jueves, 11 de septiembre de 2008

Alergia

Al hombre lo conocí en la salita de espera del alergólogo. Su alergia consistía en que no podía cerrar los ojos porque sentía unos pinchazos de agujas que le dolían horrorosamente. Yo había ido porque no paraba de estornudar, por culpa del polen o, quizá, por culpa de Teo –“Soy alérgica a mi marido, doctor”, es algo que le he dicho muchas veces a los médicos y sorprendentemente ninguno lo ha querido tomar en serio. Las alergias son una cosa terrible, la gente que no las sufre no entiende lo agobiante que es no saber exactamente qué las produce y tener que resignarse a eso de la suma de factores, esa totalidad implacable. El hombre de la salita me mostraba sus ojeras embolsadas y blandas: “Se llama tortura”, decía. “¿Sabe a qué se debe su alergia?”, le pregunté, siempre se lo pregunto a todos . “¿A qué?”, preguntó de vuelta, con esa sonrisa a medias, en señal de que esperaba un chiste del tipo pregunta obvia respuesta más obvia –¿Qué es verde y dice “soy una rana”? Una rana que habla (risas)–. “No sé, señor, por eso le pegunto”, dije. El hombre deshizo su sonrisa, ladeo la cabeza y enumeró cosas en susurros, ayudándose con los dedos. Yo le dije que no importaba, que nadie sabía con exactitud, que todos los doctores se han cansado de decirme que no se es alérgico a tal o cual cosa, sino que se es sencillamente alérgico; y que me parecía mejor, en todo caso, porque “imagínese que descubran que uno es alérgico a algo que quiere mucho”, le dije. Pero el hombre ya estaba embarcado en su trance: “…polen, polvo, humedad, frío, calor, perfumes revueltos, alientos ajenos, tintes de cabello femenino, pintura, bronceadores, cremas humectantes, lana, látex, humo de colectivos, alquitrán, mierda de perro…”. Murmuraba su lista interminable igual que si contara ovejitas y los párpados le caían sobre los ojos como cortinas de terciopelo. Hasta que se detuvo, me miró fijamente con sus córneas resecas y enrojecidas: “Sos perversa”. Y se levantó de la silla, fue hasta el escritorio de la chica que llenaba la planilla de los pacientes, le dijo que ya tenía una respuesta para esa casilla que siempre dejaba vacía. La chica preguntó: “¿Fuente de la alergia?” Y el hombre, mirando por la ventana pequeña de la recepción, con expresión triste pero tono enérgico, dijo: “Buenos Aires”.