Ayer estaba en el súper y un nene se me puso delante en la fila rápida cargando su canastita. Pensé que era una emboscada típica de madre zarpada que divide las compras en canastas de quince productos y manda a los hijos a pagar, mientras ella se va con la abuela a la caja de tercera edad a robarse otro privilegio. Las odio: así es como se inculca la corrupción. “Permiso”, le dije al nene, “ese no es tu lugar”. Y enseguida apareció el padre, se agachó frente a él: “¿Qué hacés, enano?, llevo un rato buscandoté”. Ah claro, pensé, qué fácil culpar al niño. Y mi alma de mujer gorda y quejosa se mandó ese gesto de “Humm”, que viene siendo lo mismo que gritarle farsante. El hombre, decentísimo, levantó la cara para pedir disculpas y entonces descubrí que era un chico con quien había salido recién llegué a Baires –cuando Teo no me quería porque se había dado un golpe en el cráneo y no pensaba bien. “Qué vergüenza”, le dije, “perdón, no sabía que…” y miré al nene. “Y sí”, dijo, “me casé. El es Andy”. ¿Cuál podría ser la siguiente línea de diálogo? “¡Ah , pero qué bueno, te felicito, qué alegría!”. Porque una tiende a sobredimensionar la emoción improbable que la vida feliz de un ex le produce. El caso es que me preguntó si tenía tiempo para un café, que su mujer estaba en la peluquería y tenía que esperarla, y que hace tanto no sé de vos, que la novela para cuándo. Siempre supo preguntar lo que no debía ese chico, pero le dije sí, dale, y nos fuimos con Andy a un café. He aquí lo que me contó: Vive en un barrio cerrado de Pilar, los vecinos muy buenos, la seguridad impecable –nadie a matado a nadie todavía, pensé. Su hijo va a un colegio de nombre Saint algo, católico y bilingüe –porque hablar inglés es lo que todo monaguillo necesita para ser feliz, volví a pensar. Su mujer no trabaja –obvio, hace pilates–, se ocupa del nene. El sigue en la misma empresa pero lo hicieron socio –“¡genial!”, dije– y cada tanto se acuerda de mí –Ups. Le sonó el celular “Sí, gorda, en cinco estoy”. Y preguntó: “¿Vos seguís con ese escritor izquierdoso, era?”. “Sí, Teo”. “Qué raro, ¿no? No das para nada esa onda de pobre”. Y por fin entendí lo que alguna vez nos había unido: los dos tenemos la cabeza enferma de prejuicios.