martes, 15 de julio de 2008

La tía Ramona

No es muy elegante lo de andar contestando cartas masivamente, pero siendo ésta una pregunta que se ha repetido de manera insistente en mi correspondencia, procedo a contestar. La gente me pregunta ¿quién cuernos es la tía Ramona? En esa gente incluyo a mi familia que hasta ahora ignoraba la existencia de este pariente y de sus máximas de vida, que yo, cada tanto, cito en estas notas. El asunto es así: yo tampoco sabía que la tía Ramona existía, hasta que me llegó una carta a casa que decía en el remitente: la tía Ramona. Era una carta escrita a mano, lo que me hizo pensar que la tía Ramona era una chica grande o un alguien de un pueblo perdido al que lo de la inclusión digital no le había tocado. Resultó ser las dos cosas, pero eso lo supe mucho después. Esa primera carta decía en el asunto: “Saludo”, y después no había nada muy particular: “Querida sobrina, me place saberte bien y en compañía de Don Teo…” Yo todo lo que pensé fue: algún desubicado, nada muy exótico entre mis amistades. Al poco tiempo llegó una segunda carta de la tía en la que me hablaba de nuestra ascendencia polaca y adjuntaba una foto suya con un rodete que revelaba la redondez de su cara rosada, ladeada sobre un ramo de astromelias. Entonces llamé a mi madre, quien me juró con la mano puesta sobre su Biblia recamada que no teníamos ningún pariente de nombre Ramona y mucho menos ascendencia polaca –para quienes no lo saben: yo soy colombianísima, descendiente de la casta de algún indio oprimido por un chorro español. Así que devolví las cartas al correo con una nota que decía: Señora Ramona, se equivocó de sobrina, saludos. Pero no sólo las trajeron de vuelta sino que sumaron una tercera en la que Ramona se hacía la desentendida, insistía en llamarme sobrina y me mandaba máximas de su autoría bajo el título: “Alimento para el alma”. Y así fue como se oficializó pariente y me inculcó tradiciones ancestrales como la repetir constantemente la frase: “la culpa es de Treblinka”. Ahora, cada tanto, la voy a visitar al pueblo donde vive, Irazusta –en la provincia de Entre Ríos–, y después de darme de comer para el cuerpo y para el alma, vuelve a contarme nostálgica sobre mis parientes polacos. Siempre dice, con auténtica cara de sorpresa, que en la familia, salvo yo, todos son tan blancos.