jueves, 14 de agosto de 2008
No mejor
La tía Ramona está sentada a la mesa conmigo y mi amiga Tamara, remojando unos granos para hacer locro. La tía se queja porque esta vez los ingredientes le costaron el doble que lo que cuestan siempre, y cuando Tamara dice que es verdad, que las cosas están horrorosamente caras, la tía pone cara de querer escupirla vaya a saber por qué. La historia es que siempre que Tamara y la tía Ramona coinciden en casa se pelean por lo mismo. Tamara dice que no entiende a la gente que odia a los que tienen dinero, como si tener dinero fuera un pecado y blabla, y la tía se dedica a repetir una y otra vez que fulana es una tilinga despreciable; fulana viene siendo siempre alguien muy, pero muy parecido a Tamara. Le digo a Tamara que tiene razón, que todo ha subido, pero que ella no puede comparar sus cifras con las de la media argentina. No es por ponerme del lado de la tía, pero hay una cuestión estilística –que llevada a la práctica se convierte en una postura ideológica– que me molesta cuando Tamara enuncia con su eterno marlboro en los labios que es un escándalo que los fideos cuesten veinte pesos. Tamara compra fideos italianos en Jumbo; los baratos de Dia cuestan diez veces menos. Después dice algo lógico aunque conchudo: dice que qué importa dónde compre qué, que su “budget” es x y ahora debe duplicarlo y, guardando las proporciones, lo mismo deben hacer los que tienen un presupuesto de x sobre 2. Es cuando la tía le pregunta que si estuvo leyendo a Paenza. Yo trato de explicarle que la gente no puede duplicar su presupuesto de la noche a la mañana, que lo que sí sucede es que la gente aprende a vivir con la mitad de lo que compraba, a recortar sus gastos. Tamara ni siquiera considera el recorte una posibilidad: dice que su ex marido deberá trabajar el doble para que ella y su hijo puedan seguir viviendo igual: “no mejor, igual”, dice y sopla humo. Y que a eso se le llama mantenerse, pero debería llamársele tragedia. La tía se va a la cocina a cortar el zapallo, balbuceando algo en lo que sólo alcanzo a entender “monstruo capitalista”. Tamara enciende otro cigarrillo y repite con tristeza: “no mejor, igual”. Yo trato de consolarla, le digo que no se preocupe, que vivir igual dejará de ser una tragedia para ella el día que descubra la palabra “peor”.