martes, 15 de julio de 2008

El llanto de una diosa

Entré a la tienda del barrio y oí una especie de murmullo melódico. Miré a los lados, busqué parlantes, una radio. Caminé por los pasillos, husmeé en las góndolas esperando encontrar un ruiseñor atrapado en una bolsa de porotos. No había nada. El murmullo se oía nítido, pero no salía de ningún lado. Compré lo que tenía que comprar y me fui. Al día siguiente volví, y al otro, y allí seguía el sonido. No es que tenga algún problema en reconocer que si hay gente que oye voces yo bien puedo estar oyendo murmullos. Pero mi razonamiento era: si oigo sonidos que no existen, los oigo sólo en esta tienda, entonces ¿existe esta tienda o alucino? Me acerqué al señor de la caja, toqué su hombro que, comprobé, era sólido como el de la gente que existe, y le pregunté: “Discúlpeme, ¿oye usted cosas en su tienda?”. “¿Qué cosas?”, dijo el hombre. “Un murmullo, una canción, ¿el llanto de una diosa?” El hombre me miró extrañado por un instante brevísimo, luego la furia apareció en su cara. Enrojeció, respiró profundo, cerró los ojos y masajeándose las sienes con los dedos gritó: “¡Florencia, basta!” Y volvió el silencio. El hombre me pidió disculpas por el ruido y dijo que era su hija que se la pasaba calentando la voz porque algún imbécil que la vio en el karaoke, le había metido en la cabeza que ella podía cantar. Él se había cansado de decirle que no lo hiciera, y menos en horario de trabajo porque espantaba a los clientes. El tipo estaba increíblemente avergonzado. Yo traté de explicarle que no espantaba a nadie, sino todo lo contrario, pero él se llevó el dedo a la boca y me dijo: “no, no diga nada, ella tiene que aprender a comportarse”. Florencia está al fondo, en la sección de fiambres, es baja de estatura, pedirle algo siempre es extraño porque uno siente que le está hablando a la pata de jamón que está sobre el mostrador. Ese día, cuando supe que era ella la que cantaba, me acerqué para decirle que su padre bien podía ser su padre pero también era un bruto que no sabía percibir el canto de los dioses. Pero antes de poder abrir la boca apareció su padre por atrás y me dijo: “¿se le ofrece algo más?”. Me tocó comprar jamón. Y me tocó, también, quedarme muda: como Florencia, que feteaba un mozzarella en la máquina, con sus ojos tristes, fijos en la cuchilla.