miércoles, 17 de septiembre de 2008

Flory

La semana pasada, uno de esos días exageradamente luminosos que hacen que todo se vea más grande –las avenidas, los autos, las cabezas de las personas–, fui a comer al aire libre con mi amiga Flory, cuyo rasgo más característico es que es absolutamente hermosa. Flory, bien lo sabe ella, no tiene muchas otras cosas que ofrecer al mundo más que su cara de muñeca. Sabe también que eso le basta y le sobra para conseguir lo que ella considera que se merece en la vida: todo, o casi todo. Hay cosas que hasta Flory sabe que no se merece y que cuando las consigue –por esos azares que solemos llamar suerte– se indigna, se cruza de brazos y frunce sus labios rosa como una niña: “No, no y no”, dice negando con su cabeza rubia. Y nadie entiende por qué hace semejante pataleta porque, por ejemplo, un cliente que frecuenta la tienda de relojes en la que trabaja le lleva un regalo. No es que Flory desconfíe de él, faltaba más: Flory no desconfía de nadie; pero le parece muy poco apropiado recibir de ese joven apuesto un dije precioso de una lágrima de cristal que adentro tiene un trocito de esmeralda. Me muestra el dije en el almuerzo, lo saca de una cajita plateada forrada por dentro con terciopelo bordó: “No puedo aceptarlo, no hice nada para merecerlo”, dice. Y es verdad, ella no hizo nada, salvo lo que toda chica linda hace para mantenerse linda: gimnasia, largas sesiones de masajes reafirmantes y peluquería. Pero eso, ella misma estaría de acuerdo, no se corresponde ni remotamente con el valor del dije. “Entonces no lo aceptes”, le digo. Flory pone el dije en la palma de su mano y se admira de que el trocito de esmeralda cambie de forma según donde le pegue el sol. Sonríe con sus dientes blanquísimos y casi enseguida deshace su sonrisa, empuña el dije y vuelve a negar, enérgica, con la cabeza. La gente que camina por la vereda desvía sus ojos alelados hacia Flory, probablemente sin darse cuenta. Pero la mirada azulísima de Flory no se fija en nadie, atraviesa los cuerpos de los peatones, atraviesa los edificios y se pierde en el horizonte. Después toma un sorbo de vino blanco, vuelve a mirar el dije de cerca y le pregunta, visiblemente compungida: “¿Por qué yo, por qué a mí?”. Pero el dije no dice nada, no sabe, quién podría saberlo.