martes, 15 de julio de 2008

Un tranvía llamado bolero

Viajar en transporte público suele ser un infierno. Nadie que no esté levemente borracho calificaría un viaje en tren, colectivo o subte en hora pico como un placer infinito. Yo juro no estar borracha en este momento. Estoy, sí, un poco preocupada porque ayer descubrí, en el vidrio de la ventana del tren, el reflejo de mi cara sonriéndose sola, como si en vez de estar yendo a Retiro estuviera yendo a la Gare de Lyon, a dar un paseo por Paris. ¿La razón? La poesía. También podría ser más vulgar, es decir honesta, y confesar que me he obsesionado con el grupillo dominicano que se pasea por la ciudad con sus boleros a cuestas. Es que la oferta lúdica habitual de TBA es tristísima: está el señor cristiano que pregona escandaloso que “sólo el amor de Dios salvará el mundo”, con lo que consigue generar el odio colectivo y elevar la voz de Satán en coros de: ¡cashate puto! O el pobre cieguito al que le damos monedas sólo para que no cante, y al que a veces alguien decide tomar del brazo e indicarle la salida prematuramente. Por eso, ver subir al tren al grupillo dominicano es razón de sobra para reemplazar el codazo que se merece el muchachito somnoliento que ladea su cabeza sobre mi hombro, por un abrazo. El señor vocalista es una especie de Pablo Milanés, grandote y morocho, con una voz que uno podría tomarse de un sorbo como si fuera miel. Los demás son iguales a él pero veinte años antes y con la sonrisa aún blanca. He visto gente que, cuando estos señores se suben al tren, cierra los ojos y le llora un coro triste a un amor perdido, o le dice a una mujer traidora que en vez de maldecirla con justo encono ha decidido colmarla de bendiciones. El personal se vuelve dócil, romántico, el gesto adusto de los pasajeros habituales, al son del bongó, se transforma en sonrisas involuntarias, como la mía en el espejo. Hace unos días se corrió el rumor de que los dominicanos se irán en invierno. Alguien dijo que el señor Milanés se quejó del frío y dijo, engulléndose un pancho de un sólo bocado, que iba siendo hora de partir. Es desolador, ya no me imagino los viajes en tren sin esa tonada. Pero al mismo tiempo es justo lo que tenía que pasar, porque todavía no se ha escrito un buen bolero con final feliz. Y ese verso, los dominicanos, se lo deben saber muy bien.