martes, 15 de julio de 2008

Gente del común en campos de batalla

No tendrá validez fáctica, pero en mucha de la literatura de guerra uno se entera de las cosas que pasan por personajes ajenos a la guerra. Esa gente que no está en el campo de batalla o –para contextualizar– en el piquete, sino, por ejemplo, en la casa de una amiga cenando pollo con arroz porque carne no hay. “¿Cómo no hay carne, esto no era un asado?” diría algún personaje desprevenido si esto fuera literatura, y entonces la anfitriona, o bien el mayordomo perverso, habría dicho solemne: “Hay desabastecimiento” A lo que los demás invitados contestaríamos: “Oh”, llevándonos sutilmente la mano a la boca. Porque más o menos así cierta gente del común vive las cosas. Lo sé porque yo soy gente del común que de vez en cuando va a una cena –no así a mi señor marido, aclaro, él es todo un pensador que elucubra lo que yo coloquializo, según me explicó en nuestro último simposio, lo que en resumidas cuentas quiere decir que él no diría “Oh” sino: “En la antigua Roma, etc.”. Pero todo esto va a que el día del primer cacerolazo por el campo cuando, en efecto, fui invitada a un asado que mutó en pollo, alguna gente del común, como mis amigos y yo, se sentó frente a la tele a comentar los hechos. Una amiga confesó, incluso, tener un campito y estuvo tentada a salir corriendo a la calle con su cacerola. Pero se le pasó rápido. Entonces yo les conté una historia que, anticipé, no tenía nada que ver con eso, para que después, en medio de mi relato, nadie osara preguntarme: “¿Y qué tiene que ver?”. La historia es que cuando yo era chica mis padres tenían un campo que la guerrilla colombiana invadió, y ellos no hicieron nada por recuperar. No que fuéramos ricos ni mucho menos, pero el miedo era tal que mi madre –cuya primera palabra debió ser “eufemismo”–, sólo decía: “¿Para qué pisarle la cola al diablo?” Y nadie se la pisó y perdimos el campo y nos hicimos pobres. Y cuando llegué a esta ciudad me pareció sorprendente ver que, contrario a la filosofía materna, la gente del común y del no común andaba por ahí, cacerola en mano, largando alaridos en el campo de batalla: buscando diablos y colas que pisar. Eso no será literatura, quizá tampoco revolución, pero para esta extranjera tibia no deja se ser conmovedor.