domingo, 26 de octubre de 2008

Cuarzo

Muchas veces me creí eso de que vivía en una ciudad occidental y cristiana. Que acá no pasaban esas cosas que, por ejemplo, pasan en el DF: como que una va muy oronda por una plaza y se te atraviesa una señora coronada con flores que te convence de darle plata por cachetearte con unas ramas secas y hacer buches con un brebaje que le deja los dientes negros y que después te escupe en la cara. A eso le dicen hacer una limpia, sacarte la mala racha, y al final una dice gracias. Acá no, Buenos Aires es tan hiperracional que siempre me pareció mas probable que te agarraran el culo en la parada del colectivo y que el susodicho manilarga se explayase pacientemente en una explicación que involucrara traumas irresueltos, que viniese un barbudo en túnica de algodón y te zampara un cuarzo en la cabeza. Pero resulta que hasta ahora nadie me agarró el culo en ninguna parte y en cambio estoy un poco abrumada por el acontecer místico porteño. Cuántas túnicas vi el otro día en el parque Los Andes, cuánto cuarzo, cuánta rama seca, cuánto Enya musicalizando el espacio público. Pasaba por allí de casualidad y me quedé un rato flotando en los olores del incienso, y entonces me abordó el hombre de la pollera hindú: “Estás sucia”, me dijo con una sonrisa y yo me miré la ropa, avergonzada y le dije “Cómo, pero dónde…”. “Hay una gran mancha negra”, insistió el tipo haciendo un ademán con la mano, dibujando una S en el aire. Yo me limpié la cara con la manga y la manga salió limpia: “No estoy sucia, señor”, dije y seguí andando. El hombre se me adelantó: “Yo te veo sucia”. “Claro”, dije y aceleré el paso y fue entonces cuando pegó ese brinco de saltimbanqui y se me plantó enfrente mostrándome un juego de cuarzos de colores: “Esto te va a limpiar”. Me alejé rápido mirando cada tanto hacia atrás para ver si el hombre me seguía. Pero no, se había quedado parado con esa sonrisa que debió tatuarse en un viaje de ayahuasca. Seguí adelante con la sensación de que, como en el cuento del emperador, todos veían mi mugre y mis harapos salvo yo, hasta que ví, ya lejos, cómo el hombre de la pollera hindú paraba a otra incauta, le decía cosas, estiraba la mano, agarraba el billete y revoleaba sus cuarzos como un malabarista de semáforo.