martes, 15 de julio de 2008

Being adolescente

Paseando por la calle en horario de salida del colegio, jornada matutina, uno se sorprende de ver a la misma chica tantas veces. Esa chica tiene el pelo cortado en capas, de modo que le hace una especie de casco grueso arriba, y abajo, como naciéndole en la nuca, le salen hebras delgadas y largas. Esa chica usa el uniforme corto y se ríe, todo el tiempo se ríe con su doble, a quien lleva agarrada del brazo y le dice constantemente: “¡Boluda, boluda!” Y el doble, a su vez, es igual a la que camina detrás y grita “¡Boluda, boluda!”. Y así, son miles. Después hay dos o tres que son distintas, por gorditas o poco agraciadas, por ejemplo, pero esas también son parecidas entre sí. O sea: se parecen en que son distintas a las otras y entonces se acoplan y se integran, y es cuando se vuelven una sola y sus dobles. A veces, cuando voy a comprar el pan para el almuerzo, entro a la panadería y me parece estar viendo esa película Being John Malkovich, donde hay muchos John Malkovich haciendo de John Malkovich. Acá es lo mismo, sólo que en vez de John Malkovich está la chica de uniforme que se come un sandwich, se ríe y luego le dice a su doble, o a sí misma: “¡Boluda, está buenísimo!”. Debe haber algo placentero que yo olvidé en la adolescencia, en eso de verse igual a todas las chicas y ver a todas las chicas iguales a uno. Seguro que era una linda sensación, pero yo no me acuerdo. Cuando uno crece, salir vestida medianamente parecida a la amiga para poder gritar en la calle al unísono: “¡Boluda, nos pusimos lo mismo!” (risas frenéticas, gente que mira y resopla), es, definitivamente, un tema para llevar al análisis. Parecería, en cambio, que cuando se es adolescente, la onda consiste en seguir la coreografía. La coreografía en la calle, en el boliche, en el salón de clase y en la vereda de la panadería de mi barrio. “Sólo tú, no necesito más, te adoraría lo que dura la eternidad...”, cantan las chicas de uniforme corto y sus dobles, agarradas de manos, dando saltitos, mientras yo: vieja chota que casi bordea los treinta, las miro preguntándome cómo era, por qué era lindo hacer eso, en qué parte de la vida amanecimos convertidos en esa gente que todos los días hace, inútilmente, un nuevo esfuerzo por ser diferente.