, no sabe, quién podría saberlo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-6699593233497955091?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6699593233497955091'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/6699593233497955091'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/flory.html' title='Flory'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3782800534428768015</id><published>2008-09-14T20:39:00.002-03:00</published><updated>2008-09-15T11:00:55.115-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>La señora X</title><content type='html'>Mi querida señora X ataca otra vez el campo vastísimo de la paciencia universal. Ya me he referido a ella en esta columna, pero la señora X insiste –no intencionalmente, por supuesto–, en convertirse en un personaje de mucho más peso que aquel que lanza al aire, sin previo aviso, barbaridades semánticas. La señora X está especializándose ahora en el arte difícil de la formulación de dogmas. Ha eliminado de su lenguaje las cláusulas aclaratorias del tipo: “me parece” o “yo creo”, así como la costumbre responsable de citar la fuente de una afirmación tan tajante como: “El calentamiento global ha matado a más de un millón de personas en el Africa”. “¡Pero qué barbaridad, señora X! ¿Cómo sabe usted eso?”. Y ella lanza su muletilla favorita: “Todo el mundo lo sabe”. La última vez que fui a su casa estaba con sus amigas de Belgrano R jugando al Rumi. La conversación giraba en torno al tapado marrón que otra señora, ausente esa tarde, había llevado al último cumpleaños de la señora X y al anterior y al anterior. “Pensará que es una prenda clásica”, dijo una de las jugadoras y la señora X, sin aclararse la garganta siquiera, lanzó otra de sus sólidas definiciones: “Clásico es aquello que no agrede a la vista”. “Así es”, dijeron las demás. Lo más asombroso de la señora X, en todo caso, surge cuando habla de política. Para ella es incomprensible que la gente discuta cosas que la sociedad entera tiene tan claras como, por ejemplo, la reestatización de los ferrocarriles: “Es completamente inadmisible: los trenes son sucios”, y eso es todo lo que hay que decir sobre ese tema. La señora X es tan ligera que cuando mueve su corpulencia por el living generoso de su casa colonial parece que flotara. Va de acá para allá parloteando incontenible, sin que la sospecha de duda o indecisión o volubilidad de pensamiento sea algo de lo que su público deba preocuparse. Muchas veces, cuando salgo de su casa pienso que, quienes la conocemos, deberíamos estar agradecidos de que existan personas como ella, cuyas cabezas no encierran más que certezas sobre un mundo cada vez más confuso. Pero luego me arrepiento y pienso otra cosa sobre la señora X, y luego otra, porque a algunos todavía nos gusta ejercer el privilegio de la duda.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3782800534428768015?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3782800534428768015'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3782800534428768015'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/la-seora-x.html' title='La señora X'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-1400405533178133918</id><published>2008-09-11T16:43:00.000-03:00</published><updated>2008-09-11T16:44:42.355-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Alergia</title><content type='html'>Al hombre lo conocí en la salita de espera del alergólogo. Su alergia consistía en que no podía cerrar los ojos porque sentía unos pinchazos de agujas que le dolían horrorosamente. Yo había ido porque no paraba de estornudar, por culpa del polen o, quizá, por culpa de Teo –“Soy alérgica a mi marido, doctor”, es algo que le he dicho muchas veces a los médicos y sorprendentemente ninguno lo ha querido tomar en serio. Las alergias son una cosa terrible, la gente que no las sufre no entiende lo agobiante que es no saber exactamente qué las produce y tener que resignarse a eso de la suma de factores, esa totalidad implacable. El hombre de la salita me mostraba sus ojeras embolsadas y blandas: “Se llama tortura”, decía. “¿Sabe a qué se debe su alergia?”, le pregunté, siempre se lo pregunto a todos . “¿A qué?”, preguntó de vuelta, con esa sonrisa a medias, en señal de que esperaba un chiste del tipo pregunta obvia respuesta más obvia –¿Qué es verde y dice “soy una rana”? Una rana que habla (risas)–. “No sé, señor, por eso le pegunto”, dije. El hombre deshizo su sonrisa, ladeo la cabeza y enumeró cosas en susurros, ayudándose con los dedos. Yo le dije que no importaba, que nadie sabía con exactitud, que todos los doctores se han cansado de decirme que no se es alérgico a tal o cual cosa, sino que se es sencillamente alérgico; y que me parecía mejor, en todo caso, porque “imagínese que descubran que uno es alérgico a algo que quiere mucho”, le dije. Pero el hombre ya estaba embarcado en su trance: “…polen, polvo, humedad, frío, calor, perfumes revueltos, alientos ajenos, tintes de cabello femenino, pintura, bronceadores, cremas humectantes, lana, látex, humo de colectivos, alquitrán, mierda de perro…”. Murmuraba su lista interminable igual que si contara ovejitas y los párpados le caían sobre los ojos como cortinas de terciopelo. Hasta que se detuvo, me miró fijamente con sus córneas resecas y enrojecidas: “Sos perversa”. Y se levantó de la silla, fue hasta el escritorio de la chica que llenaba la planilla de los pacientes, le dijo que ya tenía una respuesta para esa casilla que siempre dejaba vacía. La chica preguntó: “¿Fuente de la alergia?” Y el hombre, mirando por la ventana pequeña de la recepción, con expresión triste pero tono enérgico, dijo: “Buenos Aires”.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-1400405533178133918?