sábado, 7 de marzo de 2009

El señor Junior

Otra vez estamos en una feria americana de esas que Teo adora y yo he aprendido a tolerar, como su tendencia a la elaboración silogística en conversaciones domésticas. Esperamos nuestro turno, somos muchos, y como siempre pasa en estas situaciones la gente está nerviosa porque cree que cuando entre ya no va a quedar nada, que se habrán llevado todo lo que vale la pena. Nunca supe qué es lo que vale la pena, quizá siempre llego tarde: cuando sólo quedan estantes repletos de patos de cerámica como los de mi tía Ramona. La tía Ramona termina siendo la mayor beneficiaria de estas ferias: si llego a comprar algo –un pato de tres pesos– va a parar indefectiblemente a su living. “Adelante” dice alguien, y entramos. La casa está medio derruida, probablemente la demolerán una vez le saquen todas los cachivaches que tiene adentro. Teo se me pierde, seguro que está husmeando las bibliotecas, las placas en la pared, las fotos. Teo tampoco compra nada nunca, lo que lo excita de venir a las ferias es el puro morbo de historiador: le gusta saber cómo vive otra gente y a partir de lo que descubre reconstruir sus vidas. Siempre que salimos de las casas me cuenta con pelos y señales quiénes eran o son los propietarios, hace sumas y restas para averiguar qué hacían y dónde estaban en determinados años susceptibles para la patria y entonces decide si son despreciables o no. Por fin encuentro a Teo en un ático mirando unas cajas de madera que contienen películas muy antiguas. Están marcadas en la cubierta con leyendas como: “Sarita y Junior, primer viaje en barco. Río, 1926”; “Mamá y papá en Montevideo, 1921”; “Viaje en ferrocarril con los niños. Asunción, 1930”. Y así, hay decenas de cajas de películas con imágenes de ciudades que ya no existen. Teo busca al dueño, un señor de noventa y tantos que habla solo en la galería. Es el único hijo que queda: Junior, supongo. Le digo que es al pedo, pero él insiste. Le pregunta al señor qué piensa hacer con esas películas, que por qué no las dona a un museo, que hay imágenes que no mucha gente conoce, que… Junior lo mira desde sus ojos vidriosos, inexpresivos, y dice: “y… pero son de mamá”. Teo calla, se le ve contenido –X es de mamá, mamá está muerta, luego X es de Junior–. “Claro”, dice por fin, pero que quizá un museo… “Son de mamá”, repite Junior, alza los hombros en señal de impotencia. Y luego, como si de repente se acordara de algo, se mete la mano al bolsillo, le pide a Teo que se acerque y le da un lindo pato de cerámica con pico rojo y sombrero panamá. “Es el único que queda”, dice, con los ojos brillantes de emoción.