martes, 26 de agosto de 2008
Pobre viejo
Desayuno en la barra de un bar, un señor a mi lado toma café, lee el diario y niega con la cabeza. Es un señor muy viejo que tiene casi tantas arrugas en la cara como en su saco de lino beige –y eso sólo porque no existe nada que pueda arrugarse más que un saco de lino beige. El viejo le dice al que atiende la barra que no hay nada más triste en el mundo que ser viejo. Y se sonríe, no tiene dientes. “Eso no es cierto, viejo, yo lo veo muy contento todas las mañanas”. El viejo asiente sin quitarse la sonrisa, después dice que no le queda otra, pero que él muchas veces ha pensado que ya está bien, que la vida es muy larga, que ya quiere morirse. “Pero, mirá si me pasa como a éste”, el viejo señala una notita en el diario que dice: “Mala suerte, se pegó seis tiros y no murió”. El de la barra la lee en voz alta, es sobre un viejo de 84 años que quiso matarse vaciándose un revólver en la cabeza y en la panza, pero no se murió porque el revólver era muy antiguo. Cuando termina de leer niega con la cabeza y dice “pobre viejo”, el del saco de lino asiente y vuelve a tomar café. Yo me lo quedo mirando, tiene los ojos fijos en el fondo de la taza, concentrado, como esa gente que ve el futuro. Los ojos se le cierran lentamente, la cabeza se le inclina a la misma velocidad y cuando su frente está a punto de golpear el borde de la barra se levanta de repente y endereza su espalda. Se toma de un sorbo el restito de café helado que queda en su taza, frunce su cara fruncida como si acabara de zamparse un tequila y pide otro café. El de la barra se lo sirve y le encima una factura. “¿Está blanda?”, pregunta el viejo y el otro asiente. El viejo parte un pedazo con sus manos temblorosas y se lo pone en la boca. Chupa, no mastica. Toma café. Agarra el diario y pasa de largo “país”, “mundo”, “sociedad”, “Pekin 2008”, “cultura”, “deportes”, cierra el diario. “Pobre viejo”, susurra luego. “¿Qué?” le dice el de la barra y se da vuelta para escucharlo mejor. El viejo busca otra vez la nota del suicidio fallido y la señala: “Mirá si me pasa como a éste”, dice, como si fuera la primera vez que lo dijera, y muestra su sonrisa sin dientes.