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1400405533178133918'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/1400405533178133918'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/alergia.html' title='Alergia'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-3801960843264171138</id><published>2008-09-07T19:57:00.002-03:00</published><updated>2008-09-08T19:20:41.578-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Obvio</title><content type='html'>Primero lo oí en la radio, era un DJ que hablaba de las canciones que estaba programando: “Es un ska reggae dance techno, con ciertos aires de bossa y un toque de soul con una clara pero sutil influencia country, ¿me seguís?”. “Obvio”, decía el locutor.  Esa noche fui a una fiesta y conocí a uno que uso el mismo mecanismo acumulativo para explicarme lo que hacía: “Estrategias, management, marketing publicitario, estoy con todo el tema de broadcasting y lo del mainstream, todo lo que tenga que ver con eso es mi target objetivo ¿me seguís?”. Son como nenes indigestados vomitando datos sin sentido. Tendrían que tener un botón para resetearse, porque el golpe en la espalda ya no basta. Hay millones como ellos que van por ahí escupiendo palabras sin llegar a formar una sola oración: perdieron el sujeto y el predicado en un bazar de palabras huecas. ¿Saben qué es lo peor? Que no hay manera de combatirlos. Uno se cree que con eso de darles a probar de su propia medicina va a propinarles un duro golpe, pero uno se equivoca. Hice la prueba, le hablé al muchacho de la fiesta en sus mismos términos: “Yo me dedico a juntar grafemas, caracteres, símbolos, signos linguísticos, grafías, representaciones varias del idioma español o castellano,  a unirlas de determinada manera u otra y componer unidades de sentido y/o significado, ¿me seguís?” “Obvio”, dijo con cara de obviedad. En esa fiesta había muchos chicos y chicas sosteniendo grandes diálogos vacíos y después se daban besos o se miraban en clara actitud de: vos y yo compartimos un código. Hay gente que se casa después de tener este tipo de conversaciones. Gente que sabe que no entendió un soto de lo que el otro dijo pero se siente tan satisfecha y complacida de que el otro simulara entender lo que dijo ella y entonces eso se confunde con el amor. Después culpan al amor de que sea confuso, redundante, vaporoso y tienen la desfachatez de quejarse porque “no nos entendemos”,  cuando todo sería más simple si alguien fuera capaz de estremecer al otro por los hombros: “¿Que qué?” y, de ser necesario, darle un par de cachetazos para que reaccione. Pero nadie dice qué, esa palabra está prohibida en estos contextos. En su lugar ahora figura otra, abominable, que se pronuncia más o menos así: “Obbbvvio”. Me encantaría saber qué cuernos significa.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-3801960843264171138?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3801960843264171138'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/3801960843264171138'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/obvio.html' title='Obvio'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-5022251505601073817.post-4393266923202321930</id><published>2008-09-03T10:33:00.002-03:00</published><updated>2008-09-03T18:04:16.320-03:00</updated><category scheme='http://www.blogger.com/atom/ns#' term='La ciudad de la furia (Diario Crítica)'/><title type='text'>Copas y recopas</title><content type='html'>Mi hombre ama el fútbol, y ése es el único lunar que lo ensombrece. Yo amo a mi hombre pero odio el fútbol y me palpita la sien cuando oigo a los comentaristas analizar, como si fuera un pase de ballet, la armoniosa coordinación de 44 patas haciendo firuletes, o cuando descubro señores que se calientan frente a muchachitos sudorosos. Para mí es como mirar en un microscopio bichos que saltan frenéticos dentro de una pecera, y eso sólo es entretenido los primeros treinta segundos. Por eso decidí que el fútbol es una manifestación artística que excede mi entendimiento. Así que cuando Teo va a mirar un partido en casa yo suelto un entusiasta ¡adiós, adiós, que ganes, amor mío!, y huyo meneando mis cabeshos largos, dejando a mi hombre pelado con sus hombrecitos. Encauso mi rumbo hacia una velada tranquila, libre de fútbol: velada tiende cada vez más a ser un espejismo, porque los días en que se disputan copas y recopas futboleras son días tomados por la locura. Entiendo que una avioneta sobrevuela la ciudad y la rocía con testosterona: todo el mundo sabe que el exceso de testosterona sitúa a los señores en el campo de la virilidad dudosa. Es así como se oyen vozarrones insospechados rogándoles pases a los jugadores, a quienes suelen llamar nenes; se ven rodillas haciendo pataletas y manos derechas exprimiendo testículos izquierdos porque el fútbol en este país es, por sobre todas las cosas, una excusa legitima para toquetearse en público. El caso es que si una va buscando una velada tranquila, la calle no se la provee fácilmente; podrá incluso sentarse coqueta frente a un barman y pedirle un algo que no llegará. El barman también estará entregado a la contemplación de los hombrecitos, mientras simula limpiar copas limpias con un pañuelo sucio. Toca entonces volver a la noche fría, caminar, seguir buscando y, ni que los pies se le ampollen, tomar un taxi –subirse a un taxi un día de futbol es como zambullirse en la olla de la testosterona malograda, deprimida por no poder estar en la cancha o en el bar con los muchachos. Y caminar y caminar, decía, no importa cuánto, no importa a dónde, porque en la siguiente cuadra, o quizá en la otra, irrumpirá el silbato, el final del partido, y la velada tranquila, por fin, dejará de ser un espejismo: ahora sólo será inútil.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/5022251505601073817-4393266923202321930?l=elimperiodeteodora.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4393266923202321930'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/5022251505601073817/posts/default/4393266923202321930'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://elimperiodeteodora.blogspot.com/2008/09/copas-y-repcopas.html' title='Copas y recopas'/><author><name>Teodora</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
