jueves, 21 de agosto de 2008

Fanny Mickey

La primera argentina de la que tuve noción era un esperpento. Era una señora que gritaba en Bogotá, una ciudad donde todos susurran, y andaba por el mundo con sus cabeshos alborotados, siempre teñidos con cierta estridencia; en los últimos años su peinado llegó a ser igual al de Bob Patiño, el personaje de los Simpson. Se llamaba Fanny Mickey y se murió ayer. Esta señora prácticamente fundó el teatro en Colombia, donde esas artes mundanas no se daban mucho, y era muy famosa y querida por todos porque, entre otras cosas, no había manera de no notar su presencia. Una vez posó desnuda para una revista y hacía rato deambulaba por la tercera edad. A mí me encantaba verla en la tele o en los papeles porque siempre aparecía con la bocota muy abierta mandándose una carcajada o haciendo un chiste colorado, como su pelo, como su boca repintada o como los chales veraniegos que usaba cuando iba a Cartagena para el Festival de Cine. Menos mal que me gustaba, si no habría tenido que andar por la vida con los ojos cerrados; su presencia mediática era poderosísima, aunque eran otros tiempos: por ejemplo, no existía Ingrid Betancourt, cuyo figureo mediático debe ser inédito. Lo que decía, en todo caso, es que Fanny Mickey fue la primera persona argentina de la que tuve noción, porque no había yo nacido cuando ella ya hacía escándalos. Y eso hizo que para mí, antes de conocerlos, los argentinos fueran gente gritona con mucho pelo y vocación histriónica. Después me mudé acá y me pareció que la pobre Fanny se quedaba corta. No que todo el mundo respondiera al mismo estereotipo, ni más faltaba –para empezar: me junté con un pelado–, pero hay un grueso de señoras que pasean por la ciudad sus ojos súper delineados y su boca repintada y sus pelos producidos, y esas señoras me recuerdan a Fanny. Me gusta verlas, las busco, las miro con disimulo. Cuando recién llegué, lo del disimulo se me escapaba y se ve que las miraba un poco descaradamente, porque más de una vez alguna me dijo: “¿Qué te pasa, nena, se te perdió una igual?”, haciendo ese gesto clásico, que también descubrí en Fanny, de juntar los dedos de una mano con las puntas hacia arriba, como agarrando un montoncito de aire.
Hoy dedico esta columna a la señora Fanny Mickey, que me hizo querer a su patria desde muy temprano.