El sábado a la noche regresaba a casa con Teo, casi éramos el único auto que transitaba la Lugones, y el reproductor de CD se había quedado pegado en una canción triste de Liliana Herrero. Más que triste, dolorosa. Esas canciones que van a parar justo a la boca de la panza y van subiendo hasta que, así por que sí, se te pianta un lagrimón. Liliana Herrero me gusta tanto que cada vez que la oigo me dan ganas de llorar. La mujer podría cantar hip hop si le diera la gana, que a mí igual me emocionaría. El sábado Teo me decía: “Pero, Princi, si no es una canción triste”. Y yo le decía que sí, que era tristísima como ninguna otra. Y que por eso me gustaba: porque a mí me gustan las canciones tristes y me gustan más las que, no siéndolo, me hacen pensar que lo son. La verdad es que, de todas formas, ya yo venía sensibilera. En la tarde habíamos estado en una muestra de fotos de Adriana Lestido y algo adentro se me descolocó. Nunca me pasó que un trozo de papel me diera taquicardia, pero viendo la foto de una chica Eugenia abrazada a su bebé Violeta, que daban vueltas mirando al cielo, me tocó pararme a tomar aire, así como esa gente que al cabo de la vejez se le da por correr maratones. El pobre Teo siguió viendo las fotos y comentándolas al vacío: “Mirá, es como si el lente no estuviera”. O esas cosas que dice. Y cuando se vio sólo volvió atrás y me dijo: “Pero, Princi, si no es una foto triste” Siendo que a leguas se veía que sí. Por culpa de esas dos mujeres y de la noche, que por estos días se nos viene encima tan rápido como un chaparrón, me brotó la melancolía. Tengo que decir que nunca jamás la melancolía había sido parte visceral de mis paseos por la Lugones, ni por ninguna otra avenida. Y que ni viendo ET, la película más triste del mundo, me daban ganas de llorar. Por eso, mientras Herrero y Lestido me apretaban las tripas en esa noche desolada, llegué a pensar que, quizá, de una manera muy leve pero certera, yo –caribe auténtico en plenas pampas–, debía estar haciéndome un poquito porteña.