lunes, 28 de julio de 2008
Virgen
Hay días en que me maravillo escuchando las cosas que dice la gente sofisticada en sitios sofisticados. Ésos son días raros, claro, porque no es que me la pase en snoberías tomando té inglés, pero cada tanto, en alguna circunstancia social, me veo rodeada de gente que se apodera de la escena de una manera fascinantemente mundana, con un dejo intelectual y lógicamente cool, al son de un lindísimo jazz de algún grupo asiático que nadie, absolutamente nadie, conoce. Sucede, sin embargo, que el único que alguna vez oyó al cuarteto de culto te mira aterrado y pregunta: “¿Pero cómo no lo conocés?”, y luego se desploma de tristeza. Así fue como una linda tarde helada terminé sentada en un café-museo junto a un grupo de auténticos snobs, de los que ya casi no hay, y escuché a un chico abrazado a una computadora Mac haciendo una confesión tremebunda: “Les juro que nunca jamás en mi vida toqué una PC”. Sus ojos brillaban de felicidad pura. Nadie lo podía creer, era, decían, una idea absolutamente desquiciada: “¿Nunca, nunca?”, le preguntaban, cada vez con más morbo, cada vez agregándole un “nunca”: “¿Nunca, nunca, nunca?”, y así sucesivamente. “¡Nunca!”, decía el chico Mac virgen de PC, efusivo, nervioso, liberado. Esa tarde también había una chica de boca roja carmesí que, supe por un folleto, hacía instalaciones con pedazos de uñas de niños descalcificados; el material de su obra era, además de asqueroso, maleable como la plastilina. Y con eso hacía flores y ballenas y tetas de pezones enormes. Esa chica estaba indignada con el chico Mac porque lo de su virginidad le parecía una vil patraña. Lo primero que salió de su boca carmesí esa tarde, aparte de las bocanadas de un tabaco que, explicó, sólo se consigue en algunos kioscos de Tokio, fue la palabra: “Bullshit”. Y después, cuando alguien más le dijo al chico Mac que su historia era imposible de creer, la chica carmesí dijo: “Indeed”. Y el chico Mac dijo: “¡Nunca!”. Y los demás decidieron cambiar de tema porque el ambiente se estaba cargando y los ambientes cargados son cero cool. Sirvió como transición, la risa de una mujer bella que entraba al salón y dejaba a sus espaldas el final de la tarde: una noche de luna casi llena, como una manzanita blanca.