domingo, 20 de julio de 2008
Telón blanco
Fuimos a un cumpleaños de esos en los que se mezcla gente cuyo común denominador es que conocen al que cumple. Es así como de repente te ves hablando de temas que creías ignorar y, entonces, te terminas de convencer. Yo hablaba con un señor que trabajaba en una clínica del sueño, esos lugares donde curan el insomnio. Aunque la gente no siempre va porque no pueda dormir, decía, sino porque duerme mal. Le pregunté si en esa clínica podían curar las pesadillas. Él me dijo que las pesadillas eran el más claro síntoma de la enfermedad del Mal Sueño y que eran bastante tratables. “No es que desaparezcan, pero casi: se convierten en un telón blanco”. Telón blanco es el título del sueño más aburrido que puedo imaginar. Le conté que a veces soñaba con gente que tenía cosas insertas en el cerebro, y que el sueño estaba bien, hasta que alguien intentaba sacarles esas cosas, para lo cual había que abrirles la cabeza. Allí intervino una chica que estaba oyendo al otro lado del living: “¿Qué cosas tienen?”, me preguntó, saltó de su silla y se acomodó en el sillón a mi lado, ocupando el lugar de Teo, que se había ido a la terraza a fumar con un biólogo que estudiaba moscas. “Cosas: placas, chips, manuscritos antiguos”, dije, y la chica me miró, me agarró de los hombros: “Yo sueño exactamente lo mismo”. Yo me reí, me reí con desparpajo, habría querido arrastrarme en el suelo de la risa. Ella no movió un sólo músculo de la cara. “¿De qué te reís?, te juro que es cierto, en mis sueños siempre hay alguien con una placa en el cerebro”, dijo. “Claro”, dije yo. Después supe que esa chica se pasa meses en una clínica del sueño, porque no puede dejar de producir pesadillas. Es algo así como una fábrica de imágenes de terror. No me extraña que sueñe lo mismo que yo dije que soñaba, porque lo que yo dije que soñaba lo debe haber visto en algún Alien, o en catorce. El señor que me había dado charla era su “tutor” y tenía que dosificarle el sueño con pastillas. “Debe dormir pocas horas, así controlamos mejor lo que sueña, así sufre menos”, dijo. Cuando me fui, dejé a la chica escuchando al biólogo de las moscas con la atención de un artista que disfruta imaginando una obra dolorosa. Pero yo sabía que esa obra no llegaría a darse. Un telón blanco, eso sería todo: una página en blanco.