martes, 15 de julio de 2008

Hacerse el marciano

El sábado salí cantarina por las calles porque el clima mejoraba y la vida, a pesar del quilombo universal, no se estaba portando tan mal. Volvía Teo de un largo viaje, y yo iba rumbo al súper para surtir la heladera de algunas cosillas deliciosas y simular que, en su ausencia, en casa también se cocinan platos lindos, nada de delivery ni sanduches improvisados. Cuando Teo entrara, Billie Holiday estaría en pleno coro de ¡My Maaan!, y habría olor a torta de manzana casera, basta de Bizcochuelo Exquisita. Todo estaba perfectamente planeado. Porque si uno tiene muchas ganas, pensaba, puede hacer que el mundo sea perfecto aunque el resto se caiga a pedazos. Sí, el egoísmo como un lujo eventual es una sana costumbre que deberíamos promover. Así que iba yo, caminando y elucubrando feliz, a punto de largarme con un coro de Palito Ortega, cuando se atravesó en mi camino el hombre de la gran cabeza verde con antenas. “Hola, ¿querés ayudar a los niños?”, me dijo. Yo me paré y miré a los lados: “¿Cuáles niños?”, pregunté, no había un sólo niño en las inmediaciones. “Los niños pobres de las villas, soy de una fundación que...” Mientras hablaba descubrí que su cabeza era un mix entre Pepe Grillo y el maestro Yoda. Busqué en mis bolsillos, no tenía monedas. “No tengo, lo siento”, dije y seguí andando. “Qué buena persona que sos, ¿no? ¿estás orgullosa de ser tan garca?”: el hombre me venía siguiendo. Yo me volví a mirarlo, aterrada, sin dejar de caminar. Él apretó el paso, su gran cabeza verde se tambaleaba y gritaba: “¡Garca, egoísta!”. Eché a correr hasta perderlo y entré al súper pero, lógicamente, se me habían ido las ganas de comprar, porque cualquier cosa que comprara sería del tipo que nunca jamás tendrán los niños de las villas. Volví a casa, y esa rara culpa que sentía, mezclada con el susto que me dio el marciano, mutó rápidamente en rabia; la rabia, a su vez, mutó en furia, cuando Teo llamó para decir que llegaría el domingo porque el vuelo estaba retrasado. Esa tarde no hubo torta de manzana ni canciones de Billie Holiday, hubo sólo la pesadez de un día como cualquier otro en una ciudad que, cuando menos piensas, tiene la gentileza de recordarte que el mundo es como es, aunque uno se haga el marciano, aunque te empeñes en verlo distinto.