jueves, 28 de agosto de 2008
El mundo es un spam
Es un ritual diario. Abrir el mail, descubrir que no me ha escrito nadie que yo conozca y vaciar la bandeja de entrada de basura: los foros literarios en los que nunca me anoté, las agendas culturales de las librerías en las que ingenuamente me anoté cuando compré algún libro, el descuento del súper, las cadenas de oración cristiana, las amenazas aterradoras de Tamara Di Tella y su foro de pilates: “¡El atún saca panza!” –el mayor de los misterios en mi correo, junto con las reiteradas propuestas de alargar mi pene. En la vida real pasa lo mismo, si uno camina desprevenidamente por una calle transitada es muy probable que le lluevan propuestas para mejorar su vida con el inglés, editar su libro en una semana, eliminar los rollitos, agrandarse las tetas, vaciarse el cerebro y hacerse mimo. Fueron los mimos, precisamente, los pioneros en la irrupción sutil y rastrera en la vida de las personas, de la que ya no hay escapatoria. Supe de una iniciativa cívica desesperada que consistía en repartir esponjas enjabonadas por la calle, para que le lavaran la cara a todos los mimos que osaran imitar un caminado ajeno, y con eso desarmarlos, sacarlos de circulación. Supe también de un chico que se paró una tarde en Florida y Lavalle y grito: “¡Mute!”, era un chico que había aprendido a hablar con un control de tele en sus manitas. Su grito produjo un instante de silencio que fue llenado inmediatamente por un bandoneón, que devolvió la atención de los peatones a la nada misma. Hay gente que dice que hay que tomarse el trabajo de retener el aire y meterse de cabeza a urgar en la basura del mail, porque a veces hay cosas reciclables. Esos son algo así como neo cartoneros. Hay otros que preferimos marcarlo todo como spam y respirar tranquilos, lo que en la calle equivale a salir con los brazos cruzados, mentón en alto, practicando la marcha atlética. Porque si llegáramos a descuidarnos mirando de reojo un volante o saludando a la empanada humana que se te atraviesa en el camino con un saltito difícil de esquivar, en menos de lo que dura un pestañeo nos veríamos tapados hasta el cuello, tratando de salir a flote, viendo como la ciudad se hunde en papelitos y sólo queda un mimo triste en la punta del obelisco que se tapa la nariz, simulando sumergirse en una gran ola.