Hay una luz increíble que aparece cuando sol se está poniendo y el hollín flota en el aire. El hollín siempre flota en el aire, pero a esa hora lo miro más porque me aburro y pienso que todavía falta un rato para que Teo llegue a casa y unos cuantos años para que el hecho de mirar yo sola las series grabadas no sea considerado alta traición. A esa hora, entonces, salgo a comprar lo que haga falta para la cena y si el clima lo permite me siento en un banco de algún parque a leer o a fingir que reflexiono de cara al firmamento. Pero en realidad sólo me maravillo ante el milagro del hollín. En esas estaba ayer cuando vi transcurrir una escena digna de ser colgada en Youtube bajo el título: “Desvanecer”. No tiene mucho que ver con la escena, pero me gusta esa palabra. Una nena de unos diez años y cara caqui de la mugre apoyaba su cabeza en las piernas de un chico de unos quince que le decía: “Chupá, pero no tragués”. La situación, de movida, me pareció un poco mucho, así que me acerqué disimuladamente para impedir lo que estuviera por suceder. Porque el mundo merece de mí más que una reflexión de cara al firmamento, pensé. Pero entonces descubrí que el chico sólo estaba instruyendo a la nena en el arte de fumar. No debería ser tranquilizador, pero lo fue. Di la vuelta sobre mis talones y volví al banco silbando una canción de Tony Bennet. Desde allí vi como la nena chupaba y tosía, chupaba y volvía a toser. Y vi también que detrás de ellos había una valla de Lucky Strike con una mujer vestida de blanco y rojo que botaba una humarada por la boca y decía: “Soy una chica Lucky”. Hasta yo pensaría que ese cartel es una escenografía que inventé para mi escena, pero no. Luego descubriría que mi heroína impúber y su galán habían escogido ese lugar estratégicamente para proceder con el entrenamiento, porque ni bien ella aprobó la primera lección –chupó y no tragó–, le preguntó a él: “¿Ahora soy una chica Lucky?” El asintió. Y la cara de felicidad que puso la nena, lo juro, llevaba un subtítulo enorme que decía: “Felicidad”.