Cuando tomo el tren rumbo a Retiro, a veces me encuentro con el señor de los muñones –así le llamamos cariñosamente algunos pasajeros frecuentes, ya que ha sido difícil averiguar su nombre. Este hombre no tiene filo por ningún lado visible en el cuerpo: los pies son redondos porque no tiene dedos, la cabeza también porque no tiene orejas ni nariz ni labios ni barbilla. Tampoco tiene brazos y los ojos son un par de ranuras sin pestañas. Es lo más parecido que vi a una bola de carne. Lleva siempre una bolsita para la limosna colgando del cuello y cuando intenta decir algo, supongo que “moneda”, lo que le sale es un gruñido. Me parece que tampoco clasificó para dientes. Además, tiene una idea un poco sobrestimada de la proxemia: va por los pasillos intentando hacerse entender y acaricia con su muñón las caras aterradas de los pasajeros que van sentados. Hay algunos osados que se apartan cuando el tipo los aborda, hay otros que se congelan. Una vez vi a una chica entrar en pánico, cerrar los ojos y echarse a llorar desconsolada, mientras el pobre hombre, en su lenguaje particular, intentaba tranquilizarla. No podría asegurarlo pero parecía querer abrazarla. Hay gente que dice que es un pervertido, solamente porque a veces lleva el pantalón desabrochado y se le alcanza a ver un poco de pellejo de algo que, dadas sus condiciones fisionómicas, jamás podríamos saber de qué se trata. Una mañana vi a un rubito de traje sacarse su ipod para decirle al empleado de TBA: “¡Por favor, saquen a ese monstruo, basta de terrorismo!” Y tuvo coro. A veces cuando el señor de los muñones se sube a tren se genera todo un debate: si hay que darle limosna, si hay que prohibirle tocar a los pasajeros, si hay que enseñarle a decir moneda, si hay que entregarlo a un hospital para que lo cuiden hasta que muera, si lo mejor es que se muera. Hace unos días lo encontré en la estación Lisandro de la Torre, estaba en cuclillas y lloraba. Me hubiera encantado hacer algo que excluyera la obviedad de ofrecerle un pañuelito. Puse un billete en su bolsita y me sentí idiota. El señor alzó la cara, hizo una mueca indescifrable y gruñó. Quizá dijo gracias o me llamo Juan o el mundo es una mierda o perdón. Quizá sólo eructó. Pero supongo que da igual, que a quién le importa.