sábado, 2 de agosto de 2008
La casa de Victoria
Fui de visita a la quinta de Victoria Ocampo, en San Isidro: una casa fabulosa rodeada del verde más verde, aún en un día apagado de invierno. Estaba con un grupo pequeño de gente que yo no conocía, pero por su forma de mirar y conversar y apreciar los objetos de la noble señora, daban a entender que, si la señora viviese, serían algo así como sus amigos íntimos; yo sería esa extranjera oscura que alguien llevó para darle un toque exótico a la velada, por hacerle una coquetería a Victoria que, al verme, quizá sonreiría, amplia y generosa y, después de saludarme con un beso en cada mejilla y sostener mis manos entre las suyas, le preguntaría a los otros algo así como: “¡Pero de dónde salió esta monada!”. O, quizá, sólo me mandaría a echar porque, ahora que lo pienso, no debía ser ni remotamente su tipo. Esta vez, a falta de Victoria, el anfitrión era N, un hombre de largas pestañas que le daban a sus ojos un aspecto cansado, como si le pesaran. N se movía por los cuartos, el baño, la biblioteca, cual si fuera su propia casa, y hasta la ropa que llevaba –del tipo clarito– hacía juego con el mobiliario: sillón verdecito por allá, sillita de mimbre por acá, cubrecama crudo, mucho rosita viejo. El lugar en el que todos parecieron sentirse más cómodos y eruditos fue la biblioteca: miraban un libro cualquiera y soltaban frases con dejo melancólico: “Victoria era tan moderna”, decía uno de aspecto francés, pero porteñísimo. Se lo decía a una mujer mayor de ojos azules que miraba las cosas como si pudiera tragárselas, absorberlas o, incluso, aniquilarlas de un vistazo. “Claro”, contestó ella, no muy convencida. Al rato dijo: “También era bastante jodida”. En el escritorio había libros regados en la mesa, nada muy prolijo porque la idea, explicaba N, era mantener el desorden natural de un escritorio: “Es una casa, no un museo...”. “¡Ja!, esto es tan Victoria” rió de repente el falso francés, que estaba apartado en una esquina con un Simenon en la mano, dedicado, por supuesto. Todos se acercaron a verlo. Asintieron: “Sí, tan ella”. Ella estaba detrás de todo en un portarretrato, sentada en una mesa de café y congelada en el gesto de estar sacándose los lentes con las manos. Quizá iba a leer el menú o una revista literaria. Quizá sólo quería hacerle ojitos a alguien.