martes, 23 de septiembre de 2008
Feliz primavera
El nene se asoma a las ventanillas de los autos y muestra una flor mustia: “Feliz primavera”, sonríe. Nadie le compra nada, algunos le dan moneditas pero le dejan la flor para que termine de pudrirse en su manita. El taxista también habla de la primavera, dice que le gusta cuando la ciudad “se baña de colores”. En la radio suena Limón y sal de Julieta Vanegas, la locutora hace la segunda voz y dice “¡Me encanta esa canción, uuu!” Después dice que hay 17 grados y un sol esplendoroso. El día anterior y el anterior me habían llamado amigos y amigas que no veía hace un año: casi todos querían irse de tragos. “Ya empiezan los daiquiris”, dijo una que comparte mi vena borrachina. Otra me dijo: “¡Qué rico, ensaladita verde!” No sé por qué me dijo eso. La primavera nos engaña, nos hace creer que todo se renueva de pronto: las flores, la dieta, la vida. La gente sale vestida de algodón, entra al kiosco y se compra un refresco de entusiasmo. “¡Ehh!”: saltan. Un visitante desprevenido podría preguntarse legítimamente si el polen local contiene opio. Ahora el taxista saluda a otro taxista que lleva a una chica con una flor sembrada en la cabeza: es una flor roja que nace de una peineta incrustada encima de la oreja. Yo la miro y pienso que debe doler, ella me mira de vuelta y sonríe… “¡Voy a ponerte la guitarra de sombrero!”: cantan ahora en la radio y el taxista suelta una carcajada; está feliz porque esa canción le recuerda tanto, pero tanto a su hijo Tony cuando era más pendejo. Sigue de largo por Santafé, olvidó que la había pedido que doblara por Las Heras: “Señor, no dobló por…”, empiezo a decirle. El tipo frena y dice que es verdad, luego arranca y dice que ya para qué y sigue riéndose, meneando su cabeza al son de los Decadentes. Las tiendas gritan en letras amarillas y rojas y verdes ¡Feliz Primavera! Paramos en otro semáforo y esta vez hay un viejo muy viejo que saca de su violín viejo una melodía tristísima: nada primaveral, pienso, y casi me siento aliviada hasta que descubro que la canción es Naranjo en flor. Antes de que cambie el semáforo el violinista pela sus encías moradas en lo que parece ser una sonrisa, abre la caja del instrumento y saca un puñado de pétalos que lanza por los aires.