¿Saben a qué huele Andalucía? A aceitunas con ajo. Y no sólo por eso –que es para mí como néctar y ambrosía–, cada vez me parece más que debe ser cierto que tengo un bisabuelo gitano. Porque mi padre decía eso, que éramos medio moros, pero después se persignaba. Y ahora que los veo, tengo la sensación de que soy una versión light de esta gente, algo así como una gitana desteñida, emprolijada por la occidentalidad, berreta. Teo y yo andamos recorriendo Andalucía. Nos movemos entre campos de olivos y barroco colonial, chupitos y Riojas, pescaíto y rabo de toro, versos de Quevedo y coplas de un señor cuya voz cascada delata su gusto excesivo por el vino: Manolo Caracol. Así es como llegamos a Granada y nos sentamos en una plaza alucinante, con guitarristas melenudos y una de las mejores vistas del mundo: la Alhambra. Por la calle pasan señores y señoras de cejas enormes y ojos oscuros mirando a la nada. Mi padre también tenía cejas enormes y ojos oscuros, pero lo miraba todo. De la plaza subimos por una cuesta empinada hasta el Sacromonte, un antiguo barrio gitano. Y empieza a llover. El señor José, viejo con arito, nos da refugio en su cueva que también es un bar. Se dice que últimamente, en Sacromonte, toda cueva es un bar. José nos sirve manzanilla y –oh sorpresa– un platito de aceitunas. La cueva está repleta de flores falsas, pajaritos de goma, gallos y gallinas de papel maché, cadenetas, abanicos, cortinas rojas con pepitas blancas, castañuelas y fotos de una tal Antonia. Antonia vieja muy vieja dando palmas al aire, Antonia con su pañuelo en la cabeza, Antonia sonriendo algo más joven. Antonia era su madre, dice José, y se zampa un trago de vaya a saber qué. Teo le pregunta por la música que suena: Beethoven. José dice que desde que murió Antonia ya no soporta el flamenco: “Odio la muerte”, dice. Yo vuelvo a pensar en mi padre, recuerdo ese verso que le escuché una, dos, tantas veces: “Dale limosna, mujer,/ que no hay en la vida nada/ como la pena de ser/ ciego en Granada”. José mira la lluvia, sus ojos se pierden más allá del castillo al que, justo ahora, un relámpago enciende.