“¿De qué está hecha la amistad?”, le pregunta un amigo a otro. Yo estoy en el medio de los dos, tarareando una de Janis Joplin. Estamos en un bar, pero ninguno está en condiciones de hacer ese tipo de preguntas todavía porque no nos han servido más que un agua con gas que nadie pidió. “¿Gas?” dice el segundo amigo mirando la etiqueta de la botella. “¿A vos te parece?”, dice el otro. “Y no, habíamos pedido sin gas”, vuelve a decir el que había dicho gas y llama al mesero. El otro lo mira sin entender un soto. Yo creo que una de las cosas de las que está hecha la amistad es de malentendidos. Pero no digo nada, canto. Ellos ahora discuten sobre Neustadt, que si en verdad era tan despreciable, que sí, obvio que lo era... pero, bueno, también hizo cosas, se inventó slogans... Claro, Hitler también se inventó slogans, hasta canciones. Otra de las cosas de las que está hecha la amistad es de esas discusiones en las que uno se pregunta: ¿cómo puedo ser amigo de alguien con ideas tan distintas a las mías? Abundan amistades como esas. Cualquiera diría que es un rasgo importante en una amistad, que las ideas contrarias no destruyan la esencia. Pero qué es la esencia. Por ahora, acá, la esencia es el verbo: mis amigos hablan y hablan hasta que uno me mira y dice “¿qué te pasa, por que no hablas?” Y a mí no me pasa nada, me la estoy pasando bárbaro: canto, y como mi voz no se oye parece que fuera la de Janis, estoy dichosa. Le explico, dice ok, sigue hablando. La gente adulta necesita hablar. No que yo me crea una adolescente, pero a veces extraño esa idea de la amistad, ese tiempo en que se podía estar con amigos sin hablar y el silencio no era incómodo sino grato. Pero eso se va diluyendo con los años. Ahora uno se encuentra con amigos en un bar y tiene que hablar aunque no quiera, sino parece que no te gusta la compañía del otro. Cómo explicarle al otro que la compañía te gusta tanto, que la conversación no hace falta. Yo creo que la amistad está hecha de muchas cosas: de ideas contrarias, de preguntas capciosas, de conversaciones profundas, de conversaciones idiotas. Pero creo, también, que una buena amistad tiene que permitirse los silencios: silencios gratos bajo una linda canción, frente a un vaso de agua burbujeante, finamente gasificada, o de cualquier otra cosa.