sábado, 26 de julio de 2008
Talento argentino
La línea entre ser sexy y ser vulgar, dice mi madre, es una neurona. Yo le digo que los dos conceptos son bastante subjetivos, hay gente a la que le parece sexy ver a una chica vomitando, siempre y cuando esa chica sea Wanda Nara, por ejemplo. Para otros, una chica que vomita nunca jamás será una imagen visualmente apetitosa. O sea, que si el límite entre ser sexy y ser vulgar es una neurona, ésa debe ser la neurona del capricho. Ayer, cenando con unos amigos, hablábamos del tan bien y tan mal reputado caño argentino y la mayoría, entre los ventimuchos y trentipocos, coincidíamos en que era una vulgaridad escrita con mayúscula y negrita. Así: VULGARIDAD. El señor mesero, al tanto de la conversa, estaba en total desacuerdo: “Eso es arte, pibes, son nuestras chicas, hay que estar orgulloso”. Alguien lo retó: “Lamento contradecirlo, señor, pero para ver eso solamente hay que estar caliente”. El tipo resopló: estos jóvenes frígidos, debió haber pensado. O: estos jóvenes viejos. O quizá no pudo pensar nada porque tenía la mente demasiado llena de arte local frotándose contra un palo. Pero al rato volvió: “Si no apoyamos el talento de nuestras chicas, se van a ir a bailarle a otros”, nos dijo. Le había tomado unos largos minutos llegar a esa conclusión y ahora la lanzaba muy orondo por los aires como la declaración misma de los derechos fundamentales, inalienables e imprescriptibles de la patria. Nadie dijo nada, el mesero sonrió: “¡Ajá! ¿Tengo o no tengo razón, pibes?”. Alguien volvió a retarlo: “Mire, señor, bailar en el caño no es un talento”. El hombre lo miró confundido, después nos miró a los demás con un amago de sonrisa en los labios, buscando la complicidad para romperle la cara a ése que había dicho semejante desfachatez. Pero no encontró la respuesta que esperaba y dijo: “¿Cómo no?”, con auténtico terror, visualizando, quizá, el escenario horroroso en que las chicas locales decidieran explorar sus talentos y descubrieran que uno de ellos consiste, supongamos, en vestirse. Daba pena ver como sufría, imaginarlo imaginando que su mundo se volteaba y que todo quedaba patas para arriba. Así que le dije: “Claro que es un talento, señor, el más grande de los talentos argentinos”. Entonces el hombre agarró una servilleta, se secó la frente transpirada, y sonrió aliviado.