El otro día fui a una cena y conocí al hombre que si yo no fuera yo –quiero decir una chica muy mona de acento confuso–, yo querría ser. Es gay, es famoso, es inteligente, es gracioso, es escritor. Y se llama Boris. ¿No es Boris un nombre precioso? Todo el mundo debería llamarse Boris. Debo aclarar, sin embargo, que Boris se mantiene para mí en una instancia platónica porque yo, como todas las chicas afortunadas de la posmodernidad, ya tengo mi amigo gay. Y si Boris quisiera ser mi amigo y, por ejemplo, arreglarme sutilmente el flequillo escurrido sobre el lado equivocado de mi frente o decirme cualquier día en tono desprevenido "te queda tan linda esa pollera" –esa misma pollera que uso siempre–, yo tendría que decirle que, no sé, eso mismo: que yo ya tengo un amigo gay fabuloso a quien querría consultarle si puedo tener otro. Y después le saltaría encima en un ataque de amor desenfrenado. Eso pensaba mientras lo oía hablar de su última novela que fue finalista el año pasado del premio Planeta español y que va por su novena edición. Ha tenido tanto éxito que Boris dice que tiene que recordarse a sí mismo todo el tiempo: “Yo no gané: yo-no-ga-né”. El caso es que me entregué a la contemplación descarada de todo lo que decía y hacía Boris: su forma elegantísima de robarle vino a sus comensales, la dulzura con que le hacía ojitos a su legítimo esposo Rubén, esa deliciosa cadencia venecogallega al pronunciar Michael Jackson. Hasta que Teo me codeó: “Sos de lo peor. ¿Qué va a decir C cuando se entere?” Yo le dije: C es mi amigo gay y no tiene nada que temer. Y sentí una punzada en la panza. A la mañana siguiente, resaca a pleno, llamé a C, que por razones distintas de las mías también estaba despertando de una borrachera. “¿Qué hacés allá?”, contestó el teléfono. “¿Cómo allá? Ésta es mi casa”, dije. “Ok”, dijo él. Después hablamos de un libro de Cabrera Infante que ninguno de los dos había leído pero coincidimos en que era desopilante. Y tras un rato de silencio en el que probablemente los dos dormíamos, le dije: “Eres el ser más encantador en el universo de seres encantadores”. Él dijo: "Ya sé, mi reina, y también sé que conociste a Boris Izaguirre: no te culpo". Y así, como una mujer que vuelve a su amado esposo después de una noche licenciosa, sentí mi corazón alivianarse y mi cabeza volver a su lugar.