martes, 15 de julio de 2008
El chiste de Cristina
La vergüenza ajena es una expresión de solidaridad. Uno se solidariza cuando se ve reflejado en el protagonista desdichado una situación muy ridícula. Para mí, una de las peores situaciones es esa en que un chiste sale mal y uno trata de arreglarlo justificándolo, explicando el final, improvisando una risa escandalosa que provocará otras risas de pura lástima. El lunes veía a la presidenta Cristina dando un discurso a los militares y juro que me conmovió ver cómo se embarraba más y más explicando un chiste que no debió hacer, en principio porque era naturalmente malo, pero después porque hizo que el público pusiera su atención en el mal chiste y no en la buena noticia que iba a dar. La agarré en pleno inicio del discurso: estaba allí, en el podio, con su vestido negro y esa cara de “je-je, ahora voy a decir algo tan gracioso”. Y ése es el primer error, porque un chiste no se anuncia, mucho menos con cara de “je-je”. El chiste consistía en que los señores anfitriones la habían amenazado con dejarla sin comida si no anunciaba enseguida sus aumentos de salario. Después de decir eso la presidenta hizo esa pausa conocida que el público debe llenar con risas. Pero nadie se río –a menos que el rictus tenebroso de su edecana se lea como una sonrisa efusiva en el universo militar. La presidenta, visiblemente nerviosa, explicó su chiste. Dijo que ella era una mujer débil y los almirantes y generales no, y por eso tenía que hacer lo que le decían porque si no, en verdad, ¡ja!: no le darían de comer. Todo eso dicho en el mismo tono en el que anunciaría una nueva red de alcantarillado o la muerte de su mascota: un pez. Esta vez el público se río, claro. Un señor decorado con medallas tosió, otro se agarró la panza y otro palmeó la espalda de uno que se ahogaba en una carcajada, con expresión de estarse preguntando: ¡Caramba, ¿quién está allí, la señora Cristina o Jerry Seinfield?! Pero era tarde, en la cara de la presidenta se leía la vergüenza, porque las risas de compromiso son más evidentes, y dolorosas, que las de lástima. Lo que siguió entonces fue la manera en que los oradores con poca gracia acostumbran a salvar su pellejo: la presidenta enderezó el camino diciendo cosas aburridas, y así, el efecto del mal chiste se fue disipando felizmente en generosos bostezos.