martes, 15 de julio de 2008
Payasos
Cumple Pablo, el hijo de mi amiga Tamara, que recién se separó. Pablo es una cosita ínfima, ojiverde, que ahora corre alrededor del living con bigotes de merengue. En un rincón, hay un par de payasos que parecen castigados. Tamara se acerca y les pregunta qué pasa, y que los niños están dispersos, que hagan algo: un chiste, un truco de magia, alguna de esas cosas por las cuales los contrató. Tamara fuma y sopla y habla al mismo tiempo. El payaso tose y después dice: “Perdón, señora, pero queremos irnos. Páguenos hasta aquí y nos vamos” Tamara abre sus ojazos verdes, esos que heredó Pablo, y les dice: “¿Irse por qué?” Un payaso mira al otro, que está callado y tiene el antebrazo envuelto en un pañuelo de lunares violeta. Ese payaso dice: “Su hijo nos maltrató, nosotros estamos acá trabajando y no nos gusta que nos maltraten”. Tamara baja la cara, la vuelve a levantar y mira a los payasos con rabia: “Mi hijo cumple seis años, ¿cómo puede maltratarlos un nene de seis años?” Fuma y sopla. El payaso entonces se saca el pañuelo del brazo y le muestra un mordisco: “Su hijo me mordió, se ensañó, no quería soltarme” Tamara mira el mordisco enrojecido del payaso, se da vuelta y va a buscar su cartera. En el camino se encuentra a Pablo, sentado solo en medio del living, jugando con la Barbie astronauta. Ella se agacha y lo toma por los hombros: “¿Qué te he dicho de jugar con muñecas? ¿Qué te he dicho de morder?” Pablo la mira, ella le limpia el bigote de merengue. Los otros nenes juegan al fondo con una pelota de rugby firmada por Pichot. Es el regalo del papá de Pablo, que se tuvo que ir a tomar un avión. Después hay una nena llorando sentada junto a su niñera, que no dice ni hace nada. Me acerco y pregunto qué le pasa. La nena dice: “Pablo me mordió y se llevó mi Barbie”. Vuelvo a ver a Tamara pagándole a los payasos, los acompaña a la puerta, pide disculpas, vuelve al living y levanta los platos y vasos desechables, las servilletas sucias regadas por el piso. Tira todo dentro de la cabeza hueca de Shrek, que era la caja de regalos. Se sienta en el sillón, yo me siento a su lado. Ella me sonríe y se alisa la falda del vestido. Luego respira hondo y fija los ojos en sus manos. Hace horas, supongo, que no las ve tan vacías.