martes, 15 de julio de 2008

De pistas de baile y mi amigo C

Las pistas de baile que más me gustan son esas en las que me acompaña mi amigo C, que aparte de ser un parejo increíble es gay, y entonces justifica y justiprecia los pases más comprometedores para una señorita de mi condición. Mi condición, cada vez que piso una pista de baile, es que mi amado esposo no me acompaña porque no le gusta bailar. El origen de mi amistad con C es justamente un gran baile: el carnaval de Barranquilla, en Colombia. Él se paseaba entre las comparsas envuelto en un kimono de seda, escoltado por un diablillo escultural que andaba de torso desnudo y una especie de bombacha roja, cachos y trinche mediante. Yo caminaba desprevenidamente, vestida de mariposa, desplegando mis alas de colores, y en algún momento que no recuerdo con exactitud –porque los recuerdos de los carnavales y de las mariposas suelen ser bastante imprecisos– vi que un diablo y un chino me jalaban cada uno de un ala. Cuando volví a saber de mí estaba en una pista bailando salsa cubana a seis manos, dichosa. No es poca cosa, debo decir, poder bailar desinhibidamente con un hombre –o dos– que baile como baila C y no sentirse ni remotamente putísima. Desde entonces, una pista de baile tiene más sentido para mí si me acompaña C. También por una cuestión educativa. Por ejemplo, cuando un chico apuesto e incauto aborda a la inusual pareja nos preguntamos a quién le tirara el lance. Y arriesgamos teorías: “a ti porque tiene gel”, solía decirle yo hasta que descubrí que lo del gel es una vil campaña de desprestigio, porque los más lindos chicos gays llevan sus cabeshos naturalmente al viento. Pero la verdad es que estando en compañía de C, rara vez un chico apuesto se fijó en mí. C dice que es porque se me nota lo casada, lo que considero un piropo precioso, pero yo digo que es porque los chicos apuestos, desde que descubrieron que podían vestirse con ropa fabulosa, se hicieron gays. Hace un tiempo C se casó con un chico apuesto que se viste con ropa fabulosa y nuestras noches de baile cambiaron. No porque ya no haya diablillos semidesnudos intentando arrebatármelo, sino porque al final él también regresa a los brazos de su ángel, como yo a los del mío. Los dos coincidimos en que esa parte, aunque signifique la siempre triste despedida, sigue siendo la mejor de la fiesta.