martes, 7 de octubre de 2008

Pobre chico

Este es un chico inteligente y culto que lo tiene todo, incluso ojos verdes y dinero, y que su único defecto –si lo consultásemos con él– es que es un poco petiso y se está quedando calvo. ¿Pero acaso eso importa demasiado dentro de un convertible? Por supuesto que no, diría él. Después hay otras cosas en este chico que podrían ser consideradas por terceros defectos deleznables. Si a mí me pidieran que mencionase uno yo diría: es egoísta. Pero no porque sea de esos que no invitan a sus amigos a comer, o no les ofrecen llevarlos a sus casas, o ponen mala cara cuando alguien les pide, por favor, una lapicera. De ninguna manera, este chico no hace nada de eso porque es un chico correcto, educado, adorable. Su egoísmo va más allá de meras formalidades: su egoísmo consiste en que no quiere compartir el mundo con gente distinta a sí mismo. Por ejemplo: este chico odia a los mendigos por la sencilla razón de que cuando caminan dejan un rastro de suciedad. “¿Pero por qué no se bañan?”, lo he oído decir consternado. También lo he visto mirar por encima del hombro a una nena en patas, rota y curtida, para fijar sus ojos en una valla publicitaria que flota en el firmamento: “Che, quizá me compre esas zapatillas”, dice, siendo que en el cartel no hay ningunas zapatillas. Este chico tiene principios y hace grandes esfuerzos por ser coherente: uno de sus principios es condenar cualquier actividad social tendiente a favorecer a los pobres. Por esa causa milita ferozmente. Si te ve un día dándole una limosna a alguien es capaz de gritarte: “¡Alcahuete!” y darte una lección honesta sobre cómo la limosna potencia la mendicidad y, en cambio, el ejercicio de ignorar a los mendigos contribuye al exterminio de semejante flagelo. “Y se irán muriendo de a poco”, dirá esperanzado. Pero a veces, este chico también se siente desolado: piensa que está sólo en su lucha, que cada vez son menos los convencidos de que el único mérito posible en la vida es en acumular plata. Y se deprime. Pero para curarse sólo necesita volver a su convertible y dar un paseo –no en cualquier zona, por seguridad– y mirar caras al azar. Entonces, dirá aliviado mientras la brisa acaricia su pelo y descubre sus entradas, siempre encontrará otros ojos verdes furibundos detrás de los que es fácil adivinar su mismo sueño.