martes, 15 de julio de 2008

La Mala Onda

Algunos días me convenzo fácil de que la ciudad está tomada por la Mala Onda. Incluso los días más espléndidos, cuando no cabe la excusa de que el clima condiciona los humores, la Mala Onda se pasea oronda por la calle y va dejando coletazos. Ayer, por ejemplo, me fui a la parada del colectivo y esperé cuarenta minutos con un grupo de gente que se iba diluyendo a medida que se acercaba a un quiosco en el que, luego sabría, había un policía que informaba –solamente a los que iban a preguntarle y después se escabullían– que el 38 ya no pasaba por allí sino por la otra esquina. Que todos los diccionarios borren por favor la palabra solidaridad: murió, descansa en una fosa común que huele a podrido. Bien, cuando me subí al colectivo había un lugar al lado de una chica con un bebé que ni bien me senté me dijo “Nena”, y me pegó un manotazo en la cara con su manita babeada. “A las nenas no se le pega, Santi”, dijo la chica y yo me sonreí: “Hola Santi”, le dije, y Santi soltó un risita adorable: “Hola nena”, y me zampó la segunda cachetada húmeda. La madre no volvió a hacer el más mínimo esfuerzo para al menos simular que no era una perra permisiva: dejó que su hijo manilarga me cacheteara a su antojo hasta que decidí levantarme. Después me bajé en la Plaza Lavalle y vi a un grupo de chicos de uniforme que insultaban a un viejo sentado en una banca: “¡Anda a cagar viejo puto!” El viejo con sus ojos vidriosos miraba la nada misma. Cuando le pasé por delante, quiso abordarme, yo retrocedí y el viejo me dijo con su voz casi imperceptible: “¿Vos sabés cuánto es el aumento de los jubilados?” Los chicos le tiraron un carozo de durazno directo al ojo: “Sos loquito ¿eh?” La cereza del helado fue en la calle Florida. Una mujer en silla de ruedas y algo así como unos remos con los que se empujaba a modo de esquí se le mandó encima a un turista gringo que caminaba desprevenido disfrutando del smog. “¡Mové el orto!”, le dijo, y el hombre no entendió: “¿Orto?”, dijo. Pero era tarde, la mujer lo había atropellado y él entonces gritó: “¡You fucking cripple!”. Porque la Mala Onda muta y, en algún momento, sin previo aviso, se vuelve parte de ti. Y no te queda más remedio que usarla.