martes, 15 de julio de 2008
Mundos paralelos
Acompañé a una amiga a un concierto de una banda de rock que un amigo le había descrito como “del otro mundo”. A mi me pareció que era un mundo muy triste, pero mi amiga dijo que algunas canciones salieron –¿huyendo?, me pregunté. Lo más triste era el chico de la pandereta: una especie de apéndice del escenario, parado en una esquina iluminada muy discretamente, frente a un micrófono que, podría jurar, estaba en off. Pero él zarandeaba su pandereta con ímpetu, y tan fuera de tiempo, que no había manera de no notarlo. El público: doce personas. El lugar: un galpón helado en San Telmo. Mi amiga me decía “no entiendo, che, ¿esto qué sentido tiene?”. Yo le decía “no sé, seguro que no el común”. Pero algún sentido debía tener, porque la banda tocaba como si estuviera en el Luna Park, salvo el de la pandereta, que se sentía en Woodstock, y los escasísimos fans actuaban en consecuencia. “¡Sos grande Beto!” le gritaba una colorada al vocalista. Cuando salimos del concierto mi amiga y yo fuimos por un café y tuvimos una charla profunda sobre mundos paralelos. “Esos chicos deben vivir en un mundo paralelo al nuestro, en el que su música es respetada”, decía mi amiga mientras yo pensaba que ese mundo además de triste, debía ser sordo. Ella decía que el mundo real debía tener algo así como puertas en el piso que conducían, por ejemplo, a galpones en San Telmo. “¿Pero quién nos dice –preguntó, alzando su dedo índice– cuál es el mundo que nos corresponde habitar?” Era una pregunta para hacerle David Lynch, y esas son las cosas que consiguen las noches frías, los maridos de viaje, dos chicas aburridas husmeando mundos ajenos. A lo largo de la madrugada fueron apareciendo en el café criaturas variopintas, y nosotras tratábamos de adivinar de qué mundo provenían: ese que llora salió de un tango, aquellas manos sólo pueden venir del mundo de los chef, esa chica se mueve entre varios mundos es una chica mundana. Así hasta que, habiendo amanecido, entró un hombre de traje y portafolio a cambiar un billete y, simulando estar en su mundo, escuchó lo que mi amiga y yo hablábamos en el nuestro. Cuando iba saliendo lanzó un resoplido, miró su reloj y dijo “estos jóvenes, bah, ¿en qué mundo viven?”. Entonces supimos que en el mundo de ese hombre también hay puertas en el piso, debajo de las cuales estamos nosotras.