jueves, 21 de agosto de 2008

ATeo del baile

Teo se pone nervioso en las fiestas, dice que no entiende por qué a la gente que baila se le da por redimir a los que no; que se ponen catequistas y se pasean rítmicamente por los alrededores de la pista difundiendo la palabra sagrada de la danza: “¡vení, vení, te va a encantar!” Teo no baila, no le gusta, ni siquiera le gustaría que le gustara. Le digo que es como me pasa a mí con la remolacha: cuando veo gente que se mete un bulto violeta en la boca y se relame yo aparto los ojos y le agradezco a mi organismo por no acoger en su seno semejante porquería. Y cada vez que alguien osa acercar a mi boca una cucharada de borscht –engendro que descubrí gracias a mi falsa tía polaca, Ramona–, y me dice: “¡probá, probá, te va a encantar!” yo extiendo mi brazo al frente para poner distancia y de manera amable pero convincente digo: “no se te ocurra dar un paso más”. Pero con el baile es distinto, no le puedes decir a la gente que no de un paso más porque bailar se trata de dar/hacer pasos, y decirle eso a alguien que te invita a una pista equivale a hacerle una zancadilla y patearle las costillas. Por eso Teo se pone nervioso, sufre, me dice que no sabe cómo hacer para no ser rudo pero dejar claro que no quiere convertirse, que no cree en el baile y que para él las pistas son lugares tan pesados como para mí un plato de borscht al alba. Después hay algo más que no me dice porque yo soy una creyente fervorosa de la danza, y es que él está convencido de que los que bailan desconocen la noción del ridículo. No me lo dice, pero se ve que lo piensa cuando mira la pista redentora con aparente calma, y una de sus cejas pobladas lo delata estirándose injustificadamente hacia arriba ni bien descubre una cadera loca, una cabeza que se sacude frenética o un joven cincuentón tratando, con cierta desesperación, de aplastar un bicho con un pie, luego con el otro y luego con los dos. Y todavía se mantiene estoico, cual busto de mármol, cuando todos se zarpan y hacen el trencito: “¡vení, Teo, veni!”, le insiste alguien que se descarrilla para hacer ese pase del brazo levantado que simula estar revoleando el lazo en el rodeo. Y él, enjugándose la frente con una servilleta, tratando de sacarse el sudor frío, incómodo, de los nervios, dice que no, que gracias, que quizá después.