lunes, 4 de agosto de 2008
Sufrimiento de salón.
La mayoría de gente que veo en los cocteles siempre me dice que se siente perdida, como mosca en leche y esas cosas. Alguna vez alguien tendría que hacer un trabajo serio sobre lo tortuoso que resulta para las personas tomar champagne gratis, comer canapés y desplegar todas sus gracias ante el mejor de los públicos imaginables: pares ligeramente ebrios. Acá estamos, en un coctel de un premio literario, y veo gente que conozco que me pasa por delante riéndose estruendosamente, sufriendo como loca. Algunos sufren tanto que se olvidan de saludar o saludan dos veces o te preguntan una y otra vez “¿te había saludado?” o tuercen la situación a su favor: “¿por qué no me saludas?”. Y si uno intenta hacerse el vivo y poner al individuo en su lugar diciéndole que el que no saludó fue él, es muy posible que se sorprenda: “¡cómo no te saludé!” y dirá que perdón pero que su distracción no es síntoma de descortesía sino de timidez o terror, porque, claro, es tan difícil moverse en esos círculos. ¿Difícil? Difícil es cantar afinado, resolver ecuaciones matemáticas, mantener la panza plana. Ser partícipe de una circunstancia social puede ser aburrido para cierta gente, un embole para otros, pero más fácil que pararse en una esquina de un salón con un grupo de embebidos a embeberse con ellos y lanzar risas al aire, sólo podría ser comerse un pancho en un kiosco. Le digo esto a C, porque ya me he tropezado con tres que han confesado dolor profundo por estar acá. Pero C no me oye, C sonríe, asiente y curva levemente su espalda en una falsa reverencia, porque ésa es la manera en que él saluda en los salones. Después se da vuelta y me dice que no entendí: que acá, como en los ruedos, nada es fácil. Que en los salones se cortan rostros, se intercambian tarjetas, se muestran cartas bajo la manga, se suman o se pierden puntos y, sobre todo, se sufre. Ahora nos pasa por delante un hombre que saluda guiñando un ojo, C se inclina, yo balbuceo un hola, el hombre sigue su camino y al poco rato ha saludado tanto que parece tomado por un terrible tic. Pero insiste porque tiene que hacerlo, aunque sabe que todos saben que él también está sufriendo; que su lenguaje es un código encriptado que esconde frases dolorosas como: aparten de mí el champagne, no soporto la comida rica, auxilio, qué dolor, ayayay.