Hay días que me levanto con unas ganas incontenibles de meterme en el mar. Abro los ojos, miro a Teo y le digo: “Quiero ir al mar”. El me da palmaditas en la mejilla: “Sí, sí”, dice y sigue durmiendo. Es así: nací en Cartagena de Indias, Colombia, y me harté del mar. El mar era algo que estaba allí, llenando un espacio enorme, frente al que uno podía hacer esas cosas como contemplar el sol zambullirse en el agua al final de la tarde, o la luna reflejarse coqueta al llegar la noche: porque todo eso que canta la poesía berreta ocurre tal cual. Y cuando un verso malo se repite todos los días de tu vida se convierte en veneno puro. Por eso, lo de extrañar casi no se me da. Pero hay mañanas, decía, que amanezco con la necesidad de abrir la puerta de mi casa porteña, meterme en mi mar caribeño y después volver a mi casa porteña. O sea, lo que extraño no el espacio físico, sino la sensación del agua tibia cubriéndome desde el dedo gordo del pie hasta el moñito tomate en el que suelo recoger mis cabeshos. No conozco una sensación similar: meterse en el mar durante tres, cuatro, cinco segundos, no se parece a nada. Cuando me levanto así, con caprichos exóticos, me parece que estoy encarnando una de esas frases que la tía Ramona suelta de repente, mirándote a los ojos, y en cualquier contexto –después de espantarse un mosquito de la cara, por ejemplo, o de enderezar el cuadro de los elefantes que tiene en su living–: “Elegir es también perder”, o “Perder es ganar lo insospechado”, o “¿Es eso un peinado?”. Porque tener ganas de meterse en el mar Caribe una mañana otoñal en Buenos Aires es, como las frases de la tía, un lugar común disfrazado de excentricidad y, aún así, genuino. Supongo que uno no piensa que le va a pasar algo tan obvio como extrañar cuando un día decide olímpicamente que su vida está en otro lado, deja la que tiene y se arma un nuevo rompecabezas: acá un campito, allá un río, un obelisco y mujeres rubias, muchas rubias, sí, para que esta morocha se luzca más. Y así va creando su propio nuevo mundo feliz, hasta que llega un día que se levanta sobresaltado, lágrimas a punto, mano en el pecho y respirando con dificultad: “¿Y el mar?”, se pregunta... “Sí, sí”, dirá quien esté a su lado, con un par de palmaditas condescendientes.