Hubo un tiempo en el que intenté hacerme vegetariana. Todavía no vivía en este increíble matadero sureño, lógico, y mi intención no tenía nada que ver con la solidaridad hacia los animales –que igual tienen una vida de mierda– o el temor al karma –porque los animales mueren como viven, tristes, y se supone que uno se traga eso– o la halitosis progresiva –vulgarmente conocida como mal aliento– que según los vegetarianos renacidos produce la carne. En realidad, mi intención carecía de razones trascendentales y por eso, quizá, frente al primer saboteo doméstico reculé como vaca ante matarife. Porque por esos días que yo me planté frente a todos y dije “En adelante sólo comeré lechuga”, a mi madre se le dio por preparar guisos suculentos y hornear patas de chancho, siendo que la semana anterior nos había atiborrado con latas de atún porque había descubierto, de repente, que no estaba hecha para cocinar. Que su misión en la vida era claramente otra, algo así como criar hijos desnutridos. El caso es que mi incursión en el vegetarianismo se vio frustrada en dos patadas y siempre me quedó la duda de cómo habría sido convertirme en un ser verde. Hace un par de días, pasadas las 14, me parece que encontré la respuesta. Estaba en una parrillita de San Telmo con un grupo de gente amiga –del tipo que se comería un gato gordo si se lo ofreciesen con buen chimi– y un hombre vegetariano que acompañaba a su mujer que se decía carnívora social. Y de un momento a otro este par se agarró a los gritos porque ella le sugirió, ante el error del chef/demonio que le puso queso a su ensalada, que lo dejara pasar: “Ya está, mi amor, es sólo queso”, dijo masticando un chori con pasión auténtica. Y el marido se levantó con ojos de asesino, tiró el plato al piso y le gritó: “¡El queso sale de la vaca!” La mujer respiró hondo y le gritó de vuelta: “¡Andate a comer mierda!”, y se fue. Y allí quedó el pobre hombre aplastado en su silla, desconsolado, con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos, diciendo que no, que mierda tampoco, que si nadie le explicó a esa gorda llena de toxinas que las verduras no cagan. Mi madre habría dicho que a ese hombre estaba falto de proteínas y, por supuesto, también, de un buen par de cachetadas. Gracias, Mamá.