jueves, 14 de agosto de 2008
P de perfecto
Estoy en una clínica elegante con enfermeras tan amables vestidas de bordó, iniciales del lugar bordadas discretamente en la blusa y un sombrerito que mantiene sus cabellos apaciguados. Acompaño a mi amigo P, que es oficialmente un ex gordo y hoy viene a darle los toques finales a su cuerpo flaco: le desinflarán los cachetes y le sacarán el resto de grasa vieja que le quedó en la panza. P lleva dos años dedicado a adelgazar: participó en un reality, jugó al gordo que adelgaza, se hizo flaco, se hizo feliz. Salvo por ese restito de grasa que se niega a abandonarlo. La cámara filma cada paso, los doctores solos dan para hacer un reality de ellos haciendo de ellos, pero exagerándose un poquito. Acá se huele mucho Nip/Tuck, mucho Dr House, esta gente se mueve en el mainstream. P le dice a la cámara que su objetivo no es ser perfecto sino armonioso, la perfección es algo que no le interesa para nada. Está un poco dopado porque le dieron un tranquilizante y después, justo después, le pidieron firmar el consentimiento. Le digo qué es gracioso que primero lo dopen y después le pidan que firme, el se ríe como si acabara de fumarse un porro. Me parece que el consentimiento ya lo firmó antes y que éste es para la cámara, igual que la entrada del doctor; ya había entrado al cuarto, pero vuelve a entrar: “Hola, querido P, ¿algún último deseo?”, le sale mejor en la tele que en la vida. A P también: “Sí: que no me pongan tetas” (Risas). P ya ha hecho ese chiste varias veces, de hecho se pasó la semana haciéndolo, pero hoy, frente a la cámara, le sale tan gracioso que todos nos agarramos la panza de risa genuina. La enfermera bordó entra con la silla de ruedas, P mira la cámara, alza una mano, se deja llevar. La cámara entra al quirófano y filma la operación: P es un pavo navideño en la fase de vaciado, sólo que a él no lo van a volver a rellenar, lo dejarán hueco. Cuando sale, con la cara envuelta en un elástico que sujeta unas bolsas de hielo, su sonrisa se ha transformado en un extraño rictus. Uno, dos y tres: lo alzan y lo acuestan en la cama, la panza que ya no tiene es un descenso de ladera. Me acerco: “¿Cómo te sientes?”, pregunto. Él me mira, el rictus trata de disolverse, pero no. Me pide que me acerque más y me susurra al oído: “Perfecto”. Y cierra los ojos.