Cada vez que voy a un restorán, bar o fonda, a pesar de la maravillosa compañía que suelo llevar a rastras, me embeleso oyendo las cosas que dice la gente en las otras mesas –he escuchado diálogos por los que Woody Allen donaría el resto de sus neuronas vivas. Si yo estuviera dotada de movimientos gráciles y ligeros, es decir, si yo calificara para ser mesera llevaría siempre un grabador encendido en mi delantal, lo deslizaría discretamente en la panera de una mesa elegida cada día al azar y por las noches, mientras ceno, me sentaría a oír la grabación. Sería como una radio novela: “Conversaciones que escuché en la mesa de al lado” es un lindo título: un hit. Porque la mesa de al lado es, para quienes la ocupan, un escenario íntimo –sólo que no–, y eso, quién se atrevería a negarlo, es un detonador del morbo. Soy morbosa: mea culpa; he aquí entonces un extracto de la última conversación que escuche la mesa de al lado. Los comensales eran una pareja de sesenta y muchos que llevaba un rato discutiendo sobre el maltrato que ella le daba a “Lulú”. A estas alturas él ya tenía la voz quebrada y ella mucho calor. Y sigue así:
–Sos una bestia –dice él.
–Sos un descarado –dice ella abanicándose la cara con la servilleta.
–¿Porque la quiero a Lulú?
–Porque la querés más que a mí.
–Obvio que la quiero más, ella no me grita.
–¿Ah no?
–Claro que no, ella se pone contenta ni bien me ve y corre a recibirme, ella se me trepa encima y me lame: ¡ella me da cariño! Vos no podés hacer eso, ¿sabés por qué?
–Porque no soy una perra.
–Porque vos estás seca por dentro, no tenés corazón, vos estás llena de mierda.
–Gracias, amor. Igualmente.
Mastican, toman vino, a él se le cae la servilleta, ella la levanta y se la pone en el cuello como un babero. Él se deja. Siguen comiendo.
–Y sí que sos una perra: Lulú no es tan perra como vos –dice él, deja los cubiertos sobre el plato sin terminar, apoya los codos en la mesa y se frota los ojos con las manos:
–No podés ser tan perra –insiste. Ella lo mira, saca su propia servilleta y le limpia una mancha de salsa que le quedó en la barbilla.
–Sí puedo, claro que puedo –dice y vuelve a su plato. Y él, con la expresión de un nene malcriado, se moja el puño de la camisa en la salsa y la mira de reojo.