martes, 15 de julio de 2008
Domingo
El domingo en casa, con invitados de domingo, hablábamos de lo tristes que suelen ser los domingos. Quizá no a la mañana, cuando la cabeza está en la onda de recibir o visitar o salir a hacer vida de domingo, sino después: pasado el almuerzo, el postre, los cafés. Es la hora del hastío y se ubica en ese momento en que los invitados deben volverse a su casa y los anfitriones levantar la mesa, y unos y otros se miran las caras y sucede que a algunos les entra unas ganas irremediables de largarse a gritar. Se llama angustia, me ha pasado. Lo peor de ese momento es que uno mira el reloj y descubre que todavía faltan muchas horas para que se acabe ese día y empiece otro: el trágico lunes. ¿Y qué se hace en la víspera? ¿Refugiarse en un partido de fútbol o golpearse la cabeza contra la pared y llorar? Yo prefiero lo segundo, pero es cuestión de gustos. Eso discutíamos el domingo en casa, mientras sorbíamos lentamente el café, como quien alarga el preámbulo de una noche que sabe densa, difícil. “Es horrible” decía D mirando su café helado, los ojos le brillaban desde el fondo de la taza. Se llama miedo, me ha pasado. Al miedo le da hambre los domingos. Hay gente que intenta sacudirse la tristeza dominical haciendo cosas que no están en la lista oficial de actividades de domingo. Gente que improvisa. Pero cuando uno improvisa irrumpe en el orden natural de las cosas y al final te lo echan en cara. El domingo es vengativo. ¿Leer en un parque bajo la sombra de un jacarandá? No, ese lugar es para los niños o los perros o los picnics familiares. ¿Por qué? Porque es domingo. ¿Salir a almorzar solo? No, todas las mesas están preparadas para 6, más la sillita del nene. Y aunque te dejasen comer en la barra o en un rincón de la cocina, sería peor. Miras alrededor y es evidente que la onda es otra, te sientes sólísimo. Es entonces cuando te preguntas: ¿acaso no merezco un domingo triste normal, como la gente? ¿Qué soy, una flor seca? “Sos nadie” insistía D, con su café intacto. Habíamos hecho fuego en la chimenea pero estaba a punto de apagarse. Los invitados también. “¿Saben qué es peor que una tarde de domingo?”, preguntó D. “¿Qué?” dijimos los demás en ese tono aletargado de la post sobremesa. “Una tarde fría de domingo”. Nadie dijo nada. El último leño agonizaba.