lunes, 30 de marzo de 2009

Comentario

Estuve de vacaciones y recibí cartas muy amables que quiero agradecer. A la señora que me recomendaba usar ropa oscura para disimular las manchas, gracias por el tip. Al joven poeta que me escribió una frase larga en forma de haiku, qué detalle –era una gran frase erótica que no reproduciré por respeto al derecho de autor. A la mujer que me retaba por mi intolerancia a la mierda de perro que alfombra la ciudad, le pido disculpas extensibles a las mascotas que posee. Hubo otras cartas que me alegraron los días y lamento no poder detenerme en todas. Pero escogí una para comentar hoy, porque justo se trataba de eso: del oficio de comentar. La escribió un señor Sean, y me contaba sobre una nota de Bioy Casares donde se refería al oficio del columnista. Decía, entre otras cosas, que “si no tuviéramos el consuelo de comentarla, la vida sería más dura”. Su correo fue como una lluvia fresca en un día de verano infernal. Literalmente: ese día el cielo se derretía; yo estaba en un bar–wifi y por la ventana veía gente chapoteando en la vereda. Si hubiese estado sola habría cantado al aire: ¡cuánta razón tiene, Don Sean; cuánta razón, Don Bioy! Pero, intimidada por el mundo, sólo pensé que una revelación debía ser eso: un pensamiento propio puesto en las palabras correctas. Porque cada vez que alguien me preguntó para qué escribía columnas, para qué servía comentar que afuera llueve y hay un viejo empapado que muerde un cartón, yo quise decir eso mismo que decía Sean en su correo, porque eso mismo pensaba. Pero siempre me salió algo distinto, algo como un ehhh sostenido en el que desaparecía el interlocutor y yo quedaba en un salón vacío donde sólo se escuchaba el zumbido de una mosca, el eco del silencio. Pensé también, en medio del cuchicheo del bar sobre las gotas que caían a modo de “shhh”, que la pregunta para qué sirve comentar no aludía solamente a quienes nos dedicábamos al columnismo, sino a todo el que poseyera la habilidad del lenguaje. Todo el mundo comenta. La gente siente alivio cuando puede contar que vio, pensó, elucubró, concluyó excitadísima, que la mejor manera de disimular las manchas es poniéndose ropa oscura. No importa si al momento de decirlo, el otro, quizá inmerso en sus potenciales comentarios, todo lo que hizo fue hacer montañitas con las migajas del pan en la mesa y, tras un resoplido que volvió a dispersarlas, dijo: ¿Te parece? Comentar alivia, yo también lo creo, pero no sabía cómo decirlo. Gracias por sus comentarios, queridos lectores. Y gracias, señor Sean, por las palabras correctas.