lunes, 14 de julio de 2008

Esas pequeñas cosas

En esta ciudad hay un verso maldito que de tanto repetirlo se nos va a torcer la boca y a quedar torcida: “No tengo cambio”. Por culpa de esa frase todos los días de mi vida me expongo al maltrato dela señora del kiosco, una enana refunfuñona que se sube a un banquito, saca la cabeza por encima de los caramelos y me grita: “¡que no tengo cambio!”. Y como ella es enana y yo no –supongo que a muchosles pasa–, me da culpa devolverle el puñado de chicles Fini Boom que me da en lugar de las monedas que me debe. “Pero no quiero chicle”, le digo tímidamente. Ella alza sus hombritos y dice: “Es lo que hay”. Y después hace ese ademán tipo “que pase el siguiente”, siendo que yo soy la única queestá en el kiosco. Y su hijo, claro. Porque estaseñora tiene un bebé que también es enano. Se veque los genes de ella, como su personalidad, son muy dominantes. O quizá ella sí supo seguir lo quecon tanto empeño quiso inculcarme mi abuela:“Cada oveja con su pareja”.Hace unos días decidí no volver a ese kiosco,porque la única razón por la que iba –el cambio– noestaba funcionando. Me pasé entonces al verdulero,que tampoco es tan alto, sólo lo suficiente comopara mirarme las tetas de reojo mientras cuentamonedas apoyado en el mostrador. Ayer, cuando elverdulero me cambiaba, generosísimo, un billete deveinte, se apareció la enana con su bebé encochecito. Y menos mal le queda jodido escupirme lacara pero le adiviné la intención en la mirada. Pidiótomates y entró con el verdulero a elegirlos. Yo mequedé en la vereda con el cochecito y el bebé mesonrió. ¿Y qué se le hace a un bebé que sonríe? Se lehacen mimos. Pero no alcancé a abrir la bocacuando el nene se largó a llorar. Su madre salióenseguida: “¡Qué le hiciste!”, gritó. “Nada”, dije, “lojuro, sólo quise, no sé, entablar una conversación”.Ella lo alzó: “Anda de mal humor”, le dijo al verdulero.“Hijo de tigre”, contestó él. La enana se río,acurrucó al nene contra su pecho: “Y bueno”, dijo,“¿qué madre no quiere que su hijo se le parezca?”. Yyo pensé que esa mujer podía no tener cambio o laspiernas de Naomi Campbell o tomates frescos parala cena o la más mínima vocación de RR.PP.,pero tenía algo mucho más difícil de tener: lacerteza de haber conseguido lo que quería.