Ángel es el nombre de la persona que más veo desde que me mudé a la provincia y Teo decidió dejar el seno del hogar para irse a trabajar ventidós horas a un diario. O eso dice. Ángel es el guardián de la cuadra de casa y es un señor adorable que entendió que en la vida para relacionarse con la gente no hacen falta más que algunos apuntes metereológicos: hace calor, ¿eh?; está fresquito, ¿no? La verdad siempre pensé que el trabajo de guardián de barrio era una cosa macabra. La idea de que uno tuviera que meterse la mano en el bolsillo para comprarse unos señores que te cuidaran de los malandrines me parecía excesiva. Pero como dice mi tía Ramona, gran abanderada de la parapolicía: si no te cuidan ellos, ¿entonces quién? Ahora no es que lo de la seguridad privada me huela mejor ni mucho menos, es sólo que Ángel me cae bien y por eso, creo, empiezo a encontrarle cierta mística al asunto de pasarse los días recorriendo una cuadra de esquina a esquina, silbando tanguitos y analizando el movimiento de las nubes. Valga decir, aunque no venga al caso –pero aún así hay quienes se atreven a comparar–, que ser guardián de barrio no es ni remotamente parecido a ser portero de edificio. Valga decir también, aunque me esté metiendo en camisa de once varas –porque todo el mundo sabe que en este país los porteros son un gremio recio, influyente y chismoso– que mi experiencia con los porteros rara vez fue grata: “ché, morocha, bajá esa música”; “la señora del C tiene asma: pará con el asado”; “decile a ese pibe que no se pegue al timbre”; “mirá que extraño, encontramos muerto a tu gatito”. Con mi Ángel guardián, en cambio, la vida es otra. Todos las mañanas cuando paso por su garita él tiene una frase cálida –o fresca, dependiendo– para mí. Incluso cuando no asomo la cara a la calle en todo el día el hombre tiene la deferencia de llamarme por el portero eléctrico:“¿Todo bien, señora?”. Y diga lo que le diga: “No, Ángel, estoy siendo atacada por palomas gigantes”, su línea de conducta se mantiene impecable: “Y sí, parece que va a llover”. Porque de algo tiene que cuidarme.