Esta última semana podría resumirse perfectamente en una sucesión de días grises y lluviosos, y en ganas de tomar vino. Lo del vino suele repetirse, es verdad, y a medida que pasan los años muta, por ejemplo, en ganas de tomar wiskhy. Y si nos ponemos muy sinceros también podríamos decir que hay días de días en que la vida se complica y el clima la acompaña y, supongamos, pisas mierda de perro con tus zapatos nuevos, o viejos, qué importa: mierda es mierda al fin y al cabo, y el caso es que hasta el Activia te pide un chorrito de vodka. Así anduvo la ciudad la última semana, y yo también. Caminaba por la calle y leía en las caras de la gente, envuelta prematuramente en sus pullovers, la frase “me quiero entonar al son de una canción francesa”. Porque así de específicas pueden ser las caras de la gente. Hasta que un día, mientras trataba de elegir mi propia canción francesa y un paraguas de dos pesos en un puesto del microcentro –por que otra vez se había largado el aguacero–, me encontré con un lugar en el que querría pasar muchos días grises y tomar muchos vinos tintos: el Café Brighton. Pura madera, arañas colgando del techo, espejos y más espejos. Los meseros llevan un corbatín bordó que hace juego con el mobiliario y ejercen su oficio en el Medioevo mismo: “¿Otra copa de vino, madame?”. “Oui”. Ya sé que el Brighton es inglés, pero qué me importa. Esa tarde el lugar estaba casi vacío. Aparte de mí, había un par de tipos empapados de lluvia y acento british. Todavía ni se olía el after office. Pero los lugares dignos, como éste, se bastan solos. Mientras los british pedían un par de cervezas –válgame Dios, con el clima que hacía– y su correspondiente picadona, el pianista, como si me hubiese leído el pensamiento, empezó a tocar una de Edith Piaf. Yo sólo lamenté no haber nacido cien años antes, y no llevar puesto un vestido largo con abertura pronunciada, para apoyarme en el piano, ladear la cabeza y cantar bajo la luz de un reflector que resaltara el carmín de mi labial y ese lunar falso que, de haber vivido en esa época, me habría tatuado. Y, pese a que afuera el cielo siguió desparramando sobre Buenos Aires sus colores tristes, ese día pasó a ser otro y yo me pasé al champagne.