miércoles, 3 de septiembre de 2008
Copas y recopas
Mi hombre ama el fútbol, y ése es el único lunar que lo ensombrece. Yo amo a mi hombre pero odio el fútbol y me palpita la sien cuando oigo a los comentaristas analizar, como si fuera un pase de ballet, la armoniosa coordinación de 44 patas haciendo firuletes, o cuando descubro señores que se calientan frente a muchachitos sudorosos. Para mí es como mirar en un microscopio bichos que saltan frenéticos dentro de una pecera, y eso sólo es entretenido los primeros treinta segundos. Por eso decidí que el fútbol es una manifestación artística que excede mi entendimiento. Así que cuando Teo va a mirar un partido en casa yo suelto un entusiasta ¡adiós, adiós, que ganes, amor mío!, y huyo meneando mis cabeshos largos, dejando a mi hombre pelado con sus hombrecitos. Encauso mi rumbo hacia una velada tranquila, libre de fútbol: velada tiende cada vez más a ser un espejismo, porque los días en que se disputan copas y recopas futboleras son días tomados por la locura. Entiendo que una avioneta sobrevuela la ciudad y la rocía con testosterona: todo el mundo sabe que el exceso de testosterona sitúa a los señores en el campo de la virilidad dudosa. Es así como se oyen vozarrones insospechados rogándoles pases a los jugadores, a quienes suelen llamar nenes; se ven rodillas haciendo pataletas y manos derechas exprimiendo testículos izquierdos porque el fútbol en este país es, por sobre todas las cosas, una excusa legitima para toquetearse en público. El caso es que si una va buscando una velada tranquila, la calle no se la provee fácilmente; podrá incluso sentarse coqueta frente a un barman y pedirle un algo que no llegará. El barman también estará entregado a la contemplación de los hombrecitos, mientras simula limpiar copas limpias con un pañuelo sucio. Toca entonces volver a la noche fría, caminar, seguir buscando y, ni que los pies se le ampollen, tomar un taxi –subirse a un taxi un día de futbol es como zambullirse en la olla de la testosterona malograda, deprimida por no poder estar en la cancha o en el bar con los muchachos. Y caminar y caminar, decía, no importa cuánto, no importa a dónde, porque en la siguiente cuadra, o quizá en la otra, irrumpirá el silbato, el final del partido, y la velada tranquila, por fin, dejará de ser un espejismo: ahora sólo será inútil